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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

martes, 22 de septiembre de 2015

Venecia: EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO (La fugitiva), de Marcel Proust

"... el mundo no es más que un gran cuadrante solar en el que un solo segmento iluminado nos permite ver la hora que es..."
 
(Fragmento del libro VI: La fugitiva)

La tercera vez en que recuerdo haberme dado cuenta de que me acercaba a la indiferencia absoluta con respecto a Albertina (y esta última vez hasta sentir que había llegado por completo a ella) fue un día en Venecia, bastante tiempo después de la última visita de Andrea.
 
Mi madre me había llevado a Venecia a pasar unas semanas y -como puede haber belleza lo mismo en las cosas más humildes que en las más preciosas- gustaba allí impresiones análogas a las que en otro tiempo sintiera muchas veces en Combray, pero traspuestas de un modo muy diferente y más rico. Cuando a las diez de la mañana venían a abrir los postigos de mi cuarto, veía resplandecer, en lugar del mármol negro en que se transformaban con la luz las pizarras de San Hilario, el ángel de oro del campanil de San Marcos. Rutilante de un sol que hacía casi imposible mirarlo, me hacía con sus grandes brazos abiertos, para cuando, media hora después, estuviera yo en la Piazzetta, una promesa de goce más cierta que la que en otro tiempo tuviera la misión de anunciar a los hombres de buena voluntad. Mientras seguía acostado no podía ver otra cosa que él, pero como el mundo no es más que un gran cuadrante solar en el que un solo segmento iluminado nos permite ver la hora que es, ya la primera mañana pensé en las tiendas de Combray, las de la plaza de la Iglesia, que los domingos estaban a punto de cerrar cuando yo iba a misa, mientras la paja del mercado despedía un fuerte olor bajo el sol ya caliente. Pero el segundo día lo que vi al despertar, lo que me hizo levantarme (porque sustituía en mi memoria y en mi deseo a los recuerdos de Combray), fueron las impresiones de la primera salida en Venecia, en Venecia, donde la vida cotidiana no era menos real que en Combray: lo mismo que en Combray, el domingo por la mañana se gozaba del placer de bajar a una calle en fiesta, pero esta calle estaba toda en un agua de zafiro, refrescada de soplos tibios y de un color tan resistente que mis ojos cansados, para descansar y sin miedo a que la calle cediera, podían apoyar en ella la mirada. Como en Combray las buenas gentes de la Rue de l'Oiseau, en esta nueva ciudad también los habitantes salían de las casas alineadas una junto a otra al otro lado de la calle principal; pero en Venecia este papel de las casas proyectando un poco de sombra a sus pies estaba encomendado a unos palacios de pórfido y de jaspe, sobre cuya puerta cimbrada la cabeza de un dios barbudo (que rebasaba la alineación como la aldaba de una puerta en Combray) producía el efecto de hacer más oscuro con su reflejo, no el moreno del sol, sino el azul espléndido del agua. En la Piazza, la sombra que hubieran proyectado en Combray el toldo de la tienda de novedades y la enseña del peluquero eran las florecillas azules que siembra a sus pies en el desierto de losas soleado el relieve de una fachada Renacimiento, y no es que, cuando el sol pegaba fuerte, no hubiera que bajar los transparentes en Venecia como en Combray, aún a la orilla del canal. Pero estaban entre los cuatrilóbulos y los follajes de las ventanas góticas. Lo mismo diré de la de nuestro hotel, delante de cuyas balaustradas me esperaba mi madre mirando el canal con una paciencia que quizá no hubiera tenido en Combray, donde, poniendo en mí esperanzas que después no se realizaron, no quería hacerme ver cuánto me quería. Ahora se daba cuenta de que su frialdad aparente no hubiera conseguido nada, y el cariño que me prodigaba era como esos alimentos prohibidos que no se les niegan a los enfermos cuando es seguro que ya no pueden curarse.


Marcel Proust (Francia, 1871-1922) 

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