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Vancouver: sol de verano al atardecer en English Bay.

sábado, 26 de agosto de 2017

Eclipse: SÁBADO, de Ian McEwan

"Sorprendía aquella abundancia de pelo castaño rojizo -casi hasta la cintura- en un cuerpo tan menudo."
 
(Fragmento del primer capítulo)

Fue una calamidad -sin duda un ataque contra toda la vida de Rosalind- lo que la introdujo en la vida de Henry. La primera vez que la vio fue por detrás, cuando recorría el pabellón neurológico de mujeres a última hora de una tarde de agosto. Sorprendía aquella abundancia de pelo castaño rojizo -casi hasta la cintura- en un cuerpo tan menudo. Por un momento pensó que era una niña muy grande. Estaba sentada en el borde de la cama, todavía totalmente vestida, hablando con el adjunto con una voz que se esforzaba en contener el terror. Perowne captó parte de la historia al detenerse junto a ellos, y conoció el resto más tarde, por las notas de Rosalind.
 
Tenía, en conjunto, buena salud, pero había sufrido cefaleas intermitentes durante el año anterior. Se tocó la cabeza para indicar dónde. Él se fijó en que tenía las manos muy pequeñas. La cara era un óvalo perfecto, y los ojos eran grandes y de un color verde claro. Había habido alguna que otra interrupción de la regla, y en ocasiones los pechos segregaban una sustancia. Aquella tarde, cuando estaba trabajando en la biblioteca de la facultad de derecho, estudiando daños y perjuicios -especificó este punto-, dijo que la vista había empezado, según su propia expresión, a temblequearle. Al cabo de unos minutos ya no veía los números de su reloj de pulsera. Por supuesto, dejó los libros, agarró el bolso y bajó la escalera agarrándose con fuerza a la barandilla. Caminando a tientas por la calle, llegó al servicio de urgencias cuando empezaba a oscurecer.
 
Pensó que había habido un eclipse y le sorprendió que nadie mirase al cielo. Desde urgencias la habían enviado allí directamente y ahora apenas veía las rayas de la camisa del médico adjunto. Cuando él levantó los dedos ella no pudo contarlos.
 
- No quiero quedarme ciega -dijo, con una voz queda y conmocionada-. Por favor, no deje que me quede ciega.


Ian McEwan (Inglaterra, 1948).

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