Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

sábado, 22 de septiembre de 2012

Páginas ajenas: LOLITA, de Vladimir Nabokov


(Párrafo final de la novela)

Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y esta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía.

(I am thinking of aurochs and angels, the secret of durable pigments, prophetic sonnets, the refuge of art. And this is the only immortality you and I may share, my Lolita).


Vladimir Nabokov (Ruso nacionalizado estadounidense, 1899-1977)

jueves, 13 de septiembre de 2012

Los primeros pasos del hombre sobre la Luna


Recién acaba de fallecer Neil Armstrong, el primer ser humano que caminó sobre la Luna, en julio de 1969, cuando pronunció su famosa frase: "Es un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad."

Isabel Allende en el relato titulado Clarisa, que forma parte de su volumen Cuentos de Eva Luna, narra en el párrafo inicial: "Clarisa nació cuando aún no existía la luz eléctrica en la ciudad, vio por televisión el primer astronauta levitando sobre la luna y se murió de asombro cuando llegó el Papa de visita y le salieron al encuentro los homosexuales disfrazados de monjas." Más adelante establece sobre el mismo personaje: "Estaba convencida de que hasta el astronauta en la luna era una patraña filmada en un estudio de Hollywood, igual como engañaban con esas historias en las cuales los protagonistas se amaban o se morían de mentira y una semana después reaparecían con sus mismas caras, padeciendo otros destinos."

Mucho se ha especulado con la fábula de que, en efecto, todo haya sido una farsa montada por los estadounidenses sobre una espectacular escenografía para superar a los rusos -por entonces todavía soviéticos-, en la llamada carrera a la Luna. Al parecer uno de los argumentos decisivos para quienes fantasean con dicha posibilidad, es la ausencia de aire en la atmósfera lunar, que ya advertía Jules Verne en el capítulo XX de su novela De la Tierra a la Luna:

- Estamos aquí para ocuparnos de la Luna y no de la Tierra.

- Tiene usted razón, caballero -respondió Michel-. La discusión se ha extraviado. Volvamos a la Luna.

- Caballero -repuso el desconocido-, está empeñado en que nuestro satélite se encuentra habitado. De acuerdo. Pero si existen selenitas, es seguro que éstos viven sin respirar, porque, por su propio interés se lo digo, no hay en la superficie de la Luna la menor molécula de aire.

Al oír esta afirmación, levantó Ardan su melenuda cabeza, comprendiendo que con aquel hombre se iba a empeñar una lucha sobre lo más capital de la cuestión.

- ¿Conque no hay aire en la Luna? ¿Y quién lo dice? -preguntó, mirándolo fijamente.

- Los sabios.

- ¿De veras?

- De veras.

- Caballero -replicó Michel-,.lo digo seriamente: profeso la mayor estimación a los sabios que saben, pero los sabios que no saben me inspiran un desdén profundo.

- ¿Conoce usted alguno que pertenezca a esta última categoría?

- Alguno conozco. En Francia hay uno de ellos que sostiene que matemáticamente el pájaro no puede volar, y otro cuyas teorías demuestran que el pez no está organizado para vivir en el agua.

- No se trata de esos sabios, y los nombres que yo podría citar en apoyo de mi proposición no serían rehusados por usted, caballero.

- Entonces pondría en grave apuro a un pobre ignorante como yo que, por otra parte, no desea más que instruirse.

- ¿Por qué, pues, ocuparse de cuestiones científicas si no las ha estudiado? -preguntó el desconocido brutalmente.

- ¿Por qué? -respondió Ardan-. Por la misma razón que es siempre intrépido el que no sospecha el peligro. Yo no sé nada, es verdad, pero precisamente es mi debilidad la que forma mi fuerza.

- Su debilidad va hasta la locura -exclamó el desconocido, con un tono bastante agrio.

- ¡Tanto mejor -respondió el francés-, si mi locura me lleva a la Luna!

Total, que aquellos que dudan que la odisea espacial del Apolo 11 haya sido auténtica, se aferran a dicho argumento. Como lo señala Luis González de Alba en El hombre que no estuvo en la Luna: "Ah, pero todo ese engaño, filmado en el desierto de Arizona, dicen los sabios descubridores de la conspiración urdida entre la NASA y el mundo comunista, olvidó un detalle: en la Luna no hay viento … y la bandera de EU plantada por Armstrong y Aldrin ¡ondeó! ¡Ahhh!, fue el clamor de los perspicaces: ¡Los atrapamos, malandrines! ¡La bandera no puede ondear porque en la Luna no hay viento!".

El propio autor sostiene que resulta inconcebible que los países comunistas -no hay que soslayar el hecho de que por entonces el planeta vivía una bipolaridad política entre los dos sistemas dominantes-, de los que formaban parte China y, sobre todo, la Unión Soviética, rival de los estadounidenses en la conquista del espacio sideral, no se hayan rebelado ante el fraudulento espectáculo y hubiesen preferido respetar el secreto con el que se engañaba a la humanidad y se modificaba la historia. Y explica González de Alba la razón por la que sí es posible que la bandera ondeara en la Luna:  "No hay viento, pero hay gravedad, habría dicho Galileo, a quien esta partida de burros no conoce ni de nombre, y la gravedad produce efecto de péndulo que, por falta de atmósfera, dura más tiempo: la bandera pendulea atraída por la Luna, se sigue más alto por inercia, regresa atraída por la Luna, se sigue por inercia, regresa… Abran Google y tecleen: péndulo."

¿Llegó o no el hombre a la Luna? ¿ondeó o no la bandera? ¿tenía razón la anciana Clarisa del cuento de Isabel Allende en dudar sobre la autenticidad de la aventura espacial? Y, si ese fuera el caso, los héroes de nuestra infancia, los primitivos aventureros espaciales Yuri Gagarin, Valentina Tereshkova o hasta la perra callejera Laika, el primer ser vivo en viajar alrededor de la órbita de la Tierra para morir en el trayecto, en 1957, ¿exisitieron? Porque si se va a dudar sobre la presencia del hombre a la Luna, también se podría cubrir con la incertidumbre al resto de las hazañas espaciales.

Vivimos en una era en que la tecnología ha materializado lo que para Jules Verne era mera imaginación futurista, tenemos computadoras personales que cargamos a cualquier lugar y de manera cotidiana se establece comunición por la vía telefónica que incluso permite ver el rostro del interlocutor en pequeños aparatos portátiles sin necesidad de que exista algún cable de por medio, y en artefactos minúsculos es posible archivar cantidades extraordinarias de información, que si se imprimiera en papel alcanzaría toneladas, ¿por qué, entonces, ese afán de regatear la llegada del hombre a la Luna?

Murió Neil Armstrong y no creo que se haya llevado ningún secreto. Sus cenizas se dispersaron en el mar, y no precisamente el de la Tranquilidad, en la superficie de la Luna, sino en el Océano Atlántico.

Jules Etienne 

miércoles, 8 de agosto de 2012

Páginas ajenas: MARILYN, LA FLOR EXÓTICA, de Guillermo Cabrera Infante

"Lo que Marilyn ofreció fue una pose, pero Sam Shaw la hizo, con su modestia de siempre, imperecedera."
 
 
"Conocí a Marilyn Monroe mucho antes de ser Marilyn Monroe”, me dijo Sam Shaw. “Ocurrió en la filmación de ¡Viva Zapata!”. Sam Shaw fue el fotógrafo que hizo famosa a Marilyn con una sola foto y, con ella, se hizo famoso él mismo. Sam fue un gran fotógrafo (y no sólo de estrellas), pero era mejor persona: uno de los hombres más buenos y generosos que he conocido -un verdadero Uncle Sam-. Ya Marilyn Monroe había hecho Los años peligrosos* (muchos lo fueron para ella) y estaba por filmar La jungla de asfalto, donde algunos la notaron más a ella que a la principal Jean Hagen. “Todos dicen que fue hecha por los estudios. Marilyn se hizo a sí misma”, me dijo Sam. “La operación plástica en su nariz fue idea suya. Ella no fue Kim Novak, inventada por la Columbia y su mandamás Harry Cohn”.

Pero The Asphalt Jungle fue producida por la Metro. Como curiosa simetría esta película fue dirigida por John Huston, quien la dirigió en su última aparición, Vidas rebeldes, cuyo título en inglés, The Misfits (Los contrahechos, en traducción literal), se podía muy bien aplicar a ella tanto como a su protagonista Montgomery Clift. Marilyn, según dijo Billy Wilder que la conocía bien, “era una original”. Lo que ella creía que lo debía a sus maestros Lee Strasberg y señora, sólo lo debía a su afán de llegar a ser una actriz seria. (¡Por favor!) “Marilyn”, según decía Billy Wilder, “era una gran comedianta pero una pobre actriz dramática”.

Esa filmación de Viva Zapata! la reunió con Sam Shaw. Sam había ido a fotografiar no sólo a Marlon Brando sino también a Anthony Quinn, que era su amigo íntimo. “Ella”, decía Sam, “resultaba un poco, cómo decirlo, desmesurada”. Para ser como había sido hasta hace poco modelo de fotografías sus tetas se salían de las blusas y su culo era enorme. Después cuando le llegó la fama lo exhibía y lo movía y lo mostraba orgullosa. Marilyn no era deforme, sino todo lo contrario: muy bien formada, pero ella creaba lo que se dice el canon de la rubia que era demasiado. Tenía razón Sam. Marilyn Monroe pronto tuvo imitadoras. La más famosa y bella y misteriosa (mientras Marilyn era toda ella evidente) fue, por supuesto, Kim Novak. Pero esa es, de veras, otra historia.

Además la forma de caminar de Marilyn como si estuviera muy segura de sus piernas pero no sabía caminar con tacones se hizo evidente en Niagara. Luego todas las actrices de Hollywood que vinieron después, rubias o no, intentarían caminar como ella. “Pero Marilyn”, decía Sam, “fue el artículo genuino”. El artículo femenino, añado yo. Su persona, en el sentido de máscara, era toda suya, hasta la voz entre susurrante y sugestiva. Además Marilyn tenía un agudo sentido del humor, demostrado aun en esa manifestación impresa de la fama, la entrevista -que ella decía odiar. Un periodista le preguntó qué se ponía para dormir y ella susurró: “La radio”. En otra ocasión le preguntaron cómo se vestía para acostarse y ella dijo: “Solamente Chanel número 5”. Su franqueza llegaba hasta la intimidad de su profesión. Durante la filmación de Bus Stop le dijeron que la llamaba a su oficina un rijoso jerarca y al acudir a la cita ella comentó a sus íntimos, “no se vayan, que vuelvo en seguida. él no dura más de cinco minutos”.

La publicidad de Niagara llegó a compararla con la famosa caída de agua: MM “era un espectáculo natural”. Sólo que Marilyn aparecía en vibrantes colores y añadía a su melena rubia un vestido tan apretado que hace falta un topólogo para describirla.

Es precisamente en La tentación vive arriba en que Marilyn se convierte en la Monroe, diciendo cosas como aquella explicación de por qué guarda sus panties en la nevera, “es por la calor”, dice ella feminista y Jacinto Benavente le explica: “Es que el calor es masculino”. Aquí hay otras revelaciones que muestran el carácter y la compasión de Marilyn. Al salir de ver, acompañada por el triple feo de Tom Ewell, El monstruo de la Laguna Negra, se compadece de la suerte del monstruo “tan solo como está sin ninguna compañía”. (Como mi nieto Jacobito a quien le exhibí un video de King Kong y al acabar suspiró: “El pobre mono!”). Entrando en calor en la calle Marilyn tiene un encuentro memorable con el aparato de ventilación del subway, que expira un aire tibio como la noche. La Monroe lo encuentra delicioso (nosotros también) y se baña en esta invertida ducha seca, que le alza la falda para revelar sus piernas perfectas y Ewell y el espectador comprueban que ha sacado sus pantaloncitos, por lo menos, del refrigerador. Esta revelación de sus partes por el aire que sopla un Eolo subterráneo, nos convierte a todos en mirones deleitados. También muestra que Marilyn siempre está sofocada -cuando no está fogosa. Como en Luces de Candilejas que se deja llevar por el viento (bochornoso por partida doble) cantando A Tropical Heat Wave, una ola de calor tropical, y más aún: ella queda en la zona tórrida. En Cómo casarse con un millonario está más refrescada, pero todavía tiene sofocos y aunque todos la miramos, ella no nos ve. O no nos ve bien: es una cegata que, al negarse a usar gafas, comete todos los gafes -y de paso enamora a más de uno. (Entre ellos el espectador convertido en mirón). No es la pícara puritana sino la inocente que nos hace a todos culpables de escoptofilia, enfermedad muchas veces mortal -como Diana cazadora. Es la diosa a quien Norman Mailer llamó “el ángel dulce del sexo”. Pero ella es Diana convertida por sus flechazos en Cupido. La Monroe está en nuestra mitología pero es más que un mito: es un ícono.

Sam Shaw fue el culpable de haber convertido a Marilyn Monroe en mito y a la vez propagador del mito en la iconografía del siglo XX. Fue Sam el creador de Marilyn como imago mundi (la imagen del mundo) o por lo menos propagó su doble. Una réplica de veinte metros de altura colgaba ese verano fogoso por encima de los paseantes en Times Square, y se veía todavía en el septiembre ardiente cuando trató de calmarse la canícula con el aire acondicionado que no todos -como se ve en La tentación vive arriba- tenían en su casa.

Hoy Marilyn Monroe está muerta y Sam Shaw también, pero siempre tendremos la imagen en que ambos coincidieron una tarde de verano en Manhattan. Lo que Marilyn ofreció fue una pose, pero Sam Shaw la hizo, con su modestia de siempre, imperecedera. Ustedes como los voyeurs de ayer podrán verla inmarcesible. Si se mira bien se podrá discernir, entre el dulce viento y la amarga victoria del olvido, que Marilyn parece una flor exótica. Lo era cuando estaba viva, lo es todavía en su imagen: en la imagen que reveló Sam Shaw.


Guillermo Cabrera Infante (Cuba, 1929-2005)
 
* Los títulos corresponden a los de su exhibición en España, tal y como aparecen en el texto original.

martes, 7 de agosto de 2012

Páginas ajenas: MÚSICA PARA CAMALEONES, de Truman Capote


(Fragmento inicial de Una hermosa niña)

Escena: La capilla de la funeraria Universal en la Avenida Lexington y la calle Cincuenta y dos, Nueva York. Un interesante grupo representativo se apretuja en los asientos: celebridades, en su mayoría, del ambiente teatral, cinematográfico y literario internacional presentes todos en homenaje a Constance Collier, la actriz nacida en Inglaterra, que murió el día anterior, a los setenta y cinco años.

Nacida en 1880, Miss Collier comenzó su carrera como corista de teatro de variedades, pasando de allí a convertirse en una de las principales actrices shakesperianas de Inglaterra (y novia, de por vida, de Sir Max Beerbhom, con quien nunca se casó, siendo talvez por esa razón la inspiración de la traviesa e inconseguible heroína de la novela de Sir Max, Zuleika Dobson). Después de un tiempo emigró a los Estados Unidos, donde se convirtió en una importante figura en el teatro de Nueva York y el cine de Hollywood. Durante las últimas décadas de su vida vivió en Nueva York; allí daba clases de teatro de alto nivel: sólo aceptaba profesionales como estudiantes, y por lo general profesionales que ya eran “estrellas”. Katharine Hepburn fue su alumna permanente. Otra Hepburn, Audrey, fue igualmente una de las protegidas de la Collier, igual que Vivian Leigh y, unos meses antes de su muerte, una neófita a quien Miss Collier llamaba “mi problema especial”: Marilyn Monroe.

Marilyn Monroe, a quien conocí por intermedio de John Huston cuando dirigía La jungla de asfalto*, la primera película en que Marilyn habló, pasó a ser protegida de Miss Collier por sugerencia mía. Conocía a Miss Collier desde hacía unos seis años, y la admiraba como mujer de mucho valor en el aspecto físico, emocional y creativo, y por ser, a pesar de sus modales altaneros y de su voz de gran catedral, una persona adorable, levemente malvada pero excesivamente cálida, digna pero gemütlich. Me encantaba ir a los pequeños almuerzos que ofrecía con frecuencia en su oscuro estudio victoriano en el centro de Manhattan; tenía una infinidad de historias acerca de sus aventuras como primera figura con Sir Beerbhom y el gran actor francés Coquelin, su relación con Oscar Wilde, Chaplin de joven y la Garbo en los primeros años de la sueca, en las películas mudas. En realidad, era una delicia, igual que su fiel secretaria y compañera, Phyllis Wilbourn, una solterona brillante pero callada que, después de su muerte pasó a ser, y sigue siendo, acompañante de Katharine Hepburn. Miss Collier me presentó a muchas personas de quienes me hice amigo: los Lunt, los Olivier y especialmente Aldoux Huxley. Pero fui yo el que le presentó a Marilyn Monroe, y al principio no le interesó conocerla, no veía muy bien, no había visto las películas de Marilyn, y en realidad no sabía nada de ella, excepto que era una especie de bomba sexual de pelo platinado, de fama mundial. En fin, no parecía arcilla adecuada para la severa y clásica formación de Miss Collier. Pero yo pensé que podían hacer una combinación estimulante.

Así fue. “Oh, sí”, me informó Miss Collier. “Tiene algo. Es una hermosa niña. No lo digo por lo obvio, tal vez demasiado obvio. No es una actriz, en absoluto, en el sentido tradicional. Lo que ella tiene, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, nunca podría salir a relucir en el escenario. Es algo tan frágil, tan sutil, que sólo la cámara puede captarlo. Es como un colibrí en vuelo: sólo la cámara puede congelar su poesía. Pero quien piense que la chica es otra Harlow, o una puta, está loco. Hablando de locura, es de eso que nos estamos ocupando: de Ofelia. Supongo que la gente se reiría de sólo pensarlo, pero realmente podría ser la Ofelia más deliciosa del mundo. Estaba hablando con Greta la semana pasada, y le hablé de Marilyn como Ofelia, y Greta dijo sí, que lo creía porque la había visto en dos películas, muy comunes y vulgares, pero que de todos modos dejaban entrever las posibilidades de Marilyn. En realidad, Greta tiene una idea divertida. ¿Sabes que quiere hacer una película de Dorian Gray? Con ella como Dorian, por supuesto. Bueno, dijo que le gustaría que Marilyn fuera una de las chicas que Dorian seduce y destruye. ¡Greta! ¡Tan desaprovechada! Y qué talento, bastante parecido al de Marilyn, cuando se piensa. Por supuesto, Greta es una actriz consumada, de máximo control. Esta hermosa criatura carece de todo concepto de disciplina o sacrificio. No sé por qué, pero me parece que no llegará a vieja. Es absurdo que lo diga, pero siento que morirá joven. Espero, ruego, que viva lo suficiente para liberar ese talento tan extraño y encantador que es en ella como un espíritu prisionero.”

Ahora Miss Collier ha muerto, y yo estaba en el vestíbulo de la capilla Universal esperando a Marilyn. Hablamos por teléfono la noche anterior y quedamos en sentarnos juntos en el servicio, que empezaría al mediodía. Ya llevaba más de media hora de retraso. Siempre llegaba tarde, pero pensé que, por una sola vez, podía llegar a horario. ¡Por el amor de Dios! ¡Maldición! De repente llegó, pero no la reconocí hasta que me dijo...


Truman Capote (Estados Unidos, 1924-1984)

* Mientras la ciudad duerme (Asphalt Jungle, 1950)
La ilustración corresponde a una fotografía de Marilyn Monroe bailando con Truman Capote.

lunes, 6 de agosto de 2012

Páginas ajenas: EL DÍA QUE MURIÓ MARILYN, de Terenci Moix


(Fragmentos)

... o cuando la criada de los Llovet nos llevaba de paseo, y al pasar por el Fémina nos embobábamos ante las fotografías de Niágara, con aquella Marilyn Monroe tan rubia, de vestido rojo tan ceñido. Jordi me miró un poco perplejo, porque había decidido que Marilyn era demasiado ordinaria, dando así la razón a su madre y no empezando él a imitar sus posturas y aquella forma de sonreír desengañada y mórbida a la vez hasta que Marilyn decidió ser fina y casó con Arthur Miller, intelectual serio y digno...
...
Había sido muy nuestra, había sido el gran símbolo de tantos pecadotes que nos esperaban a la puerta de la madurez. Marilyn era prohibición, y lo prohibido era un País de Maravillas donde habitaban todos los sueños no realizados. The day Marilyn died. Habíamos odiado la adolescencia a causa de Marilyn, habíamos deseado ser tan viejos como para poder pecar con su sola visión. Los caballeros las prefieren rubias. Toda una generación se hacía adulta con la muerte de Marilyn. Le bastó entreabrir la boca para para que toda una generación descubriera el deseo; a la hora de su muerte, eso parecía una especie de sacrilegio: yo tenía conciencia de que mi anhelo, reproducido en tantos millones de hombres de todo el mundo, era una parte de su muerte.

...
Toda provocación de Marilyn no fue nunca hecha sin que en el fondo de ella no adivinásemos la existencia de una tremenda humanidad, que gritaba por los ojos, mientras la boca se estremecía en un típico gesto Monroe, una llamada de labios nunca igualada, ni antes ni después.


Terenci Moix (España, 1942-2003)

domingo, 5 de agosto de 2012

La sonrisa de Marilyn


¿Desde cuándo había dejado de ser Norma Jeane al mirarse en el espejo? ¿En qué momento las breves noches del verano se volvieron el prolongado desierto de la soledad? Se había cansado de que la llamaran Marilyn, estaba harta de seguir siendo quien ya no quería ser. Sin embargo, a estas alturas de la vida, o de la muerte, ¿quién más podría ser? ¿La hija de Gladys y alguien que ni siquiera sabía de su existencia o, peor aún, tendría conocimiento de ella pero habría preferido ignorarla? Ese alguien que lo mismo podía ser Martin Mortensen, el ex marido de su madre, o aquel Charles que se parecía a Clark Gable y que la propia Gladys le señaló en una fotografía, ¿cómo saberlo si estaba loca y había pasado años recluida en un manicomio?

¿Sería Norma Jeane otra vez? Hacía dieciséis años que nadie la llamaba así, y muchos más desde que había decidido dejar de recordar. Porque los recuerdos hieren. Mienten quienes piensan que cualquier tiempo pasado pudo ser mejor, el pasado no existe, no es más que un extenso, interminable silencio del tiempo. Y ahí estaba el presente convirtiéndose en pretérito a cada segundo que transcurre, mirando siempre el futuro como una ilusión, una quimera que tal vez nunca llegue porque nadie puede saber con certeza si amanecerá de nuevo mañana.

Por eso y tantos otros pensamientos que la atormentaban, estiró su mano para alcanzar entre los frascos de Thorazine, Amital, Fenobarbital, y Demerol, el que contenía las píldoras de Nembutal. Por eso, y a pesar de todo el esfuerzo para al fin dejar de recordar, la habitación se fue llenando de rostros y de voces. La de Joe reclamando cualquiera de las cosas que siempre le reprochaba, pero ¿si bien sabía que ella había aparecido desnuda en Playboy antes de que se casaran, cuál era el afán de molestarse por un calendario? Y la de Arthur, a cuyo lado siempre se sintió ignorante. El resplandor efímero de las cámaras fotográficas y los reporteros preguntándole cualquier cosa: ¿qué se pone para dormir? Chanel número 5, los ejecutivos de la Fox amenazando con rescindir su contrato. También estaba Bobby, celoso de su propio hermano. Feliz cumpleaños, señor presidente, balbuceó en voz alta. Y esos relámpagos de los fotógrafos que parecían no detenerse jamás.

El doctor Greenson se fue de su casa a las siete y le encomendó a Eunice, el ama de llaves, que estuviera al pendiente de ella. Aunque ¿quién puede mantenerse atento de una muerta? Norma Jeane había muerto legalmente en 1956 cuando se cambió el nombre por el de Marilyn, y también murió como cristiana puesto que se convirtió a la religión judía. Había muerto cuando perdió la impunidad de la inocencia al ver a su madre encerrada en una clínica para enfermos mentales, había vuelto a morir después de cada uno de sus divorcios, de James, de Joe y de Arthur. En realidad llevaba muerta desde que el desamor se le había arraigado en el alma dejando la fama de su piel deshabitada.

Cuando la llamó Peter Lawford, le pidió que la despidiera de Pat, su esposa, también del presidente y le dijo adiós. Más tarde intentó comunicarse de nuevo con ella pero ya nunca le respondería. El teléfono permaneció descolgado sin respuesta. En el hotel St. Charles de San Francisco siempre negaron haber recibido su llamada. Era la hora para dejar de temer al pasado. Reconocer que es imposibe transformar lo que ha quedado como testimonio de lo vivido. Entonces ya sólo le aterraba el futuro, aquello que todavía estaría por vivir.

Se miró al espejo y advirtió arrugas en las comisuras de sus ojos, hubiera preferido verse como cuando era la joven veinteañera que posaba desnuda para los almanaques. Pero los espejos traicionan, suelen tener mala memoria y no devuelven la imagen que se desearía ver sino aquella que se le antoja a la realidad. La edad es un monstruo invencible y se prometió que nunca la verían envejecer. Entonces ingirió de un solo golpe todas las tabletas de nembutales que quedaban en el frasco. Igual que como había llegado, la vida se fue desnuda esa madrugada.

Hay quienes suponen un imperceptible halo de tristeza en la sonrisa con la que aparece en sus fotografías. Advierten un peculiar contraste en la mezcla voluptuosa que confunde la alegría del momento con su nostalgia por aquello que habría preferido vivir o de quien le hubiera gustado ser: una mujer real, de carne, con la sangre latiendo en su realidad cotidiana en lugar de eso a lo que llaman mito sexual, la ilusión mórbida para tantos desconocidos que sólo soñaban acostarse con ella, colgada de las paredes como un calendario o atrapada en el marco de los carteles. En todo caso, el despliegue sonriente de sus labios coloreados con el carmesí de Revlon, captura tantos enigmas como la Monalisa. Las sonrisas de ambas siguen allí, quién sabe por cuanta eternidad, en la memoria de todos.


Jules Etienne

sábado, 4 de agosto de 2012

MARILYN: El ángel del sexo, un poema trágico



Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de
Marilyn Monroe
aunque ese no era su verdadero nombre
(pero tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta ante la noche espacial.

Esta es la primera estrofa de la Oración por Marilyn Monroe del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. No ha sido el único poema inspirado por ella, conozco otro titulado simplemente Marilyn, del japonés Makoto Ooka. Estos son algunos fragmentos (los he traducido del inglés, de la versión de Thomas Fitzsimmons sobre el original en japonés. La palabra final: Blue, podría también traducirse como triste, pero he respetado su acepción literal azul, debido a que resulta más poética y congruente con Marina, la palabra que le precede):

La muerte
regresa la película en reversa.
Un espejo el giro de su mirada
ya no alcanza el bosque de cristal soñado
...
ahora su cabellera trémula
yace sobre un espejo oscuro
como en un tablero.
Arriba un bisturí tiembla.
Ningún bisturí puede descubrir
la verdad del alma y su imagen.
...
Marilyn
alma más ruidosa que el mundo y más ansiosa
tímida como un molusco
espejo de la feminidad.
Tu risa
sol y cactus.
Primero contaste un cuento de hadas
que ningún yanqui jamás había conocido
para desaparecer después
tras las puertas giratorias
entre el sueño y la vigilia.
...
Los poemas son pálidos ahora
las naciones son aldeas
las ventanas lloran en secreto.

Marilyn
Marina
Azul

Cada año el 5 de agosto, los admiradores de Marilyn que suman legiones dispersas por el mundo, recuerdan la fecha de su muerte. La literatura no le era tan ajena como se podría suponer, y no sólo porque estuvo casada con el dramaturgo Arthur Miller, sino porque ella escribía sus propios poemas y reflexiones sobre su angustia existencial:

Vida
soy de tus dos direcciones
de algún modo permanezco colgada hacia abajo
casi siempre
aunque fuerte como una telaraña al viento
existo más con la escarcha fría resplandeciendo.

El polémico Norman Mailer escribió una biografía novelada que originó controversias tras su publicación, en 1973. Desde el inicio, Mailer establecía que Marilyn era el romance soñado por América (en referencia a los Estados Unidos, pero ya sabemos que suelen nombrar América a su país, soslayando que el resto del continente también lo es). "Era nuestro ángel, el dulce ángel del sexo", afirma Mailer, y procede a elaborar una analogía de Marilyn con los violines, para concluir en que era "un verdadero Stradivarius del sexo". Después de eso prosigue: "Y ella era todavía más. Era una presencia. Era ambigua. Era el ángel del sexo, y eso la hacía distinta".

Tanto Bob Dylan como Elton John compusieron canciones inspirados en ella. Marilyn Monroe, que nunca logra dormir -cantaba Miguel Ríos- Marilyn Monroe se ha suicidado/ aprieta el teléfono entre sus manos. Pero regresando al poema de Cardenal con el que inicié este texto:

La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
...
Señor
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles)
¡contesta tú el teléfono!


Jules Etienne

jueves, 26 de julio de 2012

¿Quién fue en realidad B. Traven?


B. TRAVEN: UNA INTRODUCCIÓN, de Michael L. Baumann
(Fragmento)

Sólo con la filmación del Tesoro de la Sierra Madre en 1947, el público norteamericano en general conoció y se interesó en el misterioso B. Traven. Los lectores europeos habían estado interesados en él desde hacía largo tiempo. En 1948, un artículo de Luis Spota publicado en Mañana, revista de México, provocó una controversia acerca de la identidad de Traven; la controversia se extendió por varias publicaciones alemanas y norteamericanas y aún hoy no ha cesado. ¿Qué se descubrió? ¿Qué sabemos hoy acerca de la identidad de Traven?

Acerca de la identidad de B. Traven no sabemos nada. Pese a muchas afirmaciones e informes, la pregunta de quién fue realmente B. Traven permanece sin respuesta. Lo que hemos leído acerca de la última voluntad y el testamento de Traven en las cubiertas de las ediciones de la casa Hill and Wang de varias novelas de Traven (como Gobierno y Marcha a la montería) publicadas a principios de los setentas (a saber, que su verdadero nombre fue Traven Torsvan Croves, que nació en Chicago, Illinois, el 3 de mayo de 1890 y que utilizó como nombres de pluma B. Traven y Hal Croves) no prueba más que el hecho de que alguien escribió tal testamento. Hasta ahora no ha aparecido ningún registro civil o eclesiástico que muestre el nacimiento de Traven Torsvan Croves en Cook County el 3 de mayo de 1890, y aunque apareciera, tan sólo probaría que en esa fecha cierta señora Croves tuvo un hijo al que dio el nombre de Traven Torsvan, y no que el niño más tarde llegara a ser el escritor B. Traven. El 26 de marzo de 1969, la prensa internacional informó de la muerte de Hal Croves, diciendo que en realidad se trataba del escritor B. Traven; es posible que Croves fuese Traven, aun cuando repetidas veces negó esta suposición, entre 1946, año en que apareció en el escenario literario mundial, y 1969, año en que lo abandonó para siempre. Si Croves era Traven, no se ha encontrado de ello ninguna prueba.

Y ¿quién era Hal Croves? Croves fue el hombre que, en 1946, se presentó a John Huston en la ciudad de México como representante de Traven, con una carta supuestamente escrita por éste, en que afirmaba que Croves conocía la obra de Traven mejor que él mismo. La tarjeta de Croves decía que era un traductor procedente de Acapulco. Más tarde, Croves apareció en San José Purúa, Michoacán y en Tampico, donde Huston estaba filmando El tesoro de la Sierra Madre.

Dos años después, en 1948, en Acapulco resultó que Croves tenía otro nombre: Traven Torsvan (Berick y Bendrich eran otros probables nombres de pila). Con este nombre recibió un cheque por regalías del agente de Traven en Europa, Josef (o Joseph) Wieder en Suiza, y fue esta “prueba” la que hizo que el periodista mexicano Luis Spota, quien la había obtenido revisando la correspondencia de Torsvan, afirmara que era Traven. Torsvan lo negó.

Otra prueba aparente que unía el nambre del Torsvan de Acapulco con Traven por la misma época fue un paquete de libros que Upton Sinclair envió a “Mr. B. Traven” a la dirección de Esperanza López Mateos en la ciudad de México. Esperanza López Mateos, hermana de Adolfo López Mateos (Presidente de México entre 1958 y 1964), envió el paquete a Torsvan en Acapulco y alguien lo vio. Durante los años cuarenta, y hasta su muerte ocurrida en 1951, Esperanza López Mateos se dedicó a traducir al español las novelas de Traven. También se encargó de sus asuntos, y las obras de Traven llevaron el Copyright a nombre de la señorita López Mateos durante los cuarenta (a principios de los cincuenta el Copyright estuvo a su nombre y al de Josef Wieder).

En 1959, los dos nombres, Torsvan y Croves se volvieron sinónimos. En el otoño de ese año, Hal Croves fue a Inglaterra para asistir al estreno de la película El barco de la muerte (Das Totenschiff). Uno de los hoteles en que pararon él y su esposa fue el Berlin Hilton; el 19 de septiembre se registraron a nombre de “Torsvan también llamado Croves”.

Oficialmente, el nombre de F. Torsvan apareció por primera vez en 1926 (año en que se publicó en Alemania El barco de la muerte, la primera novela de B. Traven). Fue durante la primavera a principios del verano de ese año, cuando un ingeniero llamado F. Torsvan acompañó a una expedición arqueológica dirigida por Enrique Juan Palacios, a través de algunos lugares del estado de Chiapas, en el sur de México, y allí tomó unas fotos. Pronto abandonó la expedición y se dedicó a viajar solo. En 1928, Palacios se refirió a él como un noruego.

En 1930, Torsvan obtuvo una tarjeta de identidad en la ciudad de México. En ella aparecía como ciudadano norteamericano, de 40 años, nacido en Chicago; su lengua materna era el inglés; era soltero, blanco, de profesión ingeniero y de religión protestante; también decía que había entrado en México en junio de 1914, por Ciudad Juárez. En 1942, Torsvan obtuvo en Acapulco otra tarjeta de identificación; en ella aparecía el 5 de marzo de 1890 como su fecha de nacimiento, en Chicago; sus padres eran Burton y Dorothy Torsvan.

En 1951, Torsvan adoptó la ciudadanía mexicana; la fecha oficial de su nacimiento cambió al 3 de mayo de 1890, que como hemos visto era la fecha de nacimiento de Hal Croves, de acuerdo con el testamento de éste. Por cierto, en ese testamento, hecho el 4 de marzo de 1969, dice que el nombre de su madre fue Dorothy Croves.

B. TRAVEN, ¿UN AUTOR MEXICANO?, de Dietrich Rall
(Fragmento)

La discusión en torno al origen de B. Traven ha quedado plasmada en los anales de la literatura y en las obras de referencia. Incluso en la actualidad se identifica a B. Traven como autor norteamericano, noruego, sueco, polaco o germano-parlante, según los conocimientos de los redactores; incluso llegó a pensarse que detrás del seudónimo podrían ocultarse diversos autores mexicanos. Un artículo seriamente citado de Antonio Rodríguez, publicado en la importante revista mexicana Siempre! que durante los años sesenta se abocó a seguir el rastro de B. Traven, se intitulaba: "Esperanza López Mateos, ¿Fue B. Traven?" (abril 1 de 1964). Pero no solamente de la hermana de un presidente mexicano se pensó que podría ser el escritor fantasma. Karl Guthke mencionó aún otras variantes usuales: "¿Fue Traven el hijo de un pescador noruego o de un granjero americano del oeste medio o de un productor de teatro? ¿Fue el aprendiz de mecánico germano-polaco, Otto Feige, originario de Schwiebus cerca de Posen? ¿O acaso era un hijo bastardo del Káiser Guillermo II? Tenía cierto parecido con ambos..."

Cuando dejó de causar sensación, y el torrente de teorías acerca del verdadero Traven comenzó a menguar con la noticia de su muerte el 27 de marzo de 1969, en las necrologías subsiguientes, algunos periodistas y literatos gradualmente comenzaron a develar el misterio que rodeaba el origen y la vida de la persona que había cobrado fama mundial bajo el nombre de B. Traven.


La ilustración corresponde a una página del original en francés de B. Traven, retrato de un anónimo célebre (B. Traven, portrait d'un anonyme célébre, 2007), libro en el formato de historieta gráfica de Guy Nadaud: Golo. Recién apareció publicada en español por la editorial Sexto Piso con el apoyo del Conaculta.

miércoles, 25 de julio de 2012

Páginas ajenas: LA REBELIÓN DE LOS COLGADOS, de B. Traven


(Fragmento)

Los finqueros se hallaban constantemente a la caza de familias indígenas, mano de obra indispensable para los trabajos de sus fincas, y empleaban los medios más carentes de escrúpulos para conseguir arrancarlas de sus pueblos y colonias.

La posesión de esas familias era disputada entre los finqueros, como si se tratara de ganado sin hierro cuya propiedad trataban de asegurar. Las disputas por la propiedad de las familias indígenas y de sus numerosos progenitores se eternizaban, se transmitían de padres a hijos y subsistían aun cuando el objeto de ellas hubiera desaparecido mucho tiempo atrás, no sabiéndose ya exactamente cuál era la causa del odio mortal entre algunos finqueros vecinos.

Los jefes políticos, así como todos los otros funcionarios de la dictadura, se hallaban siempre, naturalmente, del lado de los poderosos finqueros. Cuando se les pedía que despojaran a alguna familia indígena de su pedacito de tierra, declarándola desprovista de derechos y valiéndose de cualquier otro medio criminal, inmediatamente lo hacían, dejando a las víctimas a merced del finquero. Este se encargaba de pagar las deudas de la familia y las multas exorbitantes, pero que tenían como objeto ahogarla en deudas de tal manera que el finquero quedara en posibilidad de adquirir derechos absolutos sobre la familia.

El hecho de que un finquero fuera pariente o amigo de un jefe político o de que asegurara a éste o a cualquier otro miembro de la tiranía una existencia larga y fácil, era suficiente para que la mano de obra indígena no faltara jamás en su finca.

Cándido había podido conservar su independencia y vivir libremente, gracias a su innata cautela de campesino, a su buen sentido natural y a la línea de conducta que se había trazado, de no ocuparse más que de su tierra, de su trabajo y del bienestar de los suyos.

La ranchería estaba compuesta por cinco familias que, como Cándido, pertenecían a la raza tsotsil. Sus tierras eran pobres como la suya. Sus jacales eran de adobe, con techos de palma, miserables. Llevaban una existencia tan dura como sólo los humildes campesinos indígenas son capaces de soportar. Sin embargo, todos los esfuerzos de los finqueros para convertirlos en peones habían fracasado, al igual que con Cándido. Los indios no ignoraban que la vida en la finca les sería menos dura; pero preferían quedarse en su tierra árida, seca -por ello a la colonia se le llamaba Cuishin, que quiere decir ardiente-, y vivir su vida precaria, con la agonía constante de ver destruídas sus cosechas, a perder la libertad, aun cuando a cambio de su servidumbre se les hubiera ofrecido el Edén. Preferían morir de hambre libres, independientes, a engordar bajo las órdenes de un amo.


B. Traven: Ret Marut, Hal Croves o Traven Torsvan
(Escritor alemán nacionalizado mexicano; 1882-1969)

martes, 24 de julio de 2012

Los misterios de Traven



Traven ha sido uno de los escritores más misteriosos. Su propia vida fue su mejor novela. Él mismo solía decir: "Las personas creativas no deben tener otra biografía que su obra". Como para esta ocasión me interesa rescatar una frase escrita en su diario, en julio de 1924, trataré de ser breve en cuanto a los aspectos biográficos que, como él mismo le dijera su editor, Ernst Preczang: "Veinte volúmenes en el formato de la enciclopedia Brockhaus son muy poco para publicar siquiera una parte".

A propósito de la inicial B. que precedía a su apellido, es común que se le considere la inicial de Bruno, lo cual es erróneo. Cuando ya era un escritor reconocido, en 1948, su editor le hizo llegar la carta de una mujer de nombre Irene Zielke, quien alegaba ser su hija. La respuesta de Traven fue la siguiente: "Es asombroso cuántas técnicas utiliza la gente para acercarse a las personas que tienen renombre. Esta joven es la novena hija ilegítima en busca de su padre que se ha dirigido a mí en los últimos diez años, de cinco países diferentes. Hace cuatro años, una mujer de Saskatchewan, Canadá, me escribió a través de su abogado, insistiendo en que ella era mi verdadera madre y que habíamos sido separados cuando yo era todavía un niño. Llegó a esa conclusión luego de la detallada descripción de una tormenta de nieve en Saskatchewan que aparece en uno de mis libros. Exigía los pagos de manutención que le corresponden a una madre por parte de su hijo. Otros parientes han aparecido, incluso en Checoslovaquia y Polonia; también en Chicago, los familiares de un tal Victor Bruno, quien desapareció hace treinta años para irse a México. Una de las revistas con mayor circulación de Nueva York publicó un artículo asegurando que yo debo ser el por tanto tiempo extraviado Victor Bruno, quien escribía con el mismo estilo en que lo hago yo. Como resultado de esa historia, me han llamado Bruno, a pesar de que ese no es mi nombre."

Ahora se sabe que Traven, Torsvan y Hal Croves -que es quien firma los guiones de las películas La rebelión de los colgados y Macario, ambos basados en obras de Traven-, eran todos al final, uno mismo: Red Marut. Pero tal y como lo plantea Karl Guthke, biógrafo de Traven, eso motivaría una nueva cuestión, ¿quién era Red Marut?

Al término de la primera guerra mundial y tras la derrota, en la primavera de 1919, surgió en Bavaria una República de los Concejos, integrada por obreros, agricultores y soldados. Incluso llegaron a crear un tribunal revolucionario. Uno de los miembros más notorios de las comisiones provisionales revolucionarias fue precisamente Red Marut, actor de teatro y periodista. Cuando las tropas del general Von Epp entraron en Munich el primero de mayo, reconocieron a Marut en las calles y fue arrestado. Lo presentaron ante el ministro de guerra bajo el cargo de alta traición que se castiga con pena de muerte. Cuando Marut esperaba su sentencia, tuvo lugar un forcejeo entre prisioneros y guardianes, lo que aprovechó para escapar. Se mantuvo huyendo por diferentes países de Europa hasta que en 1924 se embarcó en Londres, cuando ya existía una solicitud de deportación en contra suya, y ese verano apareció en Tampico trabajando en los campos petroleros -lo mismo que sus personajes de El tesoro de la Sierra Madre-, un individuo que se hacía llamar B. Traven, B. T. Torsvan o Traven Torsvan y que, aunque hablaba alemán, aseguraba que era originario de Chicago.

Red Marut tenía que morir para que de esa manera Traven pudiese existir. En las páginas de su diario, el 26 de julio de 1924, escribió, contundente y lacónico: "El bávaro de Munich ha muerto". No habían transcurrido ni dos años, cuando El barco de la muerte se publicó en Alemania y obtuvo un éxito instantáneo: vendió ciento veinte mil ejemplares. Era la primera novela firmada por B. Traven, un misterioso autor cuyo único contacto con sus editores se establecía a través de un apartado postal en Tampico, un remoto y desconocido puerto en el Golfo de México.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a una fotografía de Tampico durante el auge petrolero.
(La traducción al español de la carta de Traven a su editor, es de Jules Etienne).

lunes, 23 de julio de 2012

Segundo aniversario


Hoy 23 de julio, aunque sólo sea de manera virtual, Mitos y reincidencias sopla dos velas en un pastel imaginario. Decía Greta Garbo, la divina, que no comprendía la necedad de festejar los cumpleaños pues equivale a celebrar que se envejece. Sin embargo, en esta ocasión, y a pesar de la vejez implícita en el discurrir del tiempo, lo que realmente importa es este par de años en que he tenido la oportunidad de escribir sobre literatura, reproducir poemas o párrafos de autores que me parecen interesantes, abundar lo más posible en las expresiones literarias sobre algún determinado tema, como lo he venido haciendo este último mes con respecto al solsticio de verano y ya lo he hecho con anterioridad en cuanto a la nieve, el fin del mundo o los eclipses, por mencionar sólo algunas entradas de las más visitadas por quienes se detienen a leerlo.

Inicié con el poema Ultimátum, que forma parte de Mitología del olvido, lo que me impulsó a reunir mis poemas en otro blog con ese nombre, y de manera gradual fui incorporando relatos con lecturas y experiencias propias, fragmentos de mis novelas y otros autores bajo la etiqueta de Páginas ajenas.

Cincuenta y seis mil visitas después, me encamino a un tercer año que ignoro hasta donde me llevará. Por lo pronto, no me resta más que agradecer su interés tanto a los visitantes de Mitos y reincidencias como a sus seguidores: Miguel A. Rivera -quien fue el primero en anotarse-, Marta Alicia Pereyra, Abigail Jiménez, Myriam Muñoz, Moira Finney, así como quienes firman con los seudónimos de eezv11 y plehbiac, mi buen amigo Rubén Nava y las entrañables Elvia y Clara Martha. Espero que mantengan su disposición para seguir acompañándonos en esta aventura cotidiana.


Jules Etienne

martes, 3 de julio de 2012

Páginas ajenas: DEMIAN, de Hermann Hesse

 
(Fragmento)
 
No podía comprender cómo nadie, excepto yo, se daba cuenta. ¡Todos tenían que verle, todos tenían que estremecerse! Pero nadie se fijó en Demian. Seguía erguido como una estatua, rígido como un ídolo -según me pareció entonces-, mientras una mosca se posaba sobre su frente y recorría lentamente su nariz y sus labios, sin que él reaccionara con el más leve gesto.
 
¿Dónde se encontraba en esos instantes? ¿Qué pensaba, qué sentía? ¿Se hallaba en un paraíso o en un infierno?
 
No me fue posible preguntárselo. Cuando al final de la clase le volví a ver vivir y respirar, nuestras miradas se cruzaron y constaté que era el de antes. ¿De dónde venía? ¿Dónde había estado? Parecía cansado. Su rostro tenía otra vez color, sus manos se movían; su pelo castaño, sin embargo, parecía ahora sin brillo y como cansado. En los días que siguieron intenté varias veces en mi dormitorio un nuevo ejercicio: me sentaba muy derecho en una silla, inmovilizaba los ojos, me quedaba completamente quieto y esperaba a ver cuánto tiempo podía aguantar y qué sensaciones tenía. Pero sólo conseguí cansarme y que 105 párpados me escocieran fuertemente.
 
Poco después fue la confirmación, de la que no me ha quedado ningún recuerdo importante.
 
Después, todo cambió. La niñez fue derrumbándose a mi alrededor. Mis padres empezaron a mirarme un poco desconcertados. Mis hermanas me resultaban muy extrañas. Un vago desengaño deformaba y desteñía los sentimientos y las alegrías a que estaba acostumbrado. El jardín ya no tenía perfume, el bosque no me atraía; el mundo a mi alrededor parecía un saldo de cosas viejas, gris y sin atractivo; los libros eran papel y la música ruido. Así van cayendo las hojas de un árbol otoñal, sin que él lo sienta; y la lluvia, la escarcha y el sol resbalan por su tronco, mientras su vida se retira a lo más íntimo y recóndito. No muere. Espera.
 
 
Hermann Hesse
(Alemán nacionalizado suizo; 1877-1962). Recibió el premio Nobel de literatura en 1946. 

martes, 12 de junio de 2012

Decálogo de Ray Bradbury para los jóvenes escritores

 
No deja de ser paradójico el hecho de que Ray Bradbury, quien nunca tuvo educación universitaria, fuese invitado con frecuencia a compartir sus conocimientos sobre literatura con los estudiantes en diferentes universidades. El alguna ocasión, siendo ya octogenario en el año 2001, acudió a una institución académica de California, y de dicha plática, Colin Marshall extrajo una lista de consejos que me he permitido modificar para redondearlos en diez:

Nunca se debe empezar escribiendo novelas. Toman demasiado tiempo. Empieza escribiendo cuentos, al menos uno por semana. Dedica un año llevando a cabo esta práctica. Bradbury asegura que simplemente no es posible escribir 52 malas historias al hilo. Esperó hasta cumplir los 30 años para escribir su primera novela, Fahrenheit 451: “Y valió la pena esperar”.
 
Es posible admirar algunos escritores pero hay que estar consciente de que no se les va a sustituir. Se debe tener eso en mente cuando, de manera inevitable, se imite a los escritores favoritos, así como él imitó a H.G. Wells, Jules Verne, Arthur Conan Doyle y L. Frank Baum, cuando apenas comenzaba a escribir.
 
Examina siempre la calidad de los cuentos. Bradbury sugiere Roald Dahl, Guy de Maupassant y los menos conocidos Nigel Kneale y John Collier. Nada en el New Yorker de hoy le satisface, pues considera que esas historias “carecen de metáfora”.
 
La lectura es una fuente inagotable para la creatividad. Para poder crear metáforas, Bradbury sugería una serie de lecturas nocturnas: un cuento, un poema, un ensayo cada noche; pero los poetas clásicos como Pope, Shakespeare o Frost, la poesía moderna es "basura, ni siquiera es poesía". Los ensayos pueden ser sobre una gran diversidad de campos, como los de Aldous Huxley y George Bernard Shaw, quien siempre tenía una opinión sobre todos los temas posibles, en particular sus debates con G. K. Chesterton. Al final de mil noches de lectura estarás lleno de ideas y metáforas. 
 
Deshazte de los amigos que no creen en ti. ¿Se burlan de tus ambiciones de escritor? La sugerencia es que cortes a esos amigos de inmediato. Cuando era joven y trataba de labrarse una carrera como escritor, un conocido al encontrarlo le dijo que no lo parecía, a lo que él le respondió: "pero yo me siento un escritor".
 
Vive en la biblioteca. No vivas en la “maldita computadora” navegando por internet. Bradbury no fue a la universidad, pero sus insaciables hábitos de lectura le permitieron “graduarse de la biblioteca” a los 28.
 
Enamórate del cine. De preferencia el clásico.
 
Escribe con alegría y no lo hagas para ganar dinero. “Escribir no es un negocio serio, es una celebración”. Si una historia comienza a sentirse como un trabajo, deséchala y comienza una nueva. “Quiero que envidien mi alegría”. La esposa de Bradbury “hizo un voto de pobreza” para casarse con él, porque sabía que quería ser escritor.
 
Elabora una lista con diez cosas que amas y diez cosas que odias. Luego escribe sobre las primeras y “mata” las segundas -también escribiendo sobre ellas-. Haz lo mismo con tus miedos.
 
Escribe cualquier cosa vieja que recuerdes. Bradbury recomienda la “asociación de palabras” para romper cualquier bloqueo creativo, pues “no sabes lo que hay en ti hasta que lo intentas”.
 
 
Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a una antigua fotografía de Ray Bradbury escribiendo en su estudio.

lunes, 11 de junio de 2012

Páginas ajenas: EL HOMBRE DEL COHETE, de Ray Bradbury

"... las mariposas que habíamos cazado en los húmedos bosques del verde y cálido México..."

(Fragmento sobre el viaje a México)

A la mañana siguiente papá entró en casa corriendo con un puñado de billetes. Billetes rosados para California, billetes azules para México.

-¡Vamos! -nos dijo-. Compraremos esas ropas baratas y una vez usadas las quemaremos. Miren, tomaremos el cohete del mediodía para Los Ángeles, el helicóptero de las dos para Santa Bárbara, y el aeroplano de las nueve para Ensenada, ¡y pasaremos allí la noche!

Y fuimos a California, y paseamos a lo largo de la costa del Pacífico un día y medio, y nos instalamos al fin en las arenas de Malibú para comer crustáceo de noche. Papá se pasaba el tiempo escuchando o canturreando u observando todas las cosas, atándose a ellas como si el mundo fuese una máquina centrífuga que pudiera arrojarlo, en cualquier momento, muy lejos de nosotros.

La última tarde en Malibú, mamá estaba arriba en el hotel y papá estaba a mi lado acostado en la arena, bajo la cálida luz del sol.

- Ah -suspiró papá-. Así es. -Tenía los ojos cerrados. Estaba de espaldas, absorbiendo el sol-. Allá falta esto -añadió.

Quería decir «en el cohete», naturalmente. Pero nunca decía «el cohete», ni nunca mencionaba esas cosas que no había en un cohete. En un cohete no había viento de mar, ni cielo azul, ni sol amarillo, ni la comida de mamá. En un cohete uno no puede hablar con su muchacho de catorce años.

- Bueno, oigamos esa historia -me dijo al fin.

Y yo supe que ahora íbamos a hablar, como otras veces, durante tres horas. Durante toda la tarde íbamos a conversar, bajo el sol perezoso, de mi colegio, mis clases, la altura de mis saltos, mis habilidades de nadador.

Papá asentía de cuando en cuando con un movimiento de cabeza, y sonreía y me golpeaba el pecho, aprobándome. Hablábamos. No hablábamos de los cohetes y el espacio, pero hablábamos de México, a donde habíamos ido una vez en un viejo automóvil, y de las mariposas que habíamos cazado en los húmedos bosques del verde y cálido México, un mediodía. Nuestro radiador había aspirado un centenar de mariposas, y allí habían muerto, agitando las alas, rojas y azules, estremeciéndose, hermosas y tristes. Hablábamos de esas cosas, pero no de lo que yo quería. Y papá me escuchaba. Sí, me escuchaba, como si quisiera llenarse con todos los sonidos. Escuchaba el viento, y el romper de las olas, y mi voz, con una atención apasionada y constante, una concentración que excluía, casi, los cuerpos, y recogía sólo los sonidos. Cerraba los ojos para escuchar. Recuerdo cómo escuchaba el ruido de la cortadora de césped, mientras hacía a mano ese trabajo, en vez de usar el aparato de control remoto, y cómo aspiraba el olor del césped recién cortado mientras las hierbas saltaban ante él, y detrás de la máquina, como una fuente verde.

- Doug -me dijo a eso de las cinco de la tarde, mientras recogíamos las toallas y echábamos a caminar por la playa, hacia el hotel, cerca del agua-. Quiero que me prometas algo.

- ¿Qué, papá?

-Nunca seas un hombre del espacio.

Me detuve.

- Lo digo de veras -me dijo-. Porque cuando estás allá deseas estar aquí, y cuando estás aquí deseas estar allá. No te metas en eso. No dejes que eso te domine.

-Pero...

-No sabes cómo es. Cuando estoy allá afuera pienso: «Si vuelvo a Tierra me quedaré allí. No volveré a salir. Nunca.» Pero salgo otra vez, y creo que nunca dejaré de hacerlo.


Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012)