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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

lunes, 8 de mayo de 2017

Carnaval: MAIGRET Y LA ESPINGARDA, de Georges Simenon

"... mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente."
 
(Fragmento del capítulo 8: Donde la Espingarda se deja tirar de la lengua, y donde Maigret se decide por fin a cambiar de adversario)

«Ayer me reí mucho. G… estaba en mi habitación, no para lo que te imaginas, sino para hablarme del plan que yo le había contado la víspera de ir a pasar dos días a Niza.
»A esta gente le horrorizan los viajes. Sólo han salido de Francia una vez en su vida. Su único viaje al extranjero se remonta a la época en que el padre aún vivía y fueron a Londres los tres. Parece ser que además se marearon todos y tuvo que atenderles el médico del barco.
»Pero no iba por ahí la cosa. Cuando les comento algo que no les gusta, no me contestan enseguida. Se callan y, como suele decirse, se oye pasar un ángel.
»Luego, más tarde o al día siguiente, G… se presenta en mi habitación, con cara de apuro, empieza andándose por las ramas y acaba soltando lo que lleva dentro. Total, que parece que mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente. No me ha ocultado que su madre está escandalizada y me suplica que renuncie a mi proyecto.
»Bueno, pues resulta que el cajón de mi mesita de noche se había quedado entreabierto. G… lo miró maquinalmente y de pronto vi que se ponía palidísimo.
»“¿Qué es eso?”, balbució señalándome la pequeña automática con culata de nácar que compré durante mi viaje a Egipto.
»¿Te acuerdas? Ya te lo comenté entonces. Me habían dicho que una mujer sola no está segura por aquellos países. No sé por qué la metí en aquel cajón. Contesté tranquilamente:
»“Es una pistola”.
»“¿Está cargada?”.
»“No me acuerdo”.
»“La cogí y miré el cargador. No había balas”. “¿Tienes munición?”.
»“Estará en algún sitio”.
»Una hora más tarde se presentó mi suegra con un pretexto, porque no entra nunca en mi habitación sin algún motivo. Se pasó un buen rato también dando rodeos y al final me explicó que no era decente que una mujer tuviera un arma.
»“Pero si es más un juguete que otra cosa”, repliqué. “Lo guardo como un recuerdo, porque la culata es bonita y están grabadas mis iniciales. Además, creo que es más bien inofensiva”.
»Acabó cediendo. Pero no hasta que accedí a entregarle la caja de balas que estaba en el fondo del cajón.
»Lo más gracioso es que, apenas se marchó, encontré en uno de mis bolsos otra caja de balas que se me había olvidado. No se lo dije…».

Georges Simenon (Bélgica, 1903-1989)

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