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Vancouver, atardecer en English Bay.

viernes, 9 de junio de 2017

Carnaval: MI CABALLO, MI PERRO Y MI RIFLE, de José Rubén Romero

"Un indio de Opopeo encargó se de conseguir vestidos de mujer y máscaras pintarrajeadas para disfrazarnos..."

Como un blasón
 
(Fragmento)

- Mi Coronel, ¿nos deja ir a Ajuno, a cortar la vía?
 
- No, porque el General dice que eso de asaltar trenes es de bandidos y no de revolucionarios.
 
- Entonces, ¿vamos a Jesús del Monte a quitar el agua a los de Morelia?
 
- Somos pocos...
 
- Ese es el chiste, jefe. Si no se hace algo 'hora que andamos bien parqueados, acabarán por decir que tenemos miedo.
 
- ¿Miedo yo? -repuso Aurelio, pelando tamaños ojos y abriendo de par en par el portón de su boca, para lucir los dientes orificados. Me juego la vida con cualquiera a que entro en un pueblo hasta la mera plaza y los jinco un susto  a los pelones.
 
- ¿En un pueblo que tenga guarnición?
 
- En Ario, pongo por caso.
 
- ¿Y cómo?
 
- Ya les diré cómo, a los que quieran acompañarme.
 
Días después Aurelio nos llamó para confiamos su secreto. El plan era bien sencillo: había que preparar un  torito de petate, y unos tocando guitarras, otros los violines y otros disfrazados de maringuías, caer en Ario como una de tantas comparsas en los festejos del Carnaval, ya muy cercano. Aurelio iría metido dentro del animal y llevaría las armas escondidas en la panza del torito. Un indio de Opopeo encargó se de conseguir vestidos de mujer y máscaras pintarrajeadas para disfrazarnos; otro agente secreto compró en Paracho dos guitarras y otros tantos violines. Pero había que ensayar el son que se toca en estos pasos y don Ignacio nos pudo comprobar, por la pericia con que sacó la tonada, que ya era un ciego definitivo. El sirvió de maestro a los músicos improvisados que, a decir verdad, aprendieron muy pronto los compases precisos para dar cima a aquella empresa, harto arriesgada por cierto.
 
Don Ignacio estaba en sus glorias a la hora de los ensayos, y nosotros parecíamos una banda de chiquillos traviesos que preparan una diablura. Las cananas, bien surtidas de parque, habían hecho que los espíritus recobraran su brío.
 
Para músicos se eligieron a individuos de rumbos distantes, a fin de que no los conocieran al andar por las calles del pueblo con las caras descubiertas, y el papel de maringuías lo aceptamos Nazario y yo, con otros dos mocetones valerosos y fornidos.
 
- No te pongas tanta 'nagua que a la hora de los cocolazos te estobarán hasta para correr -decíame Aurelio, quien hacía veces de director de escena. Y tú, Nazario, quítate la pistola del cuadril, que parece que trais polizón.
 
- Yo voy con ustedes -dijo resueltamente don Ignacio.
 
- Quédese, viejo: mire que nos estorbará.
 
- Déjenme ir siquiera hasta la orilla del pueblo. Me quedaré con los otros cuidando los caballos.
 
Nos emperifollamos con miles de desfiguros: faldas rojas, amarillas, llenas de holanes y de cintas; blusas de color solferino, con la pechuga abullonada para dar cabido a aquello que el hombre coge en la lactancia y viene a abandonar en la vejez. Nos rellenamos con las carrilleras para fingir morbideces que no existían...
 
Descendimos de la sierra y en un lugar espeso, que llaman El Pinalito, se organizó la mascarada. Aurelio revelóse allí como un buen capitán y como un férreo atleta, pues además de no olvidar detalle y de hacernos oportunas recomendaciones, cargó con nuestros rifles acomodados dentro de la barriga del toro, sin que denotara torpeza alguna en los movimientos que hacía para embestirnos.
 
- De aquí no pasa usted -dijo Aurelio a don Ignacio-, y ustedes a bailar y a cantar hasta que estemos en la plaza.
 
Con el barullo y la emoción, el pobre don Ignacio parecía más nervioso que otras veces.
 
Era el martes de Carnaval y, por seguir los pasos de  nuestra comparsa, la tarde se revistió también con todos sus colorines.
 
Bajamos, tocando un son, por la calzada de Canitzio, bordeada de árboles añosos que, al desplegar su ramaje, parecían abanicos gigantescos.

¡Upa!, tonto, ¿quién le torea?
Doña Juanita con su zalea...
 
Precedíanos mi perro, saltando alegremente. Mi perro, que ya había conquistado dos timbres entre los hombres de la Revolución: su cariño y un nombre, Centinela, porque velaba con amor nuestro sueño, y con sus ladridos, nos daba siempre el toque de alerta. De los tendajones salían las gentes para vernos pasar, y los chiquillos nos rodeaban brincando y palmoteando con regocijo.
 
¡Epa!, tonto, ¿quién te agasaja?
Doña Chepita con su sonaja...
 
Dos soldados, a medios chiles, se detuvieron en una esquina y, con señales indecorosas y groseras palabras, comenzaron a azuzar al toro: ora, ca... bresto, ensarta una puta de esas.
 
Al oírlo. Aurelio echósele encima y nosotros creímos por un momento que allí terminaba la farsa, pero contentóse con ponerles los cuernos en la barriga, simulando un fiero derrote.
 
En la Plazuela de Jesús María hubimos de detener-
nos para bailar el son y cantarlo:
 
¡Alza, tonto color de canela
sube a la canta y apaga la vela!
 
Pasamos frente a la cárcel. Los presos, apiñados detrás de las rejas, reían al vernos brincar y sacudir en los cuernos del toro las rojas frazadas, desteñidas por la lluvia y el polvo de todos los caminos.
 
  José Rubén Romero (México, 1890-1952).  

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