Asesinato en el expreso de Oriente
(Fragmento del capítulo IV: Declaración de la dama norteamericana)
- Lo que tengo que decir es exactamente esto: anoche hubo un asesinato en el tren, y el asesino estuvo en mi mismo compartimiento.
Hizo una pausa para dar un énfasis dramático a sus palabras.
- ¿Está usted segura de eso, señora?
- ¡Claro que estoy segura! ¡Qué pregunta! Sé lo que digo. Escuchen cómo sucedió. Me había metido en la cama y empezaba a quedarme dormida, cuando me desperté de pronto, rodeada de tinieblas, y me di cuenta de que había un hombre en mi cabina. Fue tal mi espanto que ni siquiera pude gritar. Quedé inmóvil, pensando: «Dios mío, me van a matar». No puedo describirles lo que sentí en aquellos momentos. Pasaron por mi imaginación todos los crímenes que se han cometido en los trenes y me dije: «Bueno, de todos modos, no me robarán mis joyas, porque la he escondido en una media y he metido ésta bajo la almohada. Que sea lo que Dios quiera». ¿Qué es lo que iba diciendo?
- Que se dio cuenta usted de que había un hombre en su cabina.
- ¡Ah, sí! Estaba tendida en la cama con los ojos cerrados y pensaba: «Bueno, tengo que dar gracias a Dios de que mi hija no esté enterada del peligro en que me encuentro». Y de pronto me sentí serena, extendí a tientas la mano y oprimí el timbre para llamar al encargado. Lo oprimí una y otra vez, pero nadie acudió, y crean ustedes que pensé que se me paralizaba el corazón. «Quizá -me dije yo-, hayan asesinado a todos los que van en este tren.» Éste se encontraba parado y flotaba en el aire un extraño silencio. Pero yo seguí tocando el timbre y, ¡oh, qué alivio cuando sentí unos pasos apresurados por el pasillo y que alguien llamaba a mi
puerta! «¡Entre!», grité, y di la luz al mismo tiempo. Y les asombrará a ustedes, pero no había un alma allí.
Esto le pareció a mistress Hubbard el climax del dramatismo y esperó para ver el efecto causado.
El inferior
(Fragmento)
- ¿Nerviosa yo? -exclamó lady Astwell-. ¡Quisiera ver quién es el guapo que se atreve a
hipnotizarme en contra de mi voluntad!
El doctor Cazalet le dirigió una amplia sonrisa.
- Si consiente no será en contra de su voluntad, ¿comprende? -replicó alegremente-. Bien,
apague esa luz, ¿quiere, monsieur Poirot? Y usted, lady Astwell, dispóngase a echar un
sueñecito.
El doctor varió levemente de postura.
- Se hace tarde..., usted tiene sueño..., tiene sueño. Le pesan los párpados..., ya se cierran..., ya se cierran... Pronto quedará profundamente
dormida.
La voz del doctor se asemejaba a un zumbido apagado, monótono, tranquilizador. Poco
después se inclinaba para volver con suavidad un párpado de lady Astwell. A continuación se
volvió a Poirot y le hizo una seña visiblemente satisfecho.
- Ya está -dijo en voz baja-. ¿Prosigo?
- Sí, por favor.
La voz del doctor asumió ahora un tono vivo y muy autoritario.
- Duerme usted, lady Astwell, pero me oye y puede responder a mis preguntas -dijo.
Sin moverse, sin agitar un párpado siquiera, la figura tendida en el sofá respondió en voz
baja e inexpresiva:
- Le oigo. Puedo responder a sus preguntas.
- Hablemos de la noche en que asesinaron a su marido. ¿La recuerda?
- Sí.
-Usted está sentada a la mesa. Es la hora de cenar. Descríbame lo que vio, lo que sentía.
La figura tendida en el sofá se agitó con desasosiego.
- Estoy muy disgustada. Me preocupa Lily.
- Ya lo sabemos. Cuéntenos lo que vio.
Agatha Christie (Inglaterra, 1890-1976).
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