Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

viernes, 12 de mayo de 2017

Carnaval: MÁSCARAS, de Leonardo Padura

"... demasiadas rubias oxigenadas y opulentas en el mejor estilo Marilyn Monroe..."
 
(Fragmento)

Entonces el disc-jockey cambió la voz de la Makeeba por la de Doris Day y descubrí que, como buen cabaret, Les Femmes tenía un escenario sobre el que se posaron -tienen que haberse posado- siete versiones perfectas -y hasta mejoradas- de Doris Day, que cantaban con la grabación para un público arrobado y respetuoso, en el que empecé a ver hombres y mujeres de cuya filiación dudé todo el tiempo: demasiadas rubias oxigenadas y opulentas en el mejor estilo Marilyn Monroe, trigueñas salidas del cine italiano de posguerra, negras de manos grandes, acromegálicas de labios metálicos como robots de cómics que regalaban besos a sus compañeros de mesa con la cadencia y la intensidad de la balada dorisdayana.

Seguía anonadado cuando el Recio me invitó a ir al baño, mostrándome el sobre que le entregó el taxista. Él sabía que yo no iría, y por eso no insistió, pero el Otro Muchacho sí fue con él… No es que yo fuera un puritano. Al contrario, debo de haber sido bastante atrevido en mi vida, lo he probado todo, pero siempre me ha resultado más útil mi lucidez natural, que aquel día, por cierto, estaba como de fiesta, advertida, expectante, queriendo deglutir cuanto llegaba a mis ojos. Y gracias a esa lucidez comprendí que había penetrado en un gigantesco happening de trasmutación, transformismo y máscaras, menos famoso pero más intenso y real que un carnaval veneciano. Haber pensado en crisálidas y haber sentido el roce de un insecto gigantesco me dio la clave de lo que estaba viviendo, viendo: una fiesta de insectos. Recuerdo que pensé, entre aquellos travestis adelantados, pioneros esforzados del movimiento, que el hombre puede crear, pintar, inventar o recrear colores y formas de los que dispone desde su exterior, y llevarlos a la tela, que está más allá de su cuerpo, pero que es incapaz e impotente para modificar su propio organismo. Sólo el travesti llega a transformarlo radicalmente y, como la mariposa, puede pintarse a sí mismo, hacer de su cuerpo el soporte de su obra máxima, convertir sus emanaciones sexuales en color, a través de los aturdidores arabescos y los tintes incandescentes de un ornamento físico.
 
Es una autoplástica esencial, aunque esas obras, infinitamente repetidas -siete Doris Day, cuatro Marilyn Monroe, tres Ana Magnani en veinte metros cuadrados- no puedan evitar, en el mejor de los casos, una fría y nostálgica perfección. Lo más inquietante fue comprender que todo eso era la consumación del teatro consciente que se ha soñado desde los días de Pericles: la máscara hecha personaje, el personaje tallado sobre el físico y el alma del actor, la vida como representación visceral de lo soñado. Aquello era como una iluminación que hubiera estado esperándome desde siempre, agazapada en ese sucio rincón de París, y en unos minutos ya tuve planeada y montada en mi mente la solución que andaba buscando para mi versión de Electra Garrigó… Lo que jamás pude imaginar fue que aquella idea genial iba a ser el principio de mi último acto como director teatral. El fin como principio sin medios…

Entonces, cuando fui a contarle al Recio aquella revelación, descubrí que él y el Otro Muchacho habían desaparecido, no sé con cuál de aquellos insectos pervertidos. Lo más simpático fue que al día siguiente me acusaron a mí de haberme evaporado del brazo de una Sara Montiel. De todas formas le conté al Recio lo que había sentido allí, y el muy ingrato ni siquiera me dio crédito en su libro sobre los travestis, y todavía creo que soy capaz de poner entre comillas los párrafos que le dicté en aquella conversación… Y por cierto, como no tenía dinero suficiente, tuve que regresar a la casa caminando, pues jamás me hubiera ido con una Sara Montiel, porque la verdad, nunca he soportado a la Saritísima.
 
Leonardo Padura (Cuba, 1955).
 
La ilustración corresponde a una cuidadosa personificación -aunque con pecas en los brazos- de Marilyn Monroe.

jueves, 11 de mayo de 2017

Carnaval: NÉMESIS, de Jo Nesbø

"Iba vestida de ángel. No como los ángeles reales, sino con uno de esos trajes de mentira que se usan en carnaval."
 
(Fragmento del capítulo 24: Sao Paulo)
 
El motor del coche zumbaba bajito. Harry miró las farolas de la calle que iluminaban el cielo oscuro, el salpicadero y el volante donde el diamante del dedo meñique de Trond brillaba débilmente.
 
- Mentiste sobre el anillo que llevas puesto -susurró Harry-. El diamante es demasiado pequeño para valer treinta mil. Apuesto a que costó alrededor de cinco y que lo compraste para Stine en una joyería de Oslo. ¿No es así?
 
Trond hizo un gesto afirmativo.
 
- Te viste con Lev en Sao Paulo, ¿verdad? El dinero era para él.
 
Trond hizo un gesto afirmativo, una vez más.
 
- Dinero suficiente para una temporada -dijo Harry-. Suficiente para pagarse el billete de avión cuando decidió volver a Oslo -susurró Harry-. Quiero ese número de móvil.
 
- ¿Sabes qué? -Trond giró despacio a la derecha en la plaza de Alexander Kielland-. Anoche soñé que Stine entraba en el dormitorio y me hablaba. Iba vestida de ángel. No como los ángeles reales, sino con uno de esos trajes de mentira que se usan en carnaval. Me dijo que ella no pertenecía a la esfera de allá arriba. Y cuando me desperté, pensé en Lev. Pensé en cuando se sentó en el borde del tejado de la escuela con las piernas colgando, mientras nosotros entrábamos a la siguiente clase. Parecía un puntito pequeño, pero yo recuerdo lo que pensé. Pensé que él pertenecía a la esfera de allá arriba.
 
 
Jo Nesbø (Noruega, 1957).

miércoles, 10 de mayo de 2017

Carnaval: CARNAVAL DIABÓLICO, de Alicia Giménez Bartlett

"... se le ocurre vestirse de diablillo saltarín con las carnes bien apretadas debajo de una malla y venirse hasta Sitges en carnaval."
 
 (Fragmento)

Cualquier ayuda parecía poca a tenor de los primeros pasos: el cadáver no iba identificado ni presentaba signos de violencia, ni le habían robado, y en el departamento de «personas desaparecidas» no se había presentado ninguna denuncia que coincidiera físicamente con él. Pasamos a los posibles testigos de los inmuebles. Entre Yolanda, Sonia, Garzón y yo hicimos un «puerta a puerta» que parecía que iba a ser infructuoso. Todo el mundo dormía a la supuesta hora del asesinato. La gente que estaba en su casa no tenía a las tres de la mañana nada mejor que hacer: el día siguiente era laborable. Cuando ya estábamos a punto de acabar, apareció Yolanda muy excitada.
 
- Inspectores, vengan por favor. El vecino del entresuelo tiene algo que decir.
 
Se trataba de un hombre mayor que vivía solo. Con un humor de perros, en pijama y con muy pocas ganas de colaborar, repitió algo que ya le había dicho a Yolanda.
 
- Sí, yo lo mojé.
 
Me quedé de una pieza, pero encontré la serenidad suficiente como para preguntar:
 
-¿Cómo? ¿Puede explicarse?
 
- Ni que fuera tan difícil de comprender: a las cuatro de la mañana me entraron ganas de mear y fui al lavabo. Cuando volvía a la cama oí a dos tíos dando voces en la calle. Pensé: ¿aún no han acabado de meter bulla esos hijos de puta del carnaval? Me puse la bata para que no me diera el frío de la calle, fui hasta la ventana y la abrí. Allí justo debajo estaba ese tío sentado.
 
-¿Y nadie más?
 
- Nadie más. Pensé que era un borracho y como estaba hasta las narices, porque ya está bien con el carnaval y que la gente decente no podamos estar en paz, llené un cubo de agua en la bañera y se lo eché por encima, a lo mejor así se iba a dormir la mona a otro sitio. Se quedó tan campante y me largué a la cama otra vez. ¡A lo mejor se pesca una buena pulmonía!, pensé, algo es algo.
 
- Es usted el colmo de la solidaridad, ¿eh? —soltó Yolanda en un arranque.
 
-¿Solidaridad con un borracho que se queda en la calle a dormir?
 
Atajando la cuestión solidaria, inquirí:
 
-¿Vio huir a alguien o a alguna persona que se alejara del lugar?
 
- El tío estaba solo, más solo que la una.
 
- Las voces que oyó, ¿entendió lo que decían?
 
- ¡Y yo qué voy a entender, con la ventana cerrada y medio dormido!
 
-¿Era una voz o eran dos?
 
- Me parece que eran dos: uno hablaba más fuerte, el otro más bajo.
 
-¿Eran hombres?
 
- Sí. Maricones serían.
 
Noté cómo el subinspector se tensaba ante la calificación.
 
-¿Y discutían?
 
- Supongo; no creo que estuvieran dándose el pico, aunque a lo mejor también.
 
Lo que me temía sucedió. Garzón, impulsando su cuerpo hacia delante, puso su cara a un palmo de la de aquel pobre diablo, que inmediatamente retrocedió. Bramó como en la ópera:
 
-¿Y no se le ocurrió llamar a la policía, como era su obligación?
 
El puñetero viejo se achantó, si bien puso cara de haber bebido vinagre y dijo:
 
- No podía saber que estaba muerto. Pensé que sólo había bebido demasiado y ése no es motivo para llamar a la policía en una noche de carnaval.
 
 
Alicia Giménez Bartlett (España. 1951).

martes, 9 de mayo de 2017

Carnaval: VALS EN LA OSCURIDAD, de William Irish

"El resplandor de antorchas y linternas..."

(Fragmento del capítulo 23)

Mardi Gras. La ciudad se vuelve loca. Una fiebre se apodera de la ciudad cada año, el último martes antes del Miércoles de Ceniza. “Martes gordo”. Una y otra vez, por cincuenta y tres años ya, desde 1827, cuando la primera de estas celebraciones surgió de manera espontánea, nadie sabe como. Una última aventura antes de que las austeridades de la cuaresma comiencen, como si el mundo de la debilidad humana nunca se acabara y volviera a renovarse una y otra vez. La bacanal antes de retractarse para justificar la penitencia.
 
No hay noche ni día. El resplandor de antorchas y linternas a la largo de Canal y Royal, o las demás calles del centro de la ciudad, ilumina con la luz rojiza del sol la medianoche, y durante el día las tiendas permanecen cerradas, nada se compra y nada se vende. Nada excepto la alegría, y esa se puede obtener gratis.
 
 
William Irish: seudónimo de Cornell Woolrich (Estados Unidos, 1903-1968).

lunes, 8 de mayo de 2017

Carnaval: MAIGRET Y LA ESPINGARDA, de Georges Simenon

"... mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente."
 
(Fragmento del capítulo 8: Donde la Espingarda se deja tirar de la lengua, y donde Maigret se decide por fin a cambiar de adversario)

«Ayer me reí mucho. G… estaba en mi habitación, no para lo que te imaginas, sino para hablarme del plan que yo le había contado la víspera de ir a pasar dos días a Niza.
»A esta gente le horrorizan los viajes. Sólo han salido de Francia una vez en su vida. Su único viaje al extranjero se remonta a la época en que el padre aún vivía y fueron a Londres los tres. Parece ser que además se marearon todos y tuvo que atenderles el médico del barco.
»Pero no iba por ahí la cosa. Cuando les comento algo que no les gusta, no me contestan enseguida. Se callan y, como suele decirse, se oye pasar un ángel.
»Luego, más tarde o al día siguiente, G… se presenta en mi habitación, con cara de apuro, empieza andándose por las ramas y acaba soltando lo que lleva dentro. Total, que parece que mi idea de ir a Niza a ver el carnaval es ridícula, casi indecente. No me ha ocultado que su madre está escandalizada y me suplica que renuncie a mi proyecto.
»Bueno, pues resulta que el cajón de mi mesita de noche se había quedado entreabierto. G… lo miró maquinalmente y de pronto vi que se ponía palidísimo.
»“¿Qué es eso?”, balbució señalándome la pequeña automática con culata de nácar que compré durante mi viaje a Egipto.
»¿Te acuerdas? Ya te lo comenté entonces. Me habían dicho que una mujer sola no está segura por aquellos países. No sé por qué la metí en aquel cajón. Contesté tranquilamente:
»“Es una pistola”.
»“¿Está cargada?”.
»“No me acuerdo”.
»“La cogí y miré el cargador. No había balas”. “¿Tienes munición?”.
»“Estará en algún sitio”.
»Una hora más tarde se presentó mi suegra con un pretexto, porque no entra nunca en mi habitación sin algún motivo. Se pasó un buen rato también dando rodeos y al final me explicó que no era decente que una mujer tuviera un arma.
»“Pero si es más un juguete que otra cosa”, repliqué. “Lo guardo como un recuerdo, porque la culata es bonita y están grabadas mis iniciales. Además, creo que es más bien inofensiva”.
»Acabó cediendo. Pero no hasta que accedí a entregarle la caja de balas que estaba en el fondo del cajón.
»Lo más gracioso es que, apenas se marchó, encontré en uno de mis bolsos otra caja de balas que se me había olvidado. No se lo dije…».

Georges Simenon (Bélgica, 1903-1989)

domingo, 7 de mayo de 2017

Carnaval: LA ROSA DE ALEJANDRÍA, de Manuel Vázquez Montalbán

"En otro rincón de la nave los comparsas del desfile de Carnaval se probaban disfraces de cocodrilos..."

(Fragmento)

Chicos y chicas iniciaban la lenta parsimonia del calypso, la interrumpían, ensayaban distintos tonos de voz, se corregían mutuamente. En otro rincón de la nave los comparsas del desfile de Carnaval se probaban disfraces de cocodrilos o de nenúfares y una muchacha negra se convertía en una luna llena, iluminada por bombillitas que encendía con una perilla escondida en el cuenco de una mano. Todo tenía aire de ensayo de fiesta mayor de Calahorra o Chiclana, lo único que variaba era la forma, y los muchachos parecían orgullosos de su cualidad de transmisores de algo que daba carácter a la isla, orgullo reforzado por la presencia de los dos o tres extranjeros mirones, en los que creían adivinar el arrobo ante su flagrante exotismo.


Manuel Vázquez Montalbán (España, 1939-2003)

sábado, 6 de mayo de 2017

Carnaval: UN JUEGO PARA LOS VIVOS, de Patricia Highsmith

"Theodore abrió una bolsa de papel y extrajo una máscara de gorila..."
 
(Fragmento del capítulo 16)

- ¿Te gustaría ir?
 
- ¿A una fiesta de Carnaval? ¿Irás tú? -preguntó Ramón.
 
- Sí, le dije que iría. A Olga le hace mucha ilusión. No tendré que quedarme mucho rato. Inocencia estará allí para ayudar a atender a los invitados.
 
- Y supongo que irás con alguien, ¿no? -le preguntó Ramón con acento de incredulidad.
 
- No, con nadie. No estás obligado a ir, Ramón -dijo Theodore con una sonrisa-. Ven arriba conmigo. Quiero enseñarte una cosa.
 
Ramón le siguió a regañadientes. Theodore entró en su habitación y sacó un paquete del fondo del armario.
 
- Son unos disfraces que compré ayer. Hay que ir disfrazado, ¿sabes? El mío es de canguro. ¿Qué te parece? ¡Fíjate qué pies tan enormes! Será un éxito, ¿no crees?
 
Theodore levantó los alargados pies de trapo que se mantenían rígidos gracias a unas suelas de cartón. La cabeza tenía unos agujeros redondos para poder ver y un hocico largo y sonriente.
 
- El otro disfraz es más sencillo… de payaso. Pero se puede llevar una máscara encima. Mira, éstas son las máscaras.
 
Theodore abrió una bolsa de papel y extrajo una máscara de gorila y otra de gato con bigotes rizados, de caucho.
 
- Escoge la que prefieras. O no vengas si no tienes ganas.
 
- Me es igual uno que otro –dijo Ramón mirando los disfraces.
 
Bajo la luz de la lámpara, su frente, tersa y pálida, parecía un rectángulo de mármol.
 
- No engañan a nadie mucho tiempo.
 
 
Patricia Highsmith (Estados Unidos, 1921-1995).

viernes, 5 de mayo de 2017

Carnaval: TRES AUTORES FRANCESES DEL SIGLO XIX

"Se trata del carnaval de los espíritus y de los duendes."
 
El ojo sin párpado (L'oeil sans paupière, 1832), de Philaréte Chasles
 
(Fragmento)

En esta noche se consulta al brujo de la aldea, y todos los espíritus traviesos bailan por los páramos, atraviesan los campos cabalgando los tenues rayos de luna. Se trata del carnaval de los espíritus y de los duendes. No hay cueva ni peñasco que no celebre su fiesta y su baile; no hay flor que no se estremezca al soplo de una ninfa; no hay mujer que no cierre cuidadosamente la puerta, para que los spunkies no roben los alimentos del día siguiente, ni estropeen con sus travesuras la comida de los niños, que duermen abrazados en la misma cuna. Así era aquella noche solemne, tejida de caprichosa fantasía y un secreto temor que subía por las colinas de Cassilis.
 
"Me preguntaba si la superior belleza, que no había más remedio que conceder a la estatua..."
 
La Venus de Ille (La Vénus d'Ille, 1837), de Prosper Mérimée
 
(Fragmento)
 
– ¡Oh!, mi mujer se las arreglará seguramente. Creo que estará muy contenta de tenerlo.
 
Mil doscientos francos en el dedo están muy bien. Este otro anillo –añadió, mirando con satisfacción la sortija que llevaba en la mano–, éste me lo dio una mujer en París un día de carnaval. ¡Ah! ¡Qué bien lo pasé en París hace dos años! ¡Allí sí que se divierte uno!... –y suspiró con nostalgia.
 
Aquel día íbamos a cenar a Puygarrig, a casa de los padres de la novia. Montamos en una calesa y nos dirigimos al castillo, alejado una legua y media de Ille. Fui presentado y acogido como un amigo de la familia. No hablaré ni de la cena, ni de la conversación posterior, en la que participé muy poco. Alphonse, sentado junto a su prometida, le decía algo al oído cada cuarto de hora. Ella, apenas levantaba los ojos, y cada vez que le hablaba su novio se sonrojaba tímidamente, pero le contestaba sin turbación.
 
La señorita de Puygarrig tenía dieciocho años; su talle, esbelto y delicado, contrastaba con la constitución huesuda de su robusto novio. No sólo era hermosa, sino también seductora. Me admiraba la perfecta naturalidad de sus respuestas; y su aire de bondad, que, sin embargo, no estaba exento de malicia, me recordó, a mi pesar, a la Venus de mi anfitrión. En esta comparación, que hice para mí, me preguntaba si la superior belleza, que no había más remedio que conceder a la estatua, no se debía en gran parte a su expresión de tigresa; pues la energía, incluso en las malas pasiones, excita siempre en nosotros un asombro y una especie de alucinación involuntaria.
 
"... estábamos solos en un proscenio del baile de la Ópera."
 
El convidado de las últimas fiestas (Le convide des dernières fêtes,1874),
de Auguste Villiers de L'Isle Adam
 
(Fragmento)
 
Una tarde de Carnaval de 186..., C***, uno de mis amigos, y yo, por una circunstancia absolutamente debida a los azares del aburrimiento «ardiente y vago» estábamos solos en un proscenio del baile de la Ópera.
 
Hacía unos instantes que admirábamos, a través del polvo, el mosaico tumultuoso de las máscaras, aullando bajo las grandes arañas esplendentes y agitándose al compás de la batuta sabática de Strauss.
 
De pronto se abrió la puerta del palco; tres damas con un frufrú de seda se acercaron a nosotros y, después de quitarse los antifaces, nos dijeron:
 
- ¡Buenas noches!

Eran tres jóvenes de ingenio y belleza excepcionales. Las habíamos encontrado a veces en el mundo artístico de París: Clio, la Cenicienta, Antonie Chantilly y Annah Jackson.
 
-¿Venís aquí para aprender a beber junto a nosotros? —les preguntó C***, rogándoles que se sentaran.
 
- ¡Oh! Íbamos a cenar solas, porque las gentes de esta noche, horriblemente fastidiosas, han ensombrecido nuestra imaginación -dijo Clio la Cenicienta.
 
- Sí; ya nos íbamos a ir cuando los hemos visto —dijo Antonie Chantilly.
 
- Así, pues, venid con nosotras, si no tenéis cosa mejor que hacer –concluyó Annah Jackson. - ¡Vivan la luz y la alegría! -respondió tranquilamente C***.

 
 
Philaréte Chasles (Francia, 1798-1873).
Prosper Mérimée (Francia, 1803-1870).
August Villers de L'Isle-Adam (Francia, 1838-1889).

jueves, 4 de mayo de 2017

Carnaval: EL SEÑOR DEL CARNAVAL, de Craig Russell

"... y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad..."
 
(Fragmento del capítulo 9)

Lo que le llamó de inmediato la atención a Fabel fue que el informe no hablaba solamente de asesinatos que ya habían ocurrido: también se refería a un asesinato esperado. Estaba claro que eso es algo que ocurre siempre cuando hay sospecha de un asesino en serie, pero en este caso la Policía de Colonia no sólo esperaba otro asesinato, sino que incluso tenía una idea bastante clara del día en el que iba a producirse.
 
La gran fiesta de Colonia era el Karneval, la desenfrenada celebración que tenía lugar cada año antes de la Cuaresma. A Fabel, como protestante germano del norte, el carnaval le resultaba algo ajeno. Sabía en qué consistía, por supuesto, pero nunca lo había experimentado más que en los reportajes que había visto por televisión. Incluso Colonia le resultaba una ciudad poco familiar: había estado en ella sólo un par de veces, y nunca demasiado tiempo. A medida que se adentraba más en el caso se encontraba perdido en un entorno de monumentos desconocidos. Pensó en lo difícil que sería para una unidad como la que proponían Van Heiden y Wagner funcionar eficazmente por todo el territorio alemán. Un país, un conjunto de culturas distintas; y si se tenían en cuenta el Este y el Oeste, hasta dos historias distintas.
 
El carnaval de Colonia era algo único. Más al sur había las formas más tradicionales de Fasching y Fastnacht. En Dusseldorf, la eterna rival de Colonia, o en Mainz, el carnaval adoptaba una forma similar pero no alcanzaba nunca la exuberancia anárquica del de Colonia. Esta celebración era mucho más que una fecha en el calendario: formaba parte de la personalidad de la ciudad, definía lo que significa ser de Colonia.

Fabel ya había oído hablar del caso; como todos los crímenes de este tipo, los tres asesinatos presentaban todos los ingredientes de un buen titular morboso: el asesino que buscaba la Policía de Colonia atacaba sólo por carnaval. Sólo había dos víctimas: una el año anterior, la primera el año antes, pero el agente al frente de la investigación —el Seniorkommissar Benni Scholz— había reconocido el modus operandi del asesino nada más llegar a la segunda escena del crimen, y había advertido a sus superiores de que dentro de la misma temporada de carnaval podía haber otro asesinato, pues temía una escalada de la actuación en serie del criminal. No hubo más crímenes, pero Fabel estaba de acuerdo con el comisario sin rostro en que el asesino volvería a actuar: este año, durante el próximo carnaval.
 
Fabel puso los informes del caso sobre la mesita. Las dos víctimas tenían casi treinta años, eran mujeres y solteras. Sus historiales tenían poco en común: Sabine Jordanski era peluquera; Melissa Schenker trabajaba en casa en algo parecido al diseño de software. Si Jordanski era la alegría de la fiesta, Schenker, en cambio, fue una persona reservada, tranquila y casi de vida recluida. Jordanski era natural de Colonia, nacida y criada en la ciudad; Schenker provenía de Kassel y llevaba tres años viviendo allí. Durante la investigación no se les descubrieron ni amigos ni conocidos comunes, ningún vínculo aparte de la manera en que se tropezaron con la muerte.

Ambas mujeres habían sido estranguladas; había pruebas de estrangulación manual y del uso posterior de una ligadura: las corbatas masculinas que había dejado en sus cuellos como firma el asesino. Scholz había explicado el posible significado de esta firma: el Weiberfastnacht era una fecha clave en el calendario del carnaval de Colonia, se celebraba siempre el último jueves antes de Cuaresma y era la noche del carnaval de las Mujeres, cuando ellas mandaban. Todas las féminas de Colonia tenían derecho a exigirle un beso a cualquier hombre, y también era tradición que, si veían a un hombre llevando corbata, se la podían cortar por la mitad, así se invertía la tradicional autoridad de los hombres sobre las mujeres. En los ambientes más ilustrados e igualitarios, la costumbre no pasaba de cierta diversión, pero el Kommissar Scholz expresó su sospecha de que para el asesino significara mucho más. Sospechó que el asesino podía estar motivado por una misoginia psicótica o por un resentimiento de tipo sexual contra las mujeres. Scholz presentía claramente que este punto de vista explicaba la desfiguración post mortem de los cuerpos: aproximadamente medio kilo de carne había sido extraído de la nalga derecha de ambas víctimas. Fabel podía ver la lógica del agente de Colonia, pero la consideraba prematura. Sospechaba que en ese asesino había más de lo que se adivinaba.
 

Craig Russell (Inglaterra, 1956)

miércoles, 3 de mayo de 2017

Carnaval: LA MUERTE Y LA BRÚJULA, de Jorge Luis Borges

"... bajaron dos arlequines (...) abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos..."
 
(Fragmento)

La segunda letra del Nombre ha sido articulada.

El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de la una, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), y que estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación se cortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval), Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, taberna de la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón. Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; eran de reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con las voces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.

Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía:

La última de las letras del Nombre ha sido articulada.

 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

martes, 2 de mayo de 2017

Carnaval: EL SUEÑO DE LOS HÉROES, de Adolfo Bioy Casares

"El cabaret se llamaba Signor, su vestíbulo, profundo, estrecho y rojo..."

(Fragmento del capítulo XXXIII)

En la tercera noche del carnaval del año 27, antes de entrar en el teatro Cosmopolita, habían bebido en uno de esos cabarets. Ahora quería reconocerlo. Pero hacía tanto frío y estaba tan cansado, que no pudo prolongar debidamente la inspección; a decir verdad, entró en el primero de esos establecimientos que encontró en su camino. El cabaret se llamaba Signor, su vestíbulo, profundo, estrecho y rojo, con llamas y diablos pintados, representaba, sin duda, la entrada del infierno o, por lo menos, de una cueva infernal; de las paredes colgaban fotografías coloreadas de mujeres con castañuelas, mantones y posturas furiosas, de bailarines de frac y galera, y de una niña con hoyuelos en la cara, sonrisa picaresca y un ojo cerrado. Adentro, dos mujeres bailaban un tango, que otra ejecutaba, con un dedo, en el piano. Una cuarta mujer miraba, acodada en una mesa. Dos lavacopas trabajaban activamente en el mostrador. Algunas mesas estaban arregladas; las demás tenían encima sillas dadas vuelta. Gauna empujó la puerta para salir.

- ¿Quería algo, maestro? -preguntó uno de los lavacopas.

- Creía que estaba abierto... -explicó Gauna

- Siéntese -le propuso el lavacopas-. No vamos a echarlo porque sea temprano. ¿Qué le sirvo?

Gauna le dio el chambergo y se sentó.

- Una grapa doble -dijo.

Pensó que tal vez fuera ahí donde habían estado aquella noche. Disimuladamente miró a las mujeres; una de las que bailaban parecía un indio pampa y la otra (según le contó después a Larsen) "tenía cara de zonza". La del piano era muy chica y muy cabezona. La que estaba acodada era una rubia con cara de oveja. Esta última se levantó con desgano; Gauna se dijo, no sin alarma, "viene"; la mujer se acercó, preguntó si no molestaba y se sentó a la mesa de Gauna. Cuando el lavacopas se acercó, la mujer le preguntó a Gauna:

- ¿Me pagás la soda?

Gauna asintió. La mujer ordenó al lavacopas:

- Con bastante whisky, por favor.

Para disimular su turbación, Gauna comentó:

- A mí no me gusta el té frío.

La mujer explicó las ventajas medicinales del whisky, aseguró que lo tomaba por prescripción médica y por "puro gusto, créame", y se dilató en descripciones de las enfermedades, principalmente del estómago y del intestino, que la habían perseguido hasta adelgazarla enteramente y que ahora el doctor Reinafe Puyó, a quien había conocido una madrugada por entera casualidad, la estaba tratando con whiskies y otros brebajes menos agradables para el paladar, que la dejaban toda revuelta, echada como una enfermita en la cama y con un pañuelo empapado en agua colonia en la barriga. Gauna la escuchaba impresionado. Para sus adentros reconocía (aunque fuera una vergüenza confesarlo) que su experiencia con las mujeres no era grande y que si se encontraba con una muchacha, que no era una de las zonzas del barrio, se acobardaba un poco y estaba entregado, sin voluntad. Volvieron a llenar los vasos, y Gauna pensó "esta mujer tiene cara conocida". (Tal vez le pareció conocida porque ese tipo de cara se da, con variantes y peculiaridades, en muchas personas.) Después de que Gauna hubo bebido la tercera grapa doble, la mujer le participó que se llamaba "la Baby" (pronunció el nombre con "a" abierta) y él se atrevió a preguntar si no se habían encontrado en ese mismo lugar en un carnaval, hace dos o tres años.

- Yo estaba con unos amigos -explicó; después de una pausa añadió, cambiando de tono-. Tiene que acordarse. Con nosotros venía un señor de cierta edad, más bien corpulento y de respeto el hombre.

- No sé de qué me está hablando -respondió la Baby, con visible agitación.


Adolfo Bioy Casares (Argentina, 1914-1999) 

lunes, 1 de mayo de 2017

Carnaval: EL BARRIL DE AMONTILLADO, de Edgar Allan Poe

"El buen hombre estaba disfrazado de payaso."

(Fragmento inicial)

Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Ustedes, que conocen tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegarán a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando ésta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.

Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida.

Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.

Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.

-Querido Fortunato -le dije en tono jovial-, éste es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

-¿Cómo? -dijo él-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

-Por eso mismo le digo que tengo mis dudas -contesté-, e iba a cometer la tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.
 
 
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849) 

El cuento íntegro se puede leer en Ciudad Seva