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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

miércoles, 6 de junio de 2012

Ray Bradbury, el amor por los libros

 
Ray Bradbury se definía a sí mismo como un perseguidor de ideas, y al contrario de lo que se podría suponer por el éxito comercial de su obra, era un hombre espiritual. Reunió once ensayos breves con algunas de sus reflexiones respecto al oficio de escritor, que se agruparon bajo el título de Zen en el arte de escribir: Solamente puedo sugerir que a veces nos inventamos un trabajo, una actividad falsa, para no aburrirnos. O peor aún, se nos ocurre trabajar por dinero. El dinero se vuelve el objetivo, la meta, el fin y el todo. Y el trabajo, importante sólo como medio para ese fin, degenera en aburrimiento. ¿Cómo puede sorprendernos que lo odiemos tanto? Y añade: Es mentiroso escribir para que el mercado comercial nos recompense con dinero. Es mentiroso escribir para que un grupo esnob y cuasi-literario de las gacetas literarias nos recompense con fama. Después establece una analogía para meditarla:

El artista no tiene que pensar en los premios de la crítica ni en el dinero que obtendrá pintando. Tiene que pensar en la belleza de este pincel  preparado a fluir si él lo suelta.
El cirujano no ha de pensar en los honorarios, sino en la vida que palpita bajo sus dedos.
El atleta debe ignorar a la multitud y dejar que su cuerpo corra por él.
El escritor debe dejar que sus dedos desplieguen las historias de los personajes, que, siendo humanos y llenos como están de sueños y obsesiones extrañas, no sienten más que alegría cuando echan a correr.

Por último, rescato una de sus frases más contundentes: Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.

Su amor por los libros quedó plasmado en la novela Fahrenheit 451, que sería adaptada al cine por Francois Truffaut en 1966. Esta novela, cuyo título original era El bombero, la escribió en nueve días en una máquina de escribir alquilada por veinte centavos la hora en el sótano de una biblioteca. Especulaba sobre una sociedad del futuro en la que los libros estarían prohibidos y cuando se descubriera que alguien poseía algunos ejemplares, los bomberos tendrían a su cargo la tarea de quemarlos. De manera que la única forma de conservarlos sería en la propia memoria humana. La obra coincidió con la etapa de censura y represión que se vivía en los Estados Unidos durante la llamada "cacería de brujas" que emprendió el senador McCarthy. Ninguna editorial estuvo dispuesta a correr el riesgo con una historia de esa naturaleza, hasta que el legendario coleccionista de conejitas, Hugh Heffner, la publicó dividida en tres entregas en los números de marzo, abril y mayo de 1954, de su revista para caballeros Playboy.

El hombre que imaginaba el futuro con la libertad creativa de la ciencia ficción, nunca pudo aprender a escribir con una computadora. Siguió haciéndolo en máquinas de escribir hasta que una de sus hijas se dio a la tarea de capturar sus dictados -como acotación al margen diré que William Gibson, quien por cierto vive aquí en Vancouver, autor de Neuromante, en donde acuñó el término ciberespacio, escribió su novela futurista en una antigua máquina de escribir-.

En lo personal, le guardo un cariño muy particular a su relato El lago, ya que durante mi época de estudiante universitario, a mediados de la década de los setenta, lo adapté como parte de mis tareas en una de las materias relacionadas con el cine que, recuerdo, impartía el escritor Gustavo Sáinz, para filmar un cortometraje que se llamaría Surya.

Bradbury, quien aconsejaba leer mucho, todos los días y no sólo narrativa sino también poesía, aseguraba que "sólo hay dos cosas con las que uno se puede acostar: una persona y un libro."


Jules Etienne 

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