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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

viernes, 28 de abril de 2017

Carnaval: ELIAS PORTOLU, de Grazia Deledda

"... aquel pequeño carnaval de Nuoro, aquella multitud multicolor, aquel melancólico baile de un acordeón vagabundo..."
 
(Fragmento del capítulo VI)

El último día de carnaval, él, Pietro, Maddalena y otras dos mujeres jóvenes se disfrazaron. El matrimonio estaba en paz; es más, Pietro estaba muy contento. Tía Annedda se opuso débilmente al proyecto, pero no le hicieron caso. Con su simple buen sentido, la viejecita desaprobaba las mascaradas, los bailes, los disfraces carnavalescos, y le pidió a Maddalena que le prometiera no bailar, por lo menos con otras máscaras desconocidas, y muy especial los bailes «civilizados», aquellos que permiten a las parejas estrecharse y tocarse.
 
Maddalena y sus amigas iban vestidas de «gatas», es decir, llevaban dos sayas oscuras una atada a la cintura y otra al cuello, y la cabeza encapuchada con una bufanda. Los hombres iban disfrazados de «turcos», con largas faldas blancas atadas a las rodillas, y corpiños femeninos, de brocados de vivos colores, puestos al revés, atados a la espalda y con la parte de atrás sobre el pecho.
 
Salieron en un momento en que la calleja estaba desierta, y bajaron a las calles donde Nuoro adquiere el aspecto de pequeña ciudad. Las mujeres avanzaban un poco tímidamente, temerosas de ser reconocidas, ahogando bajo la máscara de cera sus carcajadas de alegría pueril.
 
Y los hombres caminaban toscamente delante, como si abrieran camino a sus compañeras. De vez en vez, Pietro emitía un grito salvaje, gutural, estirando el cuello como un gallito. Entonces Elías recordaba los gritos de alegría de los caballeros que iban a San Francisco en una pura mañana de mayo. El corazón le latía. Desde el primer momento, él, que sabía un poco de bailes «civilizados», por haberlos aprendido en «aquel sitio», se había dicho: «Bailaré con Maddalena».
 
No le importaba la prohibición de tía Annedda, ni la promesa de Maddalena: le inflamaba el deseo de bailar con ella y hubiera pasado sobre cualquier obstáculo para conseguir su propósito.
 
Una fuerza salvaje y rebelde se agitaba dentro de él. Así como un tiempo atrás conseguía dominarse y querer el bien ajeno, ahora sentía toda la audacia del mal y quería satisfacer sus peores instintos. Sentía que la cara le ardía bajo la máscara, y el traje, estrecho y engorroso, daba calor a todos sus miembros. Además, la jornada era tibia, velada, y en la suavidad del aire se percibía ya la promesa de la primavera.
 
Las calles estaban llenas de gente. Máscaras barrocas y triviales andaban arriba y abajo, entre una nube rumorosa de granujillas sucios que gritaban improperios y palabras indecentes. Pasaban máscaras solas, vestidas de vivos colores, seguidas por la mirada indagadora y burlona de los obreros y de los burgueses: pasaban señoras, niñas, criadas con los corpiños de color rojo sangre; en algunos puntos del Corso se reían grupos de campesinos borrachos, y en aquel aire tibio y velado, que hacía los sonidos más distintos, como en un crepúsculo de otoño, subían y vibraban músicas melancólicas de guitarra y acordeón.
 
Todo ello bastaba para aturdir el alma de Elías, acostumbrado a las grandes soledades de la tanca. En vano creía haber conocido el mundo y estar dispuesto para cualquier cosa, porque había atravesado el mar y visto la triste muchedumbre de «aquel sitio». ¡Ah!, ahora bastaba aquel pequeño carnaval de Nuoro, aquella multitud multicolor, aquel melancólico baile de un acordeón vagabundo para que su alma se perdiera en aquel mundo no suyo y las cosas tuvieran un aspecto diferente. Le parecía que toda aquella gente que andaba, hablaba y reía era feliz; es más, que estaba borracha de felicidad, y también él se abandonaba a la locura de sus deseos, a una irresistible necesidad de alegría y de placer.


Grazia Deledda (Italia, 1871-1936). Obtuvo el premio Nobel en 1926.

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