(Fragmento incial del capítulo VI)
Avanzaba el otoño, trayendo una dulce melancolía a la tanca. En los días vaporosos, el paisaje parecía más amplio, con misteriosos confines más allá del límite velado del horizonte. Y una soledad más intensa gravitaba sobre los campos; los árboles, las piedras, las matas, adquirían cierta gravedad, como si también ellos sintieran la tristeza otoñal. Grandes cuervos lentos y melancólicos surcaban el cielo pálido. La hierba otoñal renacía en los rastrojos ennegrecidos por las abundantes lluvias caídas últimamente.
En uno de estos días velados, todavía tibios, pero tristes, Elías se encontraba solo sentado junto a la cabaña. Leía uno de sus acostumbrados libritos de plegarias y de meditaciones. El rebaño pacía a los lejos. Algún gracioso corderillo de otoño, blanco como la nieve, balaba con lamentos de niño mimado.

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