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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

martes, 25 de abril de 2017

Carnaval: L'AMELANCHIER, de Jacques Ferron

"Era martes de carnaval..."

(Fragmento)

La droga, lejos de darme nuevas energías, me dejó en una debilidad extrema. Apenas si me quedaban fuerzas para ver a la gallina, con su cara perversa, las cejas juntas por encima de la mirada burlona que me dirigía mientras se alejaba en medio de sus seis energúmenas, mitad gallinas, mitad mujeres; ella iba jugando con la mandarina que yo había guardado previendo los días difíciles, luego la lanzaba al aire, la atrapaba de nuevo, después ya no vi más que su copete amarillo flotando en la oscuridad...
 
Cuando recobré el sentido, me levanté con una precipitación que no tenía nada de natural; mis brazos se movían como por resortes; mis ojos estaban abiertos, redondos, como nunca habían estado, no distinguía nada. De repente, un viento furioso sacudió el castillo, una ventana se abrió estruendosamente, me sentí aspirada hacia fuera, me agarré de un palo, el palo me siguió y allí estoy planeando en la ola de los aires, sin saber bien a bien lo que me sucedía, qué vehículo me transportaba, qué espacio estaba recorriendo. En un momento dado, me pareció estar rozando la luna y me dije que el condado de Maskinongé ya no quedaba lejos, luego me percaté de que estaba descendiendo, a caballo sobre un palo de escoba, en medio de una asamblea tumultuosa. Era martes de Carnaval o la mitad de la Cuaresma. Por encima de las máscaras, envuelto en sus harapos, León de Portanqueau, más señor que nunca, presidía la fiesta desde lo alto de su trono. Sólo que, observé, en lugar de tener sus pies y piernas normales, tenía pezuñas y patas de chivo.
 
Apenas llegué, fui recibida por grandes carcajadas; me rodearon; sentí que me jalaban la nariz. No entendía cómo podían hacerme eso. Al mismo tiempo, se desató un abucheo general y todos, al unísono, me gritaban a los oídos: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto!
 
El presidente quiso alzar la voz para imponerse; pero las carcajadas no hicieron sino volverse más violentas, acompañadas por el mismo refrán: “¡oh!, ¡oh!, ¡oh! ¡Che naso brutto! Entonces me di cuenta de que yo, Tinamer de Portanqueau, estaba cubierta de plumas, con el cuerpo recogido, los ojos redondos, el pico largo y puntiagudo igual que un ave zancuda de Canadá; por encima del pico, allí donde estaba mi nariz, tenía incluso una especie de gamonito emplumado, muy largo y fino, del que carece la especie mencionada. Un duende me había atrapado por esta excrecencia anormal y me paseaba enfrente de la concurrencia, siempre seguida por las carcajadas y el naso brutto.
 
 
Jacques Ferron (Canadá, 1921-1985)
 
(Traducido al español por Laura López Morales) 

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