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martes, 28 de diciembre de 2010

MI AMIGO EL CINE: Un testimonio muy personal



Era, como hoy, un 28 de diciembre, hace 115 años, cuando tuvo lugar en el Grand Café de París, la primera exhibición pública del invento de los hermanos Auguste y Louis Lumiére: el cinematógrafo. Es decir, que ese día nació formalmente para el mundo, en su expresión más primitiva, el cine. Millones de kilómetros de celuloide se han filmado desde entonces. Si la Metro Goldwyn Meyer presumía que tan sólo de la superproducción Ben Hur, en 1959, se habían revelado en sus laboratorios de Londres, un millón doscientos cincuenta mil pies de película, ya podemos ir haciendo la cuenta.

¿Cuántas funciones de cine habrán tenido lugar desde entonces? ¿cuántas historias nos habrá contado? El cine forma parte de nuestra vida cotidiana. Nos hemos vestido, peinado y hasta comportado, de acuerdo con lo que se proyecta en las pantallas del mundo. Y pensar que los hermanos Lumiére lo consideraban una mera curiosidad científica, sin un futuro como negocio o espectáculo.

Yo no tomé conciencia de que había sido seducido por el cine porque fue una experiencia fulminante: amor a primera vista. Mi padre, que no era un cinéfilo sino un vicioso, me llevaba los domingos a las funciones de matinée en el cine Tampico -por lo tanto, no es necesario indicar en qué ciudad-, eran triples programas con películas de Tarzán, de aventuras o de vaqueros. Regresábamos a comer a la casa y por la tarde llevábamos a mi madre a ver algún estreno en el cine Plaza. Entre semana también se las ingeniaba para encontrar tiempo de llevarme al cine, cuando había concluido mi horario de clases, de plano él ya no regresaba a su trabajo en la joyería de mi abuelo. Veíamos todos los géneros y frecuentábamos las pocas salas de aquel viejo Tampico en los años sesenta. Mi padre había crecido viendo a Chaplin y el Gordo y el Flaco -como se les conocía en México a Laurel y Hardy-, y se siguió riendo a carcajada abierta cada vez que los veía, hasta su muerte.

Muchos años más tarde, convertí a mi primera esposa, Gabriela, en una tenaz espectadora. Viajábamos a la ciudad de México para ver las películas de la Muestra Internacional de Cine. Diseñaba unos horarios extenuantes para poder asistir al máximo de funciones al día. Debo reconocer, tantos años después, que no sólo mantuvo el ritmo exigido, sino que jamás se quejó (aunque ignoro si ahora, al referirse a nuestro fallido matrimonio, lo haga; pero en aquella época, fue una espléndida compañera).

¿Qué podía yo esperar en mi vida si me habían heredado un virus? Porque todavía sigo preguntándome si habrá algo genético en la transmisión de esa debilidad por el cine. De manera que a lo largo de mi existencia dirigí publicaciones de cine, impartí la materia de teoría y taller de cine en la universidad, fui conductor de una serie televisiva sobre cine y productor asociado en otra, estuve al frente de la Cineteca Nacional de México y recién acabo de terminar de escribir mi nueva novela sobre una estrella de cine.

Por eso, no podía dejar pasar desapercibida esta fecha y desearle un feliz cumpleaños al cinematógrafo. Ha sido parte esencial de mi vida. Gracias, cine.


Jules Etienne 

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