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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

sábado, 16 de enero de 2016

Unicornios: LA FUENTE DEL UNICORNIO, de Theodore Sturgeon


(Fragmento)
 
Entonces, de lo alto de la loma, llegó el sonido de una sola inhalación, y el silencio. Uno sabía, sin mirar, que unos miraban boquiabiertos y que otros escondían la cara o se tapaban los ojos con el brazo.
 
Llegó.
 
Llegó despacio esta vez, midiendo los pasos como si las patas fueran agujas de bordar. Llevaba erguida la espléndida cabeza. Contempló con gravedad el árbol de la orilla y después de volvió para mirar la loma un instante. Finalmente dio media vuelta y bordeó la fuente que había junto a los sauces. Al llegar al musgo azul se detuvo y miró el agua. Pareció que aspiraba hondo, una vez. Entonces inclinó la cabeza y bebió, y la levantó para sacudirse las gotas brillantes.
 
Se volvió hacia los tres seres humanos embelesados y los fue mirando uno a uno. Y al final no fue hacia Rita ni hacia Bárbara. Fue hacia Del, y así como había bebido de la fuente, profundamente y tomándose su tiempo, bebió de los ojos de Del. La belleza y la sabiduría estaban allí, y la compasión, y lo que parecía ser un blanco y brillante punto de ira. Del supo entonces que la criatura había leído todo, y que los conocía a los tres de maneras que los seres humanos no conocían.
 
Hubo una tristeza majestuosa en la manera en que se volvió y agachó la luminosa cabeza y avanzó delicadamente hacia Rita. La muchacha suspiró y levantó un poco el cuerpo alzando la brida. El unicornio bajó el cuerno para recibirla...
 
… y sacudió la cabeza, arrancó la brida de las manos a la muchacha y la arrojó al aire. La brida de oro giró allá arriba, al sol, y cayó dentro de la fuente.
 
Y en el instante en que tocó el agua, la fuente se transformó en una ciénaga y los pájaros salieron llorando de los árboles. El unicornio los miró y se sacudió. Después trotó hasta donde estaba Bárbara, se arrodilló y le puso la cabeza suave e inmaculada en el regazo.
 
Las manos de Bárbara siguieron en el suelo, a los lados. Su mirada recorría aquella cálida belleza blanca, subiendo hasta la punta del cuerno de oro y volviendo a bajar.

 
Theodore Sturgeon (Estados Unidos, 1918-1985)

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