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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 2 de marzo de 2011

PAÍS DE NIEVE: El discreto encanto de la sutileza


Yasunari Kawabata fue el primer japonés en recibir el premio Nobel de literatura en 1968. Al lado de La casa de las bellas durmientes y El maestro de Go, figuran dos novelas en cuyos títulos aparece implícita la nieve: Primera nieve en el monte Fuji, y País de nieve, la obra que mejor lo identifica. La academia sueca explicó que su decisión había sido motivada "por la maestría de su prosa, por medio de la cual expresa con gran sensibilidad la esencia del pensamiento nipón".

Kawabata se refería a la región en que transcurre su novela como "la espalda de Japón". Y es que la zona occidental de la isla de Honshu es el lugar en el que cae más nieve de todo el mundo. En el invierno, los vientos que soplan desde Siberia van acumulando humedad a su paso sobre el mar y terminan por estrellarse contra las montañas dejando caer una cantidad insolente de nieve. De tal manera que entre los meses de diciembre y mayo, se llegan a acumular más de cuatro metros de nieve, bloqueando todos los caminos y con el ferrocarril como el único medio de transporte posible. Sus habitantes quedaban, entonces, prácticamente incomunicados del resto del mundo, sobre todo en los años treinta, época en la que se ubicaba la acción, que desde su párrafo inicial advierte: "El tren salió del túnel y se internó en la nieve. Todo era blanco bajo el cielo nocturno".

El protagonista, Shimamura, es un comerciante que viaja a las montañas para disfrutar de sus aguas termales y mantiene un peculiar idilio con Komako, una joven aspirante a geisha. Pero mientras él se resiste a dejarse llevar por los sentimientos, ella acepta: "No puedo quejarme. A fin de cuentas, sólo las mujeres son capaces de amar de verdad".

La descripción de los recuerdos posee el encanto de la sutileza. "Shimamura contempló la escena con el ensimismamiento de los insomnes y recordó aquella mañana invernal en que había contemplado el reflejo de la nieve enmarcando el reflejo de Komako en ese mismo espejo. Los copos eran mayores; sin embargo, flotaban con más levedad en el aire. La montañas que parecían más lejanas cada día, a medida que las hojas de los árboles se marchitaban, habían recuperado la vida con la nieve." Tras ese párrafo empieza a tejer el delicado relato del proceso de elaboración de la seda de Chijimi, "cuya frescura provenía del espíritu de la nieve".

Después de leer la prosa impecable de Kawabata, con ese mismo candor que despliega la nieve al caer, se comprende porque afirmó que "la literatura no hace sino registrar los encuentros con la belleza".
 
 
Jules Etienne 

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