Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

lunes, 26 de julio de 2021

Casanova y Venecia: LA CONVERSIÓN DE CASANOVA, de Hermann Hesse

"Él, a quien había convertido e una ceebridad su huida de las cámaras de plomo venecianas..."

(Fragmento inicial)

En Stuttgart, hacia donde lo atrajo la fama mundial de la lujuriosa corte de Carlos Eugenio, no le fue bien a Giacomo Casanova, el caballero de fortuna. Ciertamente, como en toda ciudad del orbe volvió a encontrarse enseguida con una cantidad de viejos conocidos, entre ellos la veneciana Gardella, por entonces favorita del duque; y pasó algunos días alegre y despreocupado en compañía de bailarines y bailarinas, músicos y actrices de su amistad. Asimismo parecía que tenía asegurada una buena acogida en casa del embajador austríaco, en la corte y aun en lo del propio duque. Pero apenas entrado en calor, el tarambana salió una noche de francachela en compañía de algunos oficiales. Se intercambiaron apuestas y corrió vino de Hungría y el final de la diversión fue que Casanova perdió en el juego marcos por un equivalente a cuatro mil luises de oro, sus costosos relojes y sortijas y tuvo que hacerse llevar en coche a su casa en deplorable estado de ánimo. A todo esto se agregó un desgra- ciado proceso. Las cosas habían llegada tan lejos para el temerario que amén de la pérdida de sus bienes también se vio en peligro de ser incorporado al regimiento del duque en calidad de soldado forzoso. Por supuesto, no le falto tiempo para poner los pies en polvorosa. Él, a quien había convertido en una celebridad su huida de las cámaras de plomo venecianas, también pudo escapar de la captura que pesaba sobre él en Stuttgart y hasta le fue posible salvar su baúl con el que pudo llegar a salvo a Furstenberg, después de pasar por Tubingia.

Sin embargo, aquel individuo ágil no causaba la menor impresión de ser un hombre golpeado por el destino. En la posada fue servido como viajero de primera categoría a causa de su atuendo y de la prestancia de su porte. Lucía un reloj de oro adornado con piedras preciosas, a veces tomaba una pizca de rapé de una cajita de oro, a veces de otra de plata, vestía ropas extraordinariamente finas, delicadas, calzas de seda y puntillas holandesas. El valor de sus prendas, piedras, puntillas y joyas había sido justipreciado hacía poco en Stuttgart por un entendido en cien mil francos. No hablaba alemán, pero su francés era perfecto y sus modales los de un acaudalado, mimado pero bondadoso caballero en viaje de placer. Era exigente, pero no escatima- ba propinas ni se mostraba remiso en el pago de sus consumos.

Al cabo de un viaje precipitado había llegado a aquella localidad de noche. Mientras se lavaba y empolvaba le prepararon a su pedido una cena excelente que, acom- pañada de una botella de vino del Rin, le ayudó a pasar pronto y de manera agrada- ble el resto de aquella jornada. Seguidamente se retiró a descansar a hora temprana y durmió maravillosamente hasta durmió la mañana. Sólo entonces consideró llegado el momento de poner en orden sus asuntos.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962). Obtuvo el premio Nobel en 1946.

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