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jueves, 26 de junio de 2014

Espejos (56): EL ESPEJO, de Machado de Assis

"El espejo, como es de suponer, dejaba ver sus muchos años; pero conservaba el oro, roído a trechos por el tiempo..."
 
(Fragmento)

- Tenía veinticinco años, era pobre, y acababa de ser nombrado alférez de la guardia nacional. No puedo describir la alegría que despertó en casa ese nombramiento. ¡Mi madre estaba tan orgullosa! ¡Tan feliz! Me decía su alférez. Todos los parientes, primos y tíos, estaban contentos y complacidos. En el pueblo donde vivíamos, hay que decirlo, hubo algunos envidiosos; llantos y crujir de dientes, como en la Biblia. Y el motivo no era otro distinto al creciente número de aspirantes a aquel puesto. Supongo también que parte del resentimiento fue completamente gratuito: nació de la distinción en sí misma. Recuerdo que más de un amigo me miró de mal modo durante algún tiempo. En compensación, hubo muchas personas que se alegraron con el nombramiento; prueba de ello es que todas las prendas del uniforme me fueron obsequiadas por amigos... A todas ésas supe que una de mis tías, doña Marcolina, viuda del capitán Pezanha que vivía distante del pueblo, en una granja apartada y solitaria, deseaba verme, y me pedía que fuese a visitarla y llevase el uniforme. Fui, acompañado de un paje, que debió regresar solo al pueblo pues la tía, apenas me vio en su casa, escribió a mi madre diciéndole que no me dejaría partir antes de un mes, por lo menos. ¡Y cómo me abrazaba! Me llamaba también su alférez. Decía que yo era un verdadero buen mozo. Como era un tanto bromista, llegó a confesarme que sentía envidia de mi futura esposa. Juraba que en toda la provincia no había otro mejor que yo. Y a cada instante alférez: alférez para acá, alférez para allá, alférez a toda hora. Yo le pedía que me llamase Juanito, como siempre; y ella movía la cabeza, exclamando que no, que yo era ahora "el señor alférez". Un cuñado suyo, hermano del difunto Pezanha, que vivía con ella, tampoco me nombraba de otro modo. Era "el señor alférez", no por broma, sino muy en serio; y en presencia de los esclavos, que naturalmente empezaron a darme el mismo tratamiento. El mejor sitio en la mesa era para mí, y se me servía antes que a todos. No pueden ustedes imaginarse aquello. Si les contara que el entusiasmo de la tía Marcolina llegó al punto de mandar instalar en mi cuarto un gran espejo, objeto rico y magnífico que discordaba con el resto de la casa, cuyo mobiliario era modesto y sencillo... Era un espejo que le había regalado la madrina, y que ésta había heredado de la madre, quien a su vez lo había comprado a una de las damas venidas en 1808 con la corte de D. João VI. No sé cuán cierto sería aquello; pero la historia hacía parte de la tradición de la familia. El espejo, como es de suponer, dejaba ver sus muchos años; pero conservaba el oro, roído a trechos por el tiempo, unos delfines tallados en los ángulos superiores de la moldura, unas aplicaciones de madreperla y otros caprichos del artista. Todo viejo, pero noble...

- ¿Era un espejo grande?

- Grande. Y el gesto era de verdad una enorme gentileza, porque el espejo estaba antes en el salón principal; era el objeto más preciado de la casa. Con todo y eso, no hubo modo de hacer desistir a mi tía de su propósito; respondía que el espejo no prestaba ningún servicio donde estaba, que era sólo por algunas semanas, y finalmente que “el señor alférez” merecía eso y mucho más. Lo cierto del caso es que todas esas atenciones, cariños, obsequios, produjeron en mí una transformación; transformación que los sentimientos propios de la juventud contribuyeron a desarrollar y completar. ¿Comprenden lo que digo?

- La verdad...

- El alférez sustituyó al hombre. Por algún tiempo las dos naturalezas estuvieron en equilibrio, pero muy pronto la primera cedió paso a la otra: sólo quedó en mí una parte mínima del hombre. Sucedió entonces que el alma exterior, que antes de aquello era el sol, el aire, el campo, los ojos de las muchachas, cambió de naturaleza, y pasó a ser la cortesía y las adulaciones de la casa, todo lo que hablaba del cargo y nada de lo que me hablaba del hombre. La única parte de ciudadano que quedó en mí fue aquélla que se relacionaba con el nombramiento; el resto se dispersó en el aire y en el pasado. Sé que es difícil de creer, ¿verdad?

- Hasta es difícil de entender —respondió uno de los oyentes.
 

- Ya lo entenderán. Los hechos darán luz a los sentimientos, los hechos lo son todo. La mejor definición del amor no vale lo que un solo beso de la mujer amada, y, si no recuerdo mal, un filósofo explicó caminando la noción del movimiento. Vamos pues a los hechos. Mirad cómo, al mismo tiempo que la conciencia del hombre se apagaba, la del alférez se hacía viva e intensa. Los dolores y las alegrías humanas apenas si merecían de mí una compasión apática o una sonrisa de circunstancias. Al cabo de tres semanas era otro, totalmente otro. Era exclusivamente alférez.
 
Joaquim Maria Machado de Assis (Brasil, 1839-1908)

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