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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

martes, 28 de marzo de 2017

Carnaval: ORLANDO, de Virginia Woolf

"... y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria."
 
(Fragmento del capítulo Uno)
 
Pero mientras el campo sufría una extrema indigencia, y el comercio del país estaba paralizado, Londres gozó de un Carnaval por demás brillante. La Corte estaba en Greenwich; y el nuevo rey aprovechó la oportunidad que su coronación le daba para congraciarse con los ciudadanos. A su costo, hizo barrer y decorar el río (que estaba helado hasta unos veinte pies de profundidad y una anchura de seis o de siete millas), y lo cambió en un parque de diversiones, con glorietas, laberintos, alamedas y barracones de feria. Reservó para él y sus cortesanos un recinto frente a las puertas de Palacio; que, vedado al público por un cordón de seda, fue inmediatamente el centro de la más brillante sociedad de Inglaterra. Grandes hombres de Estado, con sus barbas y sus gorgueras, despachaban asuntos oficiales bajo el toldo carmesí de la Pagoda Real. En glorietas rayadas coronadas de plumas de avestruz, los militares concertaban la conquista del moro y la caída del turco. Los almirantes recorrían de arriba abajo los angostos senderos, telescopio en mano, barriendo el horizonte y refiriendo historias de los hielos boreales de América y de la Gran Armada. Los amantes se demoraban en los divanes tendidos de pieles de marta. Cataratas de rosas escarchadas se desprendían cuando paseaba la Reina con sus damas. En el aire se cernían, inmóviles, globos de colores. Aquí y allá ardían vastas fogatas de madera de cedro y de roble, profusamente salada, para que las llamas fueran de fuego verde, anaranjado, y purpúreo. Ardían ferozmente pero su calor no bastaba a derretir el hielo que, aunque de transparencia singular, tenía la dureza del acero. Era tan límpido que se veían, congelados a una profundidad de varios pies, aquí un puerco marino, allá un lenguado. Cardúmenes de anguilas yacían sin movimiento, y los filósofos perplejos se preguntaban si estaban muertas o si era una simple suspensión de vida que reanimaría el calor.
 
Cerca del Puente de Londres, donde el río estaba helado hasta unas veinte brazas de profundidad, se veía claramente un bote en el fondo, donde había naufragado el último otoño, cargado de manzanas. La vieja del bote, que traía su fruta al mercado de la ribera de Surrey, estaba sentada entre su guardainfante y sus chales con la falda llena de manzanas, como si fuera a atender a un cliente, aunque cierto tinte azulado de los labios insinuaba la verdad. Era un espectáculo que le agradaba particularmente al Rey Jaime y solía traer a sus cortesanos a que lo contemplaran con él. En una palabra, nada podía superar el brillo y la alegría de la escena durante el día. Pero era por la noche cuando el Carnaval alcanzaba su apogeo. Porque la escarcha seguía intacta; las noches eran de perfecta quietud, la luna y las estrellas ardían con la dura fijeza de los diamantes, y al fino compás de la flauta y de la trompeta bailaban los cortesanos.
 

Virginia Woolf (Inglaterra, 1882-1941)

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