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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 22 de marzo de 2017

Carnaval: EL DON APACIBLE (Tomo tercero), de Mijáil Shólojov

"... el caballo resbaló, cayó de cabeza y ya no se pudo levantar."
 
(Fragmento del capítulo XIX)
 
Estábamos en Carnaval. El viento había barrido toda la nieve y el río estaba muy resbaladizo. Galopando tras la liebre, el caballo resbaló, cayó de cabeza y ya no se pudo levantar. El corazón me dio un vuelco por el susto. Lo desensillé y volví corriendo a casa. "¡Padre, mi caballo ha caído! Iba  persiguiendo una liebre..." "¿Y la has cogido?" "No." "¡Entonces, ensilla el negro y alcánzala, hijo de perra!" Ésos sí que eran buenos tiempos. Se vivía, se amaba a las muchachas cosacas. El caballo había muerto, qué se le iba a hacer; lo importante era alcanzar la liebre. ¡Y un caballo costaba cien rublos y una liebre diez kópecs...! Bueno, es mejor no hablar de eso.
 
Pantelei Prokofievich volvió de su visita al consuegro todavía más desorientado, envenenado  por el ansia y la inquietud. Ahora se daba cuenta, con toda claridad, de que unos principios diferentes, hostiles a él, se habían adueñado de la vida. Y si antes dirigía la casa y gobernaba la vida como en las carreras de obstáculos se domina a un caballo amaestrado, ahora era la vida quien lo arrastraba como una cabalgadura encabritada, cubierta de espuma, y él ya no sabía gobernarla, sino que era zarandeado sobre su agitado lomo, sin poder reaccionar y esforzándose miserablemente por no caerse.
 
El porvenir se presentaba envuelto en tinieblas. El pasado se difuminaba en la niebla de la vida vivida. ¡Estaban aún tan próximos los tiempos en que Miron Grigorievich era el más rico granjero de la comarca! Pero los tres últimos años habían debilitado su poderío. Los criados se https://html1-f.scribdassets.com/5ffefai2kg37lzdg/images/118-d1b8acc799.jpg  marcharon, sembraba la décima parte que antes; bueyes y caballos fueron vendidos a cambio de una moneda que no hacía más que oscilar, como poseída por el vino, y que cada día perdía valor. Todo ocurría como en un sueño. Y había caído encima como la niebla que avanza desde la otra orilla del Don. Sólo quedaba, como recuerdo, la casa con el balcón historiado con figuras y cornijones tallados. Muy pronto, las canas salpicaron la barba rojiza de Korchunov; después estriaron las sienes y la canicie se fue instalando en él, primero a mechones como la hierba, y después, devorando el color rojizo, quedó dueña del campo, extendiéndose cada vez más, conquistando un cabello tras otro, hasta posesionarse incluso de la zona a ambos lados de la frente. En el mismo Miron Grigorievich luchaban dos fuerzas opuestas: la sangre roja y viva se rebelaba, lo impulsaba a trabajar, a sembrar, a construir cobertizos, a reparar los aperos, a enriquecerse; pero cada vez con mayor frecuencia lo visitaba la tristeza. "¡De nada sirve enriquecerse! ¡Llegará la ruina!" Las manos, terriblemente deformadas, no cogían como antes el martillo o una pequeña sierra, sino que yacían ociosas sobre las rodillas, moviendo los dedos sucios y retorcidos por el trabajo. La ociosidad trajo la vejez. La tierra se le hizo odiosa. En  primavera se acercaba a ella como a una esposa amada, por costumbre, por deber. Ni los  beneficios le satisfacían como antes ni lamentaba las pérdidas. Los rojos le habían confiscado los caballos y ni siquiera había protestado; él, que dos años antes, por cualquier tontería, por un  puñado de heno pisoteado por los bueyes, por poco mata a su mujer con el horcón.
 
 
Mijaíl Shólojov (Rusia, 1905-1984). Obtuvo el premio Nobel en 1965.
 
La ilustración corresponde a una edición en español de El Don apacible ilustrada por Vicente B. Ballestar. 

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