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domingo, 5 de enero de 2014

Alejo Carpentier: dos carnavales de Epifanía

"... había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía..."
 
Tal vez se deba a la influencia de haber crecido en Cuba donde se festeja el peculiar carnaval de la Epifanía durante el denominado día de los santos reyes, además del otro -tradicional en todo el mundo-, que precede al miércoles de ceniza, pero el caso es que Alejo Carpentier nos obsequia un par de vívidas y exuberantes descripciones, la primera de las cuales corresponde a su novela El reino de este mundo

Pero el día de su sepelio, un alegre estrépito de tambores llenaba la ciudad. Los negros, bien enterados de que algo había cambiado en Francia, habían pensado, aunque tardíamente, en celebrar su Carnaval de Epifanía, olvidado durante los años del ateísmo oficial. Desde temprano se habían disfrazado de Reyes y Reinas del África, de diablos, hechiceros, generales y bufones, echándose a las calles con calabazos, sonajas y cuanto pudiera golpearse y sacudirse en honor de Melchor, Gaspar y Baltasar. Los sepultureros, cuyos pies se agitaban impacientemente al compás de las músicas lejanas, cavaron a toda prisa una fosa exigua, donde metieron a empellones el ataúd de tablas rajadas, cuya tapa, además, estaba medio desclavada. A mediodía, mientras se bailaba en todas partes...

Y ahora un párrafo carnavalesco que tiene lugar en Venecia, el cual proviene de su maravillosa y breve alucinación Concierto Barroco: "había estallado el carnaval, el gran carnaval de Epifanía, en amarillo naranja y amarillo mandarina, en amarillo canario y en verde rana, en rojo granate, rojo de petirrojo, rojo de cajas chinas, trajes ajedrezados en añil, y azafrán, moñas y escarapelas, listados de caramelo y palos de barbería, bicornios y plumajes, tornasol de sedas metido en turbamulta de rasos y cintajos, turquerías y mamarrachos, con tal estrépito de címbalos y matracas, de tambores, panderos y cornetas, que todas las palomas de la ciudad, en un solo vuelo que por segundos ennegreció el firmamento, huyeron hacia orillas lejanas".
 
Después de eso, en determinado momento los protagonistas, el mexicano Montezuma (sic) y su criado cubano Filomeno, se encuentran en una sala de música con los mismísimos Vivaldi y Haendel, acompañados por una orquesta de huérfanas del Ospedale della Pietá, "y llegaban otras y otras más, trayendo perfumes en las cabelleras, flores en los escotes, zapatillas bordadas, hasta que la nave se llenó de caras jóvenes -¡por fin, caras sin antifaces!-, reidoras iluminadas por la sorpresa, y que se alegraron más aún cuando de las despensas empezaron a traerse jarras de sangría y aguamiel, vinos de España, licores de frambuesa y ciruela mirabel". Para que después de que Filomeno, al fin cubano, se tope con un cuadro en el que la serpiente está tentando a Eva, empiece a cantar "Mamita, mamita, ven, ven, ven. Que me come la culebra, ven, ven, ven". Y luego de hacer el ademán de que va a matar a la serpiente con un cuchillo, sigue: "La culebra se murió, calaba-són-son-son", y en un alarde de anacronismos, "Kábala-sum-sum-sum -coreó Antonio Vivaldi, dando al estribillo, por hábito eclesiástico, una inesperada flexión de latín salmodiado", de inmediato lo siguen Doménico Scarlatti, Jorge Federico Haendel y las setenta huérfanas: "Y, siguiendo al negro que ahora golpeaba la bandeja con una mano de mortero, formaron todos una fila, agarrados por la cintura, moviendo las caderas, en la más descoyuntada farándula que pudiera imaginarse -farándula que ahora guiaba Montezuma, haciendo girar un enorme farol en el palo de un escobillón al compás del sonsonete cien veces repetido. Kábala-sum-sum-sum".
 
Narración a la que sólo le faltaría la respectiva banda sonora. No en vano Carpentier tenía fama de ser un gran melómano -fue autor del ensayo La música en Cuba-, sino que se cuenta que solía escribir sus textos en la máquina de escribir, de esas que ahora ya no existen desplazadas por el ordenador: ¡en papel pautado!
 
 
Jules Etienne

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