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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

lunes, 20 de marzo de 2017

Carnaval (Mardi gras): 1919, de John Dos Passos

"Las calles estaban repletas de gente, luces, carrozas, desfiles, bandas de música y muchachas disfrazadas."

(Fragmento)

- ¿De dónde eres? -preguntó Charley.
 
- ¿A ti qué te parece?
 
- Eres del Norte. Lo digo por cómo hablas.
 
- Acertaste. Soy de Iowa, pero no voy a volver allí nunca más... Es un asco de vida, macho, y no olvides que... «Mujeres de placer»... Estoy marcada... En una época solía imaginarme que era una dama de clase, hasta que una mañana me desperté y me di cuenta de que no era más que una maldita puta.
 
¿Estuviste alguna vez en Nueva York?
 
Ella negó con la cabeza.
 
- No está mal esta vida, siempre y cuando no te mezcles con los rufianes y la bebida —dijo, absorta.
 
- Yo creo que voy a partir para Nueva York después del Mardi Gras. Me parece que aquí es imposible encontrar trabajo.
 
- Sin dinero, el Mardi Gras es como un entierro.
 
- Mira, vine aquí para verlo y supongo que lo mejor será que lo vea. Cuando la dejó ya había amanecido. Ella lo acompañó hasta el pie de la escalera. Él le dio un beso y le prometió que, si le recuperaba la chaqueta y el sombrero, le daría los diez dólares; ella le pidió que volviera a pasar a las seis, pero que no se dejara ver en el Trípoli porque el dueño era un tipo peligroso y lo estaría esperando.
 
Las calles de viejas casas de estuco con balcones de hierro forjado parecían disolverse en una niebla azulada. En algunos patios empezaban a afanarse en sus tareas mulatas con mantillas. En el mercado grupos de negros viejos descargaban frutas y verduras. Cuando regresó a la pensión, la panameña estaba en el balcón de su cuarto con un plátano en la mano y diciendo «Ven, Polly... Ven, Polly» con una vocecita atiplada. Desde el filo del tejado el loro le devolvía una mirada vidriosa y farfullaba blandamente: «Yo bien aquí». «Polly no quiere comer», concluyó la panameña con una sonrisa apenada. Charley se encaramó a la baranda e intentó agarrar el loro, pero éste dio un saltito atrás y todo lo que Charley consiguió fue que le cayera una teja en la cabeza. «No quiere comer», repitió tristemente la panameña. Charley le sonrió y se metió en su cuarto, donde se estiró en la cama para quedar dormido.
 
Durante el Mardi Gras caminó tanto que se le ampollaron los pies. Las calles estaban repletas de gente, luces, carrozas, desfiles, bandas de música y muchachas disfrazadas. Se le acercaron muchísimas chicas que con la misma facilidad se alejaban al comprobar que no tenía un céntimo. Él gastaba el dinero lo más lentamente que podía. Cuando lo vencía el hambre, entraba a un bar, pedía un vaso de cerveza y comía todo lo que le daban para acompañarlo.
 
Al día siguiente la muchedumbre comenzó a escasear; Charley ya no podía pagarse ni una cerveza. El olor a melaza y el perfume de absenta que desde los bares del barrio francés se derramaba sobre la atmósfera húmeda y pesada le despertaban repugnancia. No sabía qué hacer con su cuerpo. Le faltaba voluntad para volver a apostarse en la carretera y hacer autoestop. Se dirigió a la Western Union para telegrafiarle a Jim pidiendo un préstamo, pero el empleado dijo que los telegramas de demanda estaban prohibidos.
 
John Dos Passos (Estados Unidos, 1896-1970)

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