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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 17 de mayo de 2017

Carnaval: TODO LO QUE MUERE, de John Connolly

"Las demostraciones públicas de disección atraían a un gran número de personas, y algunas asistían con disfraces de carnaval."
 
(Fragmento del capítulo 45)

No obstante, nada podía compararse a tener ante sí un cuerpo humano de verdad. Las demostraciones públicas de anatomía y disección atraían a un gran número de personas, y algunas asistían con disfraces de carnaval. Iban con el pretexto de aprender, pero, de hecho, la disección era poco menos que una prolongación de las ejecuciones públicas. En Inglaterra, la Ley de Homicidios de 1752 estableció un lazo directo entre los dos acontecimientos al permitir que los cadáveres de los asesinos se diseccionasen anatómicamente, y la autopsia penal se convirtió en un castigo más para el delincuente, a quien así se le privaba del derecho a un entierro como era debido. En 1832, la Ley de Anatomía prolongó hasta la otra vida las penurias de los pobres al autorizar la confiscación de los cuerpos de indigentes fallecidos para su disección.
 
Así pues, la muerte y la disección iban de la mano junto con el avance del conocimiento científico. Pero ¿y el dolor? ¿Y la repugnancia hacia el funcionamiento del organismo femenino durante el Renacimiento, que provocó una fascinación especialmente morbosa por el útero? En el despellejamiento y la disección, las realidades del sufrimiento, el sexo y la muerte no andaban muy lejos.
 
El interior del cuerpo, una vez revelado, nos remite a nuestra mortalidad. Pero ¿cuántos de nosotros pueden hablar con conocimiento de su propio interior? Vemos nuestra mortalidad sólo a través de la mortalidad de los demás. Aun entonces, sólo en circunstancias excepcionales, en caso de guerra, muerte por accidente o asesinato, cuando el espectador es testigo del hecho en sí o de sus consecuencias inmediatas, tenemos una visión clara de la mortalidad en toda su magnitud.


John Connolly (Irlanda, 1968).

La ilustración corresponde a Recompensa de la crueldad (1751), de William Hogarth.

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