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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

miércoles, 26 de abril de 2017

Carnaval: EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS, de José Saramago

"... y yo iré de muerte, con una malla apretada y los huesos pintados en ella..."

(Fragmento)
 
Fernando Pessoa explicó, Es el comunismo, ya llega, después quiso por parecer irónico, Mala suerte, mi querido Reis, viene usted huyendo de Brasil buscando tranquilidad para el resto de su vida y ahora se alborota la casa del vecino, un día de estos le entrarán por la puerta, Cuántas veces voy a decirle que si volví fue por usted, Pues aún no me ha convencido, No intento convencerle, sólo le pido que se ahorre su opinión sobre este asunto, No se enfade, Viví en Brasil, ahora estoy en Portugal, en algún lugar tengo que vivir, usted, en vida, era lo bastante inteligente como para entender incluso cosas más complicadas, Ése es el drama, mi querido Reis, tener que vivir en algún lugar, comprender que no existe lugar que no sea lugar, que la vida no puede ser no vida, En fin, lo estoy reconociendo, Y a mí de qué me sirve no haber olvidado, Lo peor es que el hombre no pueda estar en el horizonte que ve, aunque, si allá estuviese, desearía estar en el horizonte en que está, El barco en el que no vamos es el barco ideal para nuestro viaje, Ah, todo el muelle, Es una nostalgia de piedra, y ahora que ya cedemos a la flaqueza sentimental de citar, dividido por dos, un verso de Álvaro de Campos que ha de ser tan célebre como merece, consuélese en los brazos de su Lidia, si es que aún dura ese amor, y piense que yo ni eso tuve, Buenas noches, Fernando, Buenas noches, Ricardo, ahí tenemos ya el carnaval, diviértase, no cuente conmigo en unos días. Se habían encontrado en un café de barrio, popular, media docena de mesas, nadie allí sabía quiénes eran. Fernando Pessoa se volvió, se sentó de nuevo, Se me acaba de ocurrir una idea, puede usted disfrazarse de domador, con botas altas y pantalón de montar, chaqueta roja con alamares, Roja, Sí, roja, es lo más propio, y yo iré de muerte, con una malla apretada y los huesos pintados en ella, usted chasqueando el látigo, yo asustando viejas, te voy a llevar, te voy a llevar, y tocando a las chicas, seguro que en un baile de máscaras ganábamos el premio, Nunca fui bailarín, Ni es necesario, la gente no iba a tener oídos más que para el zurriago y ojos sólo para los huesos, Ya no estamos en edad de frivolidades, Hable por usted, no por mí, yo he dejado de tener edad, y diciendo esto se levantó Fernando Pessoa y salió, llovía en la calle, y el camarero del mostrador dijo al cliente que se quedaba, Ese amigo suyo, sin gabardina ni paraguas, se va a empapar, Le gusta, está ya acostumbrado. Cuando Ricardo Reis volvió al hotel sintió en el aire como una fiebre, una agitación, como si todas las abejas de una colmena se hubieran vuelto locas, y, teniendo como tenía en su conciencia aquel conocido peso, pensó de inmediato, Lo han descubierto todo. En el fondo, es un romántico, cree que el día en que se enteren de su aventura con Lidia se va a venir abajo del escándalo el Bragança, y con este miedo vive, a no ser que lo que sienta sea el deseo morboso de que tal cosa ocurra, contradicción inesperada en un hombre que se dice tan despegado del mundo, ansioso al fin de que el mundo lo atropelle, lo que no sospecha es que la historia es conocida ya, murmurada entre risitas, fue cosa de Pimenta, que no es hombre de limitarse a indirectas. Inocentes andan los culpados, y Salvador tampoco está informado aún, qué justicia decretará cuando un día de estos se lo diga un correveidile envidioso, hombre o mujer, Señor Salvador, esto es una vergüenza, Lidia y el doctor Reis, bueno sería que respondiera, repitiendo la antigua sentencia, Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, hay gente que por honrar el nombre que les pusieron son capaces de los más nobles gestos. Entró Ricardo Reis en recepción, temeroso, estaba Salvador hablando por teléfono, a gritos, pero en seguida se comprendía que era por lo mal que se oía, Parece que lo oigo desde el fin del mundo, sí doctor Sampaio, necesito saber cuándo viene, sí, sí, ahora oigo un poco mejor, es que de repente se nos ha llenado el hotel, sí, por los españoles, por lo de España, viene mucha gente de allá, han llegado hoy, entonces el día veintiséis, después de carnaval, muy bien, quedan reservadas las dos habitaciones, no señor doctor, de ninguna manera, en primer lugar están los clientes amigos, tres años no son tres días, saludos a la señorita Marcenda, mire, señor doctor, está aquí el doctor Reis que también le envía saludos, y era verdad, Ricardo Reis, por señas y palabras que en los labios se podían leer, pero no oír, mandaba saludos, y lo hacía por dos razones, en otra ocasión habría sido la primera la de manifestarse junto a Marcenda, aunque fuera por persona interpuesta, ahora era sólo por mostrarse campechano con Salvador, igual suyo, menguándole así su autoridad, esto parece contradicción insalvable, pero no lo es, la relación entre personas no se resuelve en la mera operación de sumar y restar, en su aritmético sentido, cuántas veces creemos sumar y nos quedamos con un resto en las manos, y cuántas, al revés, creíamos disminuir, y nos salió lo contrario, ni siquiera simple adición, sino multiplicación.
 
 
José Saramago (Portugal, 1922-2010). Obtuvo el premio Nobel en 1998.

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