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Vancouver, atardecer en English Bay.

martes, 23 de mayo de 2017

Carnaval: LA PUERTA DE LAS TINIEBLAS, de Massimo Pietroselli

"La noche del martedì grasso, por las calles y los callejones atestados, todo el mundo, con una vela o un farolillo en la mano..."

(Fragmento inicial del prólogo)
 
6 de febrero de 1875

El desfile de los moccoletti ponía fin al carnaval romano. La noche del martedì grasso, por las calles y los callejones atestados de gente, todo el mundo, con una vela o un farolillo en la mano, intentaba apagar los de los demás soplando, con un abanico, con un fuelle o incluso con un escupitajo, en una maraña pagana de cuerpos y gritos, de quiebros acrobáticos y codazos.
 
Era el último acto de una juerga colectiva de ocho días, tanto más pagana en cuanto que se celebraba en el centro de la cristiandad; con el simbólico apagado de las velas por la Via del Corso se decía adiós a las comilonas, a las máscaras, a los bailes, a los amores clandestinos, al lanzamiento de confeti y de guirnaldas, a las flores y a los caramelos; el Miércoles de Ceniza, Roma se despertaba extenuada, cubierta de verduras, de cartones y de cadáveres de perros y gatos que habían muerto a manos de gamberros, con el recuerdo de los carros y quizá de alguna inocua traición; il carnevale queda muerto y enterrado, los moccoli han cerrado la función; no se habla más: tutt'è ffinito.
 
Pero el sábado el desfile de los moccoletti aún quedaba lejísimos y la noche de juerga prometía no acabar nunca. En las calles principales, iluminadas para la fiesta, el carnaval rugía, la gente bailaba junto al desfile de carrozas con máscaras que les cubrían unos ojos aún enrojecidos por el vino y los farolillos de los alféizares se consumían, lo que daba un aire de vigilia fúnebre a los callejones oscuros a los que apenas llegaba el eco de los gritos y del baile.
 
Aquella noche de fiesta desenfrenada, el director del popular periódico La Capitale, Raffaele Sonzogno, subía las escaleras oscuras del edificio de la Via delle Coppelle 35, sede de la redacción. Sonzogno no apagaría ningún moccoletto tres días más tarde; para él la función estaba ya casi muerta y enterrada; todo acabaría al cabo de menos de una hora, pero de él y de su final se hablaría mucho.
 
Al cabo de unas horas, en la Via delle Coppelle, la Policía asistiría a un espectáculo horripilante. Los periodistas chapotearían en la sangre de Sonzogno durante meses, como, por otra parte, hacía meses que hurgaban en su vida privada (la esposa que le había traicionado con su mejor amigo, su pasado de periodista al servicio de los austríacos, los duelos, las constantes querellas por difamación…).

Massimo Pietroselli (Italia, 1964).

La ilustración corresponde a La festa dei moccoletti, de Ippolito Caffi.

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