Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

sábado, 24 de abril de 2021

Miércoles de ceniza: POLVO AL POLVO, de John O'Donoghue

"Ahora sabía por qué las estatuas de los santos se encontraban veladas: era el Miércoles de Ceniza..."

(Fragmento)

Lentamente, la congregación se acercó al altar. El padre Casey estaba allí para recibirlos, con un pequeño recipiente de metal en las manos. A medida que cada feligrés se acercaba a él, metía el pulgar en el recipiente y colocaba la señal de la cruz en sus frentes. Mi madre fue la primera en recibir la bendición del padre Casey y cuando se dio la vuelta me sentí mortificado.

Allí, en su frente, había una mancha de ceniza. Ahora sabía por qué las estatuas de los santos se encontraban veladas: era el Miércoles de Ceniza, el comienzo de la Cuaresma, y toda la gente que estaba procesando para recibir la señal de la cruz estaba siendo manchada con cenizas de la caja del altar. El padre Casey las había depositado en su pequeño recipiente y ahora me hacía señas para que fuera a rellenarlo. ¡Pero esas eran las cenizas equivocadas! ¡Las cenizas de la caja eran los restos del tío Seamus! ¡No eran las cenizas del Miércoles de Ceniza en absoluto!

¿Qué podía hacer yo? No iba a detener la misa. El padre Casey me excomulgaría. Desde el coro de enfrente, Mattie sonreía como un gato, pero no pensé que fuera un asunto de risa, de ninguna manera. El padre Casey se veía muy atribulado. Me percaté de que estaban a punto de agotarse las cenizas y aún había mucha gente esperando a recibirlas.

Caminé hacia el altar, me incliné y recogí la caja con los restos del tío Seamus. Le llevé la caja al padre Casey, que utilizó una pequeña cuchara para decantarlos en su recipiente. Hice una reverencia y regresá a sentarme en una de las sillas del coro, mientras él continuaba aplicando las cenizas del tío Seamus en la frente de los fieles. Incapaz de detenerlo, me resigné a que el padre Casey dispersara lo último del tío Seamus sobre las frentes de los miembros de la congregación y observé cómo todos caminaban con solemnidad por el pasillo de la iglesia. Cuando el último de ellos por fin regresó a su banca, miré hacia afuera, cada uno de ellos con una estrella gris en la frente, y entonces pensé que al menos el tío Seamus estaba entre los suyos y ofrecí una oración por él y sus hijos, y por su amigo el señor Lupelli, y todos aquellos que mueren lejos de la tierra en que nacieron.

John O'Donoghue (Irlandés fallecido en Francia, 1956-2008).

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