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Vancouver: atardecer en abril. English Bay (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 18 de mayo de 2020

Epidemias: LAS ISLAS DE LA IMPRUDENCIA, de Robert Graves

"... en realidad, la peste que nos atormentaba era lo que los italianos llaman la influenza..."

(Fragmento del capítulo 20: El eclipse)

Ese fue el desastroso 14 de octubre, el día en que también recibimos la advertencia de la peste que habría de costamos tan cara. No era una fiebre maligna de la especie que dio a Portobello, Panamá, Santo Tomé y muchos otros puertos tan siniestra fama: ninguno de los que la padecían moría de modo repentino, como en esos sitios unas horas más tarde, después de manifestados los primeros síntomas de la enfermedad. Algunos languidecían durante semanas y aun meses, de acuerdo con la fortaleza de su constitución; otros, como yo, superaban el ataque al cabo de unos pocos días. Sus síntomas eran mareos, dolores de garganta, alta fiebre durante la noche, acompa- ñada de pesadillas y delirio, una terrible lasitud durante el día y un estómago tan débil que aun la comida más saludable sabía nauseabunda; y en la mayor parte de los casos la infección descendía en la segunda noche de la garganta a los pulmones.

El padre Joaquín, que había traído consigo un cesto lleno del famoso febrífugo llamado corteza de los jesuitas, se perdió en el Santa Ysabel; con calor, cuidados y una decocción de este amargo medicamento, quizá la fiebre no hubiera resultado mortal para ninguno de nosotros. No creo que el sitio tuviera que ser el mayor inculpado; aunque es evidente que la dieta desacostumbrada, el súbito descenso de la temperatura por la noche, los frecuentes chubascos que empapaban la ropa de los soldados que se les secaba sobre el cuerpo, la humedad del suelo sobre el que dormían –sin cuidarse de fabricarse plataformas como lo hacían los nativos– fueron todos factores enemigos de la salud de todo español cuya constitución no fuera de piedra. Pero pensé que mientras el coronel mantuvo a los hombres severamente disciplinados y activamente ocupados, nadie había manifestado el más ligero síntoma de la enfermedad; que, en realidad, la peste que nos atormentaba era lo que los italianos llaman la influenza, que atribuyen a misteriosas influencias planetarias, más que a las malas condiciones sanitarias o a la proximidad de pútridos marjales. Es a menudo la secuela de un difundido desamor, un crimen o un desastre público, o de una prolongada guerra que ninguna de ambas partes tiene el coraje de acabar de algún modo; y atribuyo mi propia recuperación al cuidado que había tenido en no participar de manera directa en los malignos acontecimientos cuya crónica estuvo a mi cargo.

La primera muerte ocurrió el 17 de octubre, la vigilia de San Lucas Evangelista, triste manera de hacernos recordar que no contábamos con médico alguno; y la víctima no fue otra que el padre Antonio. Su fallecimiento causó profunda pena a todos, salvo a los Barreto, pero sobre todo al vicario, que le había dado el viático.


Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985).

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