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lunes, 11 de junio de 2012

Páginas ajenas: EL HOMBRE DEL COHETE, de Ray Bradbury

"... las mariposas que habíamos cazado en los húmedos bosques del verde y cálido México..."

(Fragmento sobre el viaje a México)

A la mañana siguiente papá entró en casa corriendo con un puñado de billetes. Billetes rosados para California, billetes azules para México.

-¡Vamos! -nos dijo-. Compraremos esas ropas baratas y una vez usadas las quemaremos. Miren, tomaremos el cohete del mediodía para Los Ángeles, el helicóptero de las dos para Santa Bárbara, y el aeroplano de las nueve para Ensenada, ¡y pasaremos allí la noche!

Y fuimos a California, y paseamos a lo largo de la costa del Pacífico un día y medio, y nos instalamos al fin en las arenas de Malibú para comer crustáceo de noche. Papá se pasaba el tiempo escuchando o canturreando u observando todas las cosas, atándose a ellas como si el mundo fuese una máquina centrífuga que pudiera arrojarlo, en cualquier momento, muy lejos de nosotros.

La última tarde en Malibú, mamá estaba arriba en el hotel y papá estaba a mi lado acostado en la arena, bajo la cálida luz del sol.

- Ah -suspiró papá-. Así es. -Tenía los ojos cerrados. Estaba de espaldas, absorbiendo el sol-. Allá falta esto -añadió.

Quería decir «en el cohete», naturalmente. Pero nunca decía «el cohete», ni nunca mencionaba esas cosas que no había en un cohete. En un cohete no había viento de mar, ni cielo azul, ni sol amarillo, ni la comida de mamá. En un cohete uno no puede hablar con su muchacho de catorce años.

- Bueno, oigamos esa historia -me dijo al fin.

Y yo supe que ahora íbamos a hablar, como otras veces, durante tres horas. Durante toda la tarde íbamos a conversar, bajo el sol perezoso, de mi colegio, mis clases, la altura de mis saltos, mis habilidades de nadador.

Papá asentía de cuando en cuando con un movimiento de cabeza, y sonreía y me golpeaba el pecho, aprobándome. Hablábamos. No hablábamos de los cohetes y el espacio, pero hablábamos de México, a donde habíamos ido una vez en un viejo automóvil, y de las mariposas que habíamos cazado en los húmedos bosques del verde y cálido México, un mediodía. Nuestro radiador había aspirado un centenar de mariposas, y allí habían muerto, agitando las alas, rojas y azules, estremeciéndose, hermosas y tristes. Hablábamos de esas cosas, pero no de lo que yo quería. Y papá me escuchaba. Sí, me escuchaba, como si quisiera llenarse con todos los sonidos. Escuchaba el viento, y el romper de las olas, y mi voz, con una atención apasionada y constante, una concentración que excluía, casi, los cuerpos, y recogía sólo los sonidos. Cerraba los ojos para escuchar. Recuerdo cómo escuchaba el ruido de la cortadora de césped, mientras hacía a mano ese trabajo, en vez de usar el aparato de control remoto, y cómo aspiraba el olor del césped recién cortado mientras las hierbas saltaban ante él, y detrás de la máquina, como una fuente verde.

- Doug -me dijo a eso de las cinco de la tarde, mientras recogíamos las toallas y echábamos a caminar por la playa, hacia el hotel, cerca del agua-. Quiero que me prometas algo.

- ¿Qué, papá?

-Nunca seas un hombre del espacio.

Me detuve.

- Lo digo de veras -me dijo-. Porque cuando estás allá deseas estar aquí, y cuando estás aquí deseas estar allá. No te metas en eso. No dejes que eso te domine.

-Pero...

-No sabes cómo es. Cuando estoy allá afuera pienso: «Si vuelvo a Tierra me quedaré allí. No volveré a salir. Nunca.» Pero salgo otra vez, y creo que nunca dejaré de hacerlo.


Ray Bradbury (Estados Unidos, 1920-2012) 

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