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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

sábado, 24 de mayo de 2014

Espejos (23): EL LIBRO DE MONELLE, de Marcel Schwob


(Fragmento de La predestinada)

No bien tuvo altura suficiente, Ilsée tomó la costumbre de ir todas las mañanas ante su espejo y decir: "Buen día, mi pequeña Ilsée". Después besaba el vidrio frío y fruncía los labios. La imagen parecía venir solamente. Pero estaba muy lejos en realidad. La otra Ilsée, más pálida, que se alzaba de las profundidades del espejo, era una prisionera con la boca helada. Ilsée sentía pena por ella, porque parecía triste y cruel. Su sonrisa matinal era un alba desvaída teñida aún del horror nocturno.
 
Sin embargo Ilsée la quería, y le hablaba así: "Nadie te dice buen día, pobre pequeña Ilsée. Vamos, abrázame. Hoy iremos a pasear, Ilsée. Mi enamorado vendrá a buscarnos. Ven con nosotros". Ilsée se volvía, y la otra Ilsée, melancólica, se escabullía hacia la sombra luminosa.
 
Ilsée le mostraba sus muñecas y sus vestidos. "Juega conmigo. Vístete conmigo." La otra Ilsée, celosa, también levantaba hacia Ilsée unas muñecas más blancas y vestidos descoloridos. No hablaba, tan sólo movía los labios al mismo tiempo que Ilsée.
 
A veces Ilsée se irritaba, como los niños, contra la dama muda, que a su vez se irritaba también. "¡Mala, mala, Ilsée!", gritaba. "¡Respóndeme, abrázame!" Golpeaba el espejo con la mano. Una mano extraña, que no pertenecía a ningún cuerpo, aparecía delante de la suya. Ilsée jamás pudo alcanzar a la otra Ilsée.
 
La perdonaba por la noche; feliz de volver a encontrarla, saltaba de su cama para abrazarla y le murmuraba: "Buen día, mi pequeña Ilsée".
 
Cuando Ilsée tuvo un verdadero novio, lo llevó ante su espejo y dijo a la otra Ilsée: "Mira a mi enamorado, y no lo mires demasiado. Es mío, pero quiero mostrártelo. Después de que nos hayamos casado, le permitiré abrazarte conmigo, todas las mañanas". El novio se puso a reír. Ilsée en el espejo sonrió también. "¿Verdad que es bello y que yo lo amo?", dijo Ilsée. "Sí, sí", respondió la otra Ilsée. "Si lo miras demasiado, no te abrazaré más", dijo Ilsée. "Soy tan celosa como tú. Adiós, mi pequeña Ilsée."
 
A medida que Ilsée aprendió el amor, Ilsée en el espejo se fue poniendo más triste. Pues su amiga ya no venía a besarla por la mañana. La tenía en el olvido. Era más bien la imagen de su novio la que acudía, después de la noche, para el despertar de Ilsée. Durante la jornada, Ilsée ya no veía a la dama del espejo, mientras que su novio sí se fijaba en ella. "¡Ah!, decía Ilsée, ya no piensas más en mí, malvado. A la otra es a quien miras. Es una prisionera; jamás vendrá. Está celosa de ti; pero yo soy más celosa que ella. No la mires más, mi amado; mírame a mí. Ilsée del espejo, mala, te prohibo que respondas a mi novio. No puedes venir; no podrás venir jamás. No me lo quites, mala Ilsée. Después de que nos hayamos casado, le permitiré abrazarte conmigo. Ríete, Ilsée. Estarás con nosotros."
 

Ilsée se puso celosa de la otra Ilsée. Si el día caía sin que el amado viniese: "Tú lo echas, tú lo echas, gritaba Ilsée, con tu mala cara. Mala, vete, déjanos".

 

E Ilsée ocultó el espejo bajo una tela blanca y fina. Alzó un lado a fin de clavar el último clavito. "Adiós, Ilsée", dijo.
 
Marcel Schwob (Francia, 1867-1905)

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