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Vancouver, atardecer en English Bay.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Venecia: PEREGRINACIONES, de Rubén Darío


(Fragmento sobre el pabellón italiano en la Exposición universal de París) 

Allá por la Avenida de Suffren, está Venecia, una, reducción para feria, con imitaciones de las conocidas arquitecturas, góndolas y gondoleros; y por la noche la iluminación da, en efecto, la sensación de horas italianas en la ciudad divina, de arte y de amor, mientras se escuchan músicas de bandolinas y canciones importadas de los canales. A Rebell no le gustan estas falsificaciones. El autor de La Nichina, cree que para gustar de Italia hay que ir a Italia, y que esta Venecia de guardarropía es únicamente propia para divertir a los snobs de París y del extranjero que no han tenido la suerte de sentir cómo es bajo su propio cielo, el beso de la luz y del aire venecianos, florentinos, milaneses, napolitanos. Esta Venecia, sin embargo, ayuda a soñar. La imaginación no necesita de mucho para transportarle a uno a donde quiere, y da idea de la realidad, al reflejar el agua del Sena las linternas que van como errantes flores de fuego, en la sombra nocturna, sobre las góndolas negras. Como el elemento italiano frecuenta mucho este lado de la Exposición, es frecuente oír sonar el sí en labios armoniosos de hermosísimas italianas. Quiero decir, entiéndase bien, que el si suona. Los franceses y las francesas que se hacen pasear por las góndolas, no desperdician la oportunidad de chapurrear el italiano, y de entonar a coro el Funicalí-funiculá, o la indestructible e inevitable Mandolinata.


Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916)

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