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viernes, 1 de febrero de 2013

Rubén Bonifaz Nuño: A PROPÓSITO DE LA MUERTE


"Como surgidas del sepulcro abierto,
mis palabras..."
Rubén Bonifaz Nuño

En medio del caos que resultan las tragedias cotidianas, las cuales acaparan la atención de los medios, la muerte de un poeta -en este caso de Rubén Bonifaz Nuño-, se diluye entre el desconocimiento de su obra y la indiferencia de una sociedad siempre reacia a la lectura de la poesía, por considerarla improductiva.

Nunca el tema es de por sí poesía
sino sólo desolada materia:
el informe desamparo que el arte
amuralla contra el filo del tiempo.

Puesto que "La hermosura no está en los temas, sino en la forma de abordarlos. Los temas son «desolada materia», que el imperio de la forma, en dado caso, ha de preservar en contra de la corrosión temporal", establece con precisión Evodio Escalante en su ensayo El destinatario desconocido.

No creo que exista algún poeta que no haya manifestado preocupación por la muerte y en determinado momento lo haya expresado a su manera. Alfredo Rosas Martínez, en un detallado estudio de extenso título, El éter en el corazón: la poesía de Rubén Bonifaz Nuño y el pensamiento ocultista, indica que  "Bonifaz Nuño considera a la muerte como condición para crear poesía; como una forma de vencer al silencio."

De tal manera que en lugar de complejas disquisiciones en torno a la postura de Bonifaz Nuño sobre el tema, será mejor permitir que lo exprese a través de su propia obra poética: "Y en lo que no puede comprenderse/ ejerzo ahora las palabras."

Por si no lo he dicho lo digo ahora.
Tengo una certeza: la de la muerte
que llega vaciándonos con furia;
y tengo un recuerdo: el de la escondida
muerte; y una indócil esperanza:
la de revivir la carne.

Carlos Montemayor en la presentación de un volumen en que se publicaron varios poemas de Bonifaz Nuño -reunidos en "un orden acaso caprichoso, acaso temático"-, habla de la soledad que se transforma en un "conocimiento de la muerte y el envejecimiento", lo que aquí se advierte con claridad:  

Semilla del placer, la muerte
mira, agazapada, en el instante
donde apaga su lengua roja
algún dolor que fuimos. Risa
de saber que en algo nos morimos,
que algo para siempre nos perdona.

De escombros nuestros, se encordera
el camino de la noche en andas
que para morirnos escogemos.
Y se vuelve alegre la ceniza
de envejecer, y las arrugas
el ramaje son de un tronco alegre.

Bonifaz Nuño pareció más inclinado a ocuparse de la muerte durante su etapa primitiva, desde los sonetos que integraron La muerte del ángel (1945): "Acaso un ángel púdiera tocarte, muerte". Y es que un ángel, debido a su naturaleza, es el ser idóneo para relacionarse con la poesía, y puede ser un "viaje repentino al interior del alma", de acuerdo con Víctor Gil Castañeda, "La muerte del ángel no es más que la muerte del instante poético que como un fénix renace del escombro del lenguaje: hermenéutica apertura que yace viva en el poema."

Esa tendencia respecto a la muerte se confirma en la siguiente estrofa de un poema incluido en El manto y la corona (1958):

Me devuelves el tiempo,
el dolor, los caminos, la alegría,
la voz, el cuerpo, el alma,
y la vida y la muerte, y lo que vive
más allá de la muerte.

O en este otro par, extraido de Imágenes (1953):

Cuando duermo -lejos-, cuando la carne
no es más que una costra débil de niebla
sobre los endebles huesos,
y atrás de los dientes enmudece
contra el paladar la lengua, temblando;

cuando todo es blando y sin forma, espeso
-tal como si el sueño viniera
por los secretísimos caminos
que ha de recorrer la muerte algún día-,
siento que me llamas, y en tu boca
llega la canción que cantaste a oscuras
una vez, delante de mí.

Según Rosas Martínez: "La muerte ha proporcionado al alma el sueño, la tristeza, la nostalgia, el olvido y el amor. Además, si la vida cotidiana es la muerte del alma, algo habrá que la salve: la belleza como espejo donde se refleja la muerte misma."

Largo es el tiempo de la muerte. Corto
el que vivimos. Nada nos resguarda,
del todo somos indigentes.
Sólo nos ampara la belleza.


Jules Etienne

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