Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

viernes, 11 de diciembre de 2015

Unicornios: ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO, de Lewis Carroll


(Fragmento del capítulo El león y el unicornio)

- No le hizo el menor daño -aseguró el unicornio sin darle importancia, e iba a continuar hablando cuando su vista se topó con Alicia; se volvió en el acto y se quedó ahí pasmado, durante algún rato, mirándola con un aire de profunda repugnancia.
 
- ¿Qué es... esto? -dijo al fin.
 
- Esto es una niña -explicó Haigha de muy buena gana, poniéndose entre ambos para presentarla, por lo que extendió ambas manos en su dirección, en típica actitud anglosajona-. Acabamos de encontrarla hoy. Es de tamaño natural y ¡el doble de espontánea!
 
- ¡Siempre creó que se trataba de un monstruo fabuloso! -exclamó el unicornio-. ¿Está viva?
 
- Al menos puede hablar -declaró solemne Haigha. El unicornio contempló a Alicia con una mirada soñadora y le dijo:
 
- Habla, niña.
 
Alicia no pudo impedir que los labios se le curvaran en una sonrisa mientras rompía a hablar, diciendo:
 
- ¿Sabe una cosa?, yo también creí siempre que los unicornios eran unos monstruos fabulosos. ¡Nunca había visto uno de verdad!
 
- Bueno, pues ahora que los dos nos hemos visto el uno al otro -repuso el unicornio- si tú crees en mí, yo creeré en ti, ¿trato hecho?
 
- Sí, como guste -contestó Alicia.
 
 
Lewis Carroll: Charles Lutwidge Dodgson (Inglaterra, 1832-1898)

jueves, 10 de diciembre de 2015

Unicornios: DIVAGACIONES, de Rubén Darío

"Y junto a mi unicornio cuerno de oro..."

(Fragmento)
 
Amor, en fin, que todo diga y cante,
amor que encante y deje sorprendida
a la serpiente de ojos de diamante
que está enroscada al árbol de la vida.

Ámame así, fatal cosmopolita,
universal, inmensa, única, sola
y todas; misteriosa y erudita:
ámame mar y nube, espuma y ola.

Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
descansa en mis palacios solitarios.
Duerme. Yo encenderé los incensarios.
Y junto a mi unicornio cuerno de oro,
tendrán rosas y miel tus dromedarios.
 
 
Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916)

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Unicornios: EL ROMANCE DE MELUSINA, de Jean D'Arras

(Fragmento)

Deslumbrante Fortuna, dura, agria y amarga, me has precipitado de lo alto de tu rueda a lo más bajo, al más cenagoso lugar, fuera de tu casa, donde Júpiter abreva a los míseros, a los cautivos, a los apenados y desgraciados; sed maldita de Dios; por tu culpa falté gravemente a mi querido Señor; ahora quieres que expíe aquella falta. Pobre de mí, tú me habías dado gran prestigio gracias al buen juicio y a valor de la mejor de las mejores, de la más ella entre las bellas, la más sensata entre las sensatas; ahora tengo que perderla por ti, falsa y miserable, traidora y envidiosa. Está loco quien se fía de ti; ahora odias, ahora amas, ahora penas, ruego destruyes; no hay en ti ni seguridad ni estabilidad, como veleta al viento. Pobre de mí, dulce amiga mía, yo soy el falso y cruel áspid y vos el precioso unicornio. Os he traicionado con mi mal veneno. Vos me curasteis mi primer daño; ahora os lo agradezco de mala forma, faltando a vuestra confianza. Si os he perdido por esta razón me iré lejos de aquí y nadie volverá a tener noticias mías.
 
 
Jean D'Arras (Francia, siglo XIV)
Se calcula que Melusina o La noble historia de Lusignan debió ser escrito entre 1392 y 1393.

martes, 8 de diciembre de 2015

Unicornios: LA TEMPESTAD, de William Shakespeare

 
(Fragmento de la escena III del tercer acto)

Entran diversas figuras extrañas trayendo un banquete; bailan a su alrededor con gentiles saludos, invitando al rey, etc., a comer, y salen.

Alonso: ¡Cielos, danos ángeles custodios! ¿Qué eran ésos?

Sebastián:  ¡Títeres vivientes! Ahora creeré que existe el unicornio, que en Arabia hay un árbol, el trono del fénix, y que en él  en este instante reina un fénix.
 
Antonio: Yo me creeré ambas cosas. Y si a lo demás no dan crédito, que vengan  y les juraré que es verdad. Los viajeros nunca engañan, aunque los tontos los condenen.

 
William Shakespeare (Inglaterra, 1564-1616) 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Unicornio: EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes

"... como lo tomaban los caballeros pasados: cual se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del Unicornio..."

(Fragmento del capítulo XIX)

De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo, y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos

 - No es eso -respondió don Quijote-; sino que el sabio, a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados: cual se llamaba el de la Ardiente Espada; cuál, el del Unicornio; aquél, el de las Doncellas; aquéste, el del Ave Fénix; el otro, el Caballero del Grifo; estotro, el de la Muerte; y por estos nombres e insignias eran conocidos por toda la redondez de la tierra. Y así, digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante, y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura.

 
Miguel de Cervantes y Saavedra (España, 1547-1616)

domingo, 6 de diciembre de 2015

Unicornios: LA CORTESANA, de Pietro Aretino

 
(Fragmento del quinto acto, escena XXV)
 
Parabolano: Cuantas cosas buenas existen, tienen cuernos. Los bueyes, los caracoles... y ¿qué te parece el Unicornio, cuyo cuerno vale un mundo y es además contraveneno? Piensa en lo que valdrá el cuerno de un hombre, cuando el de un animal vale tanto y tiene tanta virtud. Los cuernos del hombre son buenos contra la pobreza, y muchos señores los tienen por armas.
 
 
Pietro Aretino (Italia, 1492-1556)

sábado, 5 de diciembre de 2015

Unicornios: PSICOLOGÍA Y ALQUIMIA, de Carl Gustav Jung

"El unicornio se transforma algo más tarde en una paloma blanca..."

(Fragmento del capítulo 6: El simbolismo de la alquimia en el marco de la historia de la religión)

Quisiera exponer mediante el ejemplo del unicornio cómo se mezcla el simbolismo de Mercurio con la tradición gnóstico-pagana y la tradición de la Iglesia. El unicornio no es un estado de cosas firmemente definido, sino un ser fabuloso sujeto a múltiples variantes. Así, hay caballos, asnos, peces, dragones, escarabajos, etc., de un cuerno. Se trata aquí, para expresarlo con más precisión, del motivo de la «unicornicidad». En las Bodas químicas de Rosencreutz, aparece un unicornio blanco como la nieve, haciendo la reverencia a un león. El unicornio, como el león, es un símbolo de Mercurio. El unicornio se transforma algo más tarde en una paloma blanca, otro símbolo de Mercurio, cuya forma volátil, el spiritus, es un paralelo del Espíritu Santo. En los símbolos de Lambsprinck, lo menos diez figuras (de quince) contienen representaciones de la naturaleza doble de Mercurio. La figura 3 compara el unicornio con un ciervo. Este último, en su condición de cervus fugitivus, es asimismo un símbolo de Mercurio. En una serie de siete símbolos de proceso, Milio nos ofrece en el sexto un unicornio debajo de un árbol como símbolo del spiritus vitae que da origen a la resurrección. En la tabla de símbolos de Penoto, el unicornio está subordinado al oro, conjuntamente con el león, el águila y el dragón. El aurum non vulgi es un sinónimo de Mercurio, así como el león, el águila y el dragón. He aquí lo que se dice en una poesía, De la materia y la práctica de la piedra:
 
Soy el auténtico unicornio de los antiguos. 
¿Quién puede dividirme 
y conjuntar de nuevo mi cuerpo 
para que mi cadáver ya no se abra...?
 
En este sentido he de remitirme, una vez más, a Ripley, en cuya obra hallamos este pasaje: «Pero en el regazo de ella estaba echado el león verde, de cuyo costado corría sangre.» Por un lado, esta imagen se refiere a la conocida representación de la Pietà; pero, por otro, al unicornio herido por el cazador, unicornio que es capturado en el regazo de la doncella: un motivo frecuente en las representaciones medievales. Cierto que el león verde ha sustituido aquí al unicornio, lo cual no causa dificultad alguna a los alquimistas, en cuanto que el león es igualmente un símbolo de Mercurio. La doncella representa la parte femenina, pasiva, de éste; el león o el unicornio, en cambio, la parte salvaje, indomable, varonil, la fuerza penetrante del spiritus mercurialis. Dado que el símbolo del unicornio fue conocido en toda la Edad Media como allegoria Christi y del Espíritu Santo, esta relación era corriente también para el alquimista; de manera que, cuando se servía de este símbolo, no dudaba en ver el parentesco e incluso hasta la identidad de Mercurio y Cristo.
 
 
Carl Gustav Jung (Suiza, 1875-1961) 

viernes, 4 de diciembre de 2015

Unicornios: LOS MONSTRUOS Y LA EDAD MEDIA, de G. K. Chesterton

"El pataleo del horrible Unicornio sacudía el infinito..."
 
No recuerdo haber leído una relación adecuada y comprensiva de los monstruos fabulosos de que tanto se ha escrito en la Edad Media. Los estudios que he visto presentaban los mismos disparates extraños y sin sentido que asfixian todos nuestros pensamientos al respecto.
 
El disparate fundamental, naturalmente, es ese tan gracioso al que estudiosos como Frazer han prestado, o mejor dicho dado en prenda, su autoridad. Me refiero a esa absurda idea de que en cuestiones de imaginación los hombres tienen necesidad de copiarse unos de otros. Los poemas y las leyendas poéticas tienden a semejarse, no porque los hebreos fueran en realidad caldeos, ni porque los cristianos fueran verdaderamente paganos, sino porque todos eran realmente hombres. Porque existe, a pesar de toda la tendencia del pensamiento moderno, algo llamado hombre y la hermandad de los hombres; cualquiera que haya observado la Luna puede haberla llamado virgen y cazadora sin haber oído hablar jamás de Diana. Cualquiera que haya observado el Sol puede haberlo llamado el dios de los oráculos o de las curaciones sin haber oído hablar jamás de Apolo. Un hombre enamorado, recorriendo jardines, compara una mujer a una flor y no a una tijereta; aunque la tijereta también fue creada por Dios y es muy superior a la flor en cuanto a cultura y viajes. Al oír hablar a cierta gente, se creería que el amor a las flores ha sido impuesto por alguna larga tradición sacerdotal y que el amor a las tijeretas ha sido prohibido por algún terrorífico tabú tribal.
 
El segundo gran disparate es suponer que tales fábulas, aun cuando realmente fueron tomadas en préstamo de fuentes más antiguas, se utilizan con un espíritu antiguo, cansado y consuetudinario. Cuando el alma en verdad despierta, siempre debe tratar con los objetos más cercanos. Si un hombre despierta en la cama de un sueño celestial que le ordenó pintar y pintar hasta que todo esté azul, comenzaría por pintarse a sí mismo de azul, después la cama y así sucesivamente. Pero utilizaría la maquinaria que tuviera más cerca; y esto es exactamente lo que ocurre en las verdaderas revoluciones espirituales. Trabajan de acuerdo con el medio ambiente, aun cuando lo alteran.
 
De este modo, cuando los profesores nos dicen que los cristianos "tomaron prestada" esta o aquella fábula de los paganos, es como si dijéramos que un ladrillero "tomó prestados" los ladrillos a la arcilla o que un químico "tomó prestados" los explosivos a los elementos químicos; o que los constructores góticos de Lincoin o Beauvais "tomaron prestado" el arco ojival a las angostas celosías de los moros. Tal vez lo tomaron prestado, pero (¡por todos los santos!) lo devolvieron con creces.
 
Cinco o seis errores más no deben detenernos. Pues, sobre estos dos fundamentales, descansa el error principal sobre los unicornios, por ejemplo. Los monstruos míticos de que se habla en la Edad Media tenían en su mayoría, sin ninguna duda, una tradición más antigua que el cristianismo. No admito esto último porque muchas de las más eminentes autoridades dirían lo mismo. Como dijo Swinburne en su conversación con Perséfone, "He vivido lo bastante para saber una cosa", que hombres eminentes significa hombres de éxito y que los hombres de éxito en realidad odian el cristianismo.
 
Pero esto es algo evidente en la tradición general de vida y letras. Creo que alguien en el Antiguo Testamento dijo que el unicornio es un animal muy difícil de cazar; y en realidad aún no lo han cazado. Si nadie ha dicho todavía que en este caso "unicornio" debe significar rinoceronte, alguien lo hará muy pronto, pero no seré yo. Aunque es probablemente cierto que muchos de esos monstruos medievales tienen origen pagano, esta verdad, que se repite siempre, es mucho menos sorprendente que otra verdad que siempre se ignora.

El monstruo de las fábulas paganas era, siempre, por lo menos que yo recuerde, un emblema del mal. Es decir, un verdadero monstruo; era, como dijo Kingsley en estos hermosos y paganos hexámetros:
 
De formas extrañas; sin igual, que no obedecen
a los gobernantes de cabellos dorados.
Rebeldes en vano, braman hasta que mueren por la espada
de algún héroe.

A veces, una vez muerto, el monstruo podía usarse para matar a otros monstruos, como Perseo usó a la Gorgona para matar al Dragón del océano. Pero es un simple accidente material. Imagino que, del mismo modo, si pudiera colocar la cabeza de un profesor de folclore en un extremo de una pica, a la manera de la Revolución Francesa, serviría a la perfección como garrote para golpear las cabezas menos duras de otros profesores de folclore. Asimismo, la Hidra, que desarrollaba dos cabezas por cada tina que le corlaban, podría haber sido usada como emblema de la evolución que se ramifica y del avance de una población creciente. Pero, en verdad, nunca se alabó a la Hidra. La mataron con alivio general. El Minotauro pudo haber sido alabado por los modernos como un lugar de encuentro de hombres y animales; la Quimera podría ser admirada por los modernos como un ejemplo del principio de que tres cabezas son mejor que una. Digo que la Quimera y la Hidra podrían haber sido admiradas por los modernos. Pero los antiguos no las admiraban. Entre los paganos, el animal grotesco, fabuloso, era algo que debía matarse. A veces lo mataba a uno, como la Esfinge. Pero nunca se la amaba.
 
El hecho de la reaparición de animales tan espantosos después de que Europa se convirtió al cristianismo es lo que jamás vi descrito con propiedad. En una de las leyendas más antiguas de san Jorge y el Dragón, san Jorge no mataba al Dragón, sino que lo guardaba cautivo y lo rociaba con agua bendita. A veces, algo semejante ocurría en ese departamento de la mente humana que crea imágenes violentas y nada naturales. Tomemos al Grifo, por ejemplo. En nuestra época, el Grifo, como la mayoría de los símbolos medievales, ha sido convertido en algo insignificante y ridículo, digno de un baile de máscaras; en veinte dibujos de Punch, por ejemplo, vemos al Grifo y a la tortuga que sostienen el escudo cívico de Londres. Para el "ciudadano" moderno, el arreglo es excelente. El Grifo, que lo come, no existe; la tortuga, a la que él come, sí existe. Pero el Grifo no sólo no fue siempre trivial, sino que tampoco fue siempre malo. Era la reunión mística de dos animales considerados sagrados: el león de san Marcos, el león de la generosidad, el valor, la victoria; y el águila de san Juan, el águila de la verdad, de la aspiración, de la libertad intelectual. De ese modo, el Grifo se usó a menudo corno símbolo de Cristo, pues combinaba el águila y el león del mismo modo misterioso e íntegro en que Cristo combinaba lo divino y lo humano. Pero, aunque se pensara que el Grifo era bueno, no por eso se lo temía menos. Tal vez más.
 
Pero el caso más notable es el del Unicornio, que. yo tenía la intención de hacer figurar de manera prominente en este artículo, pero que parece haber evadido mis pensamientos de manera milagrosa y hasta este momento he omitido. El Unicornio es una criatura terrible y, aunque parece vivir vagamente en África, no me sorprendería verlo caminar por uno de los cuatro caminos que conducen a Beaconsfield; el monstruo, más blanco que los caminos, y el cuerno, más alto que la aguja de la iglesia. Pues todos estos animales místicos eran imaginados enormemente grandes, así como incalculablemente feroces y libres. El pataleo del horrible Unicornio sacudía el infinito desierto en que vivía; y la alas del gigantesco Grifo subían por sobre nuestras cabezas hasta el Paraíso, con el trueno de mil querubines. Y, sin embargo, subsiste el hecho de que, si le preguntáramos a un hombre de la Edad Media qué quería significar el Grifo, hubiera respondido "la castidad".
 
Cuando hayamos comprendido este hecho, comprenderemos muchas otras cosas pero, por encima de todo, la civilización de la que descendemos. El cristianismo no concibió las virtudes cristianas como algo suave, tímido y respetable. Las concibió como algo amplio, desafiante y hasta destructivo, que despreciaba el yugo de esta vida, vivía en el desierto y buscaba su alimento en Dios. Mientras no hayamos comprendido esto, nadie comprenderá realmente ni siquiera el cartel "El Unicornio y el león" sobre alguna panadería.
 

Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936)

jueves, 3 de diciembre de 2015

Unicornios: EL LIBRO DE LOS SERES IMAGINARIOS, de Jorge Luis Borges

"En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una niña."

El unicornio
 
La primera versión del unicornio casi coincide con las últimas. Cuatrocientos años antes de la era cristiana, el griego Ctesias, médico de Artajerjes, Mnemón, refiere que en los reinos del Indostán hay muy veloces asnos silvestres, de pelaje blanco, de cabeza purpúrea, de ojos azules, provistos de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en la punta es rojo y en el medio es plenamente negro. Plinio agrega otras precisiones (VIII, 31): «Dan caza en la India a otra fiera: el unicornio, semejante por el cuerpo al caballo, por la cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega que pueda ser apresado vivo». El orientalista Schrader, hacia 1892, pensó que el unicornio pudo haber sido sugerido a los griegos por ciertos bajorrelieves persas, que representan toros de perfil, con un sólo cuerno.
 
En la enciclopedia de Isidoro de Sevilla, redactada a principios del siglo VII, se lee que una cornada del unicornio suele matar al elefante; ello recuerda la análoga victoria del karkadán (rinoceronte), en el segundo viaje de Simbad.1 Otro adversario del unicornio era el león, y una octava real del segundo libro de la inextricable epopeya The Faerie Queene conserva la manera de su combate. El león se arrima a un árbol; el unicornio, con la frente baja, lo embiste; el león se hace a un lado, y el unicornio queda clavado al tronco. La octava data del siglo XVI; a principios del XVIII, la unión del reino de Inglaterra con el reino de Escocia confrontaría en las armas de Gran Bretaña el leopardo (león) inglés con el unicornio escocés.
 
En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el unicornio puede ser apresado por una niña; en el Physiologus Graecus se lee: «Cómo lo apresan. Le ponen por delante una virgen y salta al regazo de la virgen y la virgen lo abriga con amor y lo arrebata al palacio de los reyes». Una medalla de Pisanello y muchas y famosas tapicerías ilustran este triunfo, cuyas aplicaciones alegóricas son notorias. El Espíritu Santo, Jesucristo, el mercurio y el mal han sido figurados por el unicornio. La obra Psychologie und Alchemie (Zürich, 1944) de Jung, historia y analiza estos simbolismos.
 
Un caballito blanco con patas traseras de antílope, barba de chivo y un largo y retorcido cuerno en la frente, es la representación habitual de este animal fantástico.
 
Leonardo da Vinci atribuye la captura del unicornio a su sensualidad; ésta le hace olvidar su fiereza y recostarse en el regazo de la doncella, y así lo apresan los cazadores.

1. Éste nos dice que el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un hombre; Al-Qazwiní dice que la de un hombre a caballo, y otros hablan de pájaros y de peces.
 
 
Jorge Luis Borges (Argentina, 1899-1986)

La ilustración corresponde a La niña y el unicornio (The Girl and the Unicorn), de Raven Slane. 

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Venecia y unicornios: UN CABALLO EN VENECIA, de Ángel Crespo

"... un unicornio caballo de crines onduladas que no mueve el viento..."

Venecia recorrida por un caballo
de noche por un caballo
blanco animal que avanza
trotando por el aire de la noche
que todavía no se hace viento caballo
desconcertado es un caballo
recortado a golpes de luz ya al galope
fino como un ciervo una cierva
un unicornio caballo de crines
onduladas que no mueve el viento
como el caballo de un grabado
o de una tela sin montura
ni caballero descabalgado
caballo que cruza Venecia
de noche y ni vuela ni para
al espantarse de los puentes
con gracia de caballo manso
corriendo sin que se despeine
la crin rizada de la cola
al pie de las casas y canales
deshabitados llenas de agua
que no le salpica los flancos
descabalgado blanco como
una luna que se refleja
en el aire un caballo
que se pierde en Venecia
entre mis versos: ese caballo.
 
 
Ángel Crespo (España, 1926-1995)

martes, 1 de diciembre de 2015

Venecia: HERZOG, de Saul Bellow

"Hasta en Venecia nevaba cuando estuve allí."
 
(Fragmentos)
 
Querida Zinka. Soñé contigo la semana pasada. En mi sueño, paseábamos por Ljubljana, y tuve que sacar mi billete para Trieste. Me daba pena dejarte. Pero te favorecía al hacerlo. Estaba nevando. Y mientras soñaba contigo, también nevaba. Hasta en Venecia nevaba cuando estuve allí.
 
(...)
 
Queridos señores míos: El Servicio de Información ha tenido la amabilidad de enviarme desde Belgrado un paquete con mi ropa de invierno. No quise llevar mis calzoncillos largos a Italia, el paraíso de los exiliados, y lo lamenté. Nevaba cuando llegué a Venecia. No pude entrar en el «vaporetto» con mi maleta.
 
 
Saul Bellow (Estadounidense nacido en Canadá; 1915-2005). Obtuvo el premio Nobel en 1976. 

lunes, 30 de noviembre de 2015

Venecia: LA BARCA o NUEVA VISITA A VENECIA, de Julio Cortázar

"Desde el Rialto miró Valentina los fastos del Canal Grande..."
 
(Fragmento)

Los primeros días en Venecia fueron grises y casi fríos, pero al tercero estalló el sol desde temprano y el calor vino enseguida, derramándose con los turistas que salían entusiastas de los hoteles y llenaban la piazza San Marco y la Mercería en un alegre desorden de colores y de lenguas.
 
A Valentina le agradó dejarse llevar por la cadenciosa serpiente que remontaba la Mercería rumbo al Rialto. Cada recodo, el puente dei Baretieri, San Salvatore, el oscuro recinto postal de la Fondamenta dei Tedeschi, la recibían con esa calma impersonal de Venecia para con sus turistas, tan diferente de la convulsa expectativa de Napóles o el ancho darse de los panoramas de Roma. Recogida, siempre secreta, Venecia jugaba una vez más a hurtar su verdadero rostro, sonriendo impersonal- mente a la espera de que en el día y la hora propicios su voluntad de mostrarse de verdad al buen viajero lo recompensaran de su fidelidad. Desde el Rialto miró Valentina los fastos del Canal Grande, y se asombró de la distancia inesperada entre ella y ese lujo de aguas y de góndolas. Penetró en las callejuelas que de campo en campo la llevaban a iglesias y museos, salió a los muelles desde donde podían enfrentarse las fachadas de los grandes palacios corroídos por un tiempo plomizo y verde. Todo lo veía, todo lo admiraba, sabiendo sin embargo que sus reacciones eran convencionales y casi forzadas, como el elogio repetido a las fotos que nos van mostrando en los álbumes de familia. Algo -sangre, ansiedad, o tan sólo ganas de vivir- parecía haber quedado atrás. Valentina odió de pronto el recuerdo de Adriano, le repugnó la petulancia de Adriano que había cometido la falta de enamorarse de ella. Su ausencia lo hacía aún más odioso porque su falta era de las que sólo se castigan o se perdonan en persona.
 
 
  Julio Cortázar (Argentino nacido en Bruselas, Bélgica en 1914; y fallecido en París, Francia en 1984).

domingo, 29 de noviembre de 2015

Venecia: EL REGRESO, de Harold Pinter

"¿No es curioso? Yo, en pijama; y usted totalmente vestida..."
 
(Fragmento del primer acto)

Lenny: ¿Dónde han estado en Italia?

Ruth: En Venecia.

Lenny: ¿En mi querida Venecia? ¡Qué curioso! Siempre he pensado que si hubiera sido soldado en la guerra –digamos, en la campaña de Italia-, habría estado en Venecia. Siempre he tenido esa sensación. La cosa es que era demasiado joven para hacer la guerra, era un niño; pero, de no haber sido por eso, estoy seguro de que hubiera estado en Venecia. Sí, con mi batallón. ¿Le importa que le tome la mano?
 
 
Harold Pinter (Inglaterra, 1930-2008). Obtuvo el premio Nobel en 2005.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Venecia: VENECIA DESDE MI VENTANA, de Jean Paul Sartre

"Veo ya nacer, a derecha, el pálido reflejo del palacio Dario."

(Fragmento)
 
El  agua es demasiado discreta; no se le oye. Asaltado  por una sospecha, me inclino: el cielo ha caído dentro. Ella apenas se atreve a moverse y sus millones de ondas mecen confusamente la apacible reliquia que fulgura con intermitencias… El presente es lo que toco, la herramienta que puedo manejar; es lo que actúa sobre mí o lo que puedo cambiar. Aquellas bonitas quimeras no son mi presente. Entre ellas y yo no hay simultaneidad… Quizás vienen a mí desde el fondo del porvenir; en ciertas mañanas de primavera las he visto avanzar hacia mí, jardín flotante, todavía otras, pero como un presagio, como aquél que yo sería en el futuro. Pero la claridad desapacible de esta mañana ha matado sus colores, los ha amurallado en finitud. Tales quimeras son pobres, inertes; la deriva las aleja de mí. En verdad no pertenecen a mi experiencia; surgen lentamente, en el fondo de una memoria que está a punto de olvidarlas, una extraña memoria anónima, la memoria del Cielo y del Agua. En Venecia, es suficiente una nada para que la luz se transforme en materia. Basta que la luz desenvuelva esta imperceptible memoria insular, este desajuste constante, para que tal luz parezca un pensamiento. Ella atiza o suprime los sentidos esparcidos sobre los flotantes conjuntos de casas. Esta mañana leo Venecia en los ojos de otro… En el fondo de una mirada antigua, mi mirada intenta volver a pescar palacios sumergidos, pero no consigue más que generalidades. ¿Percibo o recuerdo?. Veo lo que sé, o, más bien, lo que otro ya sabe. Otra memoria frecuenta la mía, los recuerdos de Otro surgen frente a mí… He aquí un cuadro para los turistas: La Eternidad cercada por el Devenir, o el Mundo Inteligible planeando por encima de la materia… Bruscamente, todo el cortejo marino se ahoga; el agua es como los sueños: no tiene lógica en las ideas. El agua se aplana, yo me inclino sobre una espesura de embotamiento; se diría que ella envidia la rigidez cadavérica de los palacios que la bordean… Veo ya nacer, a derecha, el pálido reflejo del palacio Dario. Elevo los ojos: todo se ha transformado en algo semejante. Tengo necesidad de pesadas y macizas presencias, me siento vacío frente a esos finos plumajes pintados sobre vidrio. Salgo.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Fue designado premio Nobel en 1964, aunque lo rechazó.

La ilustración corresponde a Palazzo Dario (1889), de Willliam W. Sheppard.

viernes, 27 de noviembre de 2015

VENECIA, de Jaroslav Seifert

"La niebla cubre los imperios de la tarde..."
 
La tempestad lava el esplendor oriental;
La niebla cubre los imperios de la tarde
Y sobre la plaza
En el incendio de una hoja
Persiste la memoria del otoño.
 
Paseas, Venecia, la gloria de tu belleza,
Sobre las aguas,
Pero el mar anuncia malos presagios.
 
Se desatan las amarras,
Se despliegan las velas
En enormes alas,
El vuelo de la melancolía
Se eleva sobre nosotros
Y de babor a estribor
Pasan el viento y las horas
¿Qué faro guía nuestro rumbo?
Seducción del Adriático:
Más allá la luz y el templo
Que aún es emoción y herencia viva.
 
La niebla humedece la barca,
Oh, doncella de las aguas,
Qué secreto se oculta
Bajo tu manto.
 
 
Jaroslav Seifert (República Checa, 1901-1986). Obtuvo el premio Nobel en 1984.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Venecia: DOS EVOCACIONES MUSICALES, de José Saramago y Nedim Gürsel


Cuando Domenico Scarlatti se sienta ante el clavicordio en El memorial del convento, la música provoca emociones y remite a paisajes, incluidos los canales venecianos, que consigna Saramago con gran intensidad narrativa:

... sólo las mujeres, tiernos corazones, se dejan arrastrar por la música y por la chiquilla, incluso tocando ella tan mal, que nada tiene de extraño, qué esperaría Doña María Ana, milagros, está la pequeña empezando, el signor Scarlatti ha llegado hace sólo unos meses, y por qué tienen esos extranjeros nombres tan difíciles, si tan poco cuesta descubrir que es Escarlata el nombre de éste, y le queda bien, hombre de completa figura, rostro grande, boca ancha y firme, ojos separados, no sé qué tienen los italianos, como éste, nacido en Nápoles hace treinta y cinco años, Es la fuerza de la vida, hermana.

Terminó la lección, se deshizo el grupo, el rey fue para un lado, la reina para otro, la infanta no sé para dónde, todos observando precedencias y preceptos, haciendo múltiples reverencias, al fin se alejó el rumor de los guardainfantes y de las calzas de cintas, y en el salón de música quedaron sólo Domenico Scarlatti y el padre Bartolomeu de Gusmão. El italiano hizo una pasada de dedos por el teclado, primero sin objeto, luego, como si buscara un tema o quisiera enmendar los ecos, y de repente pareció encerrado en la música que tocaba, corrían sus manos por el teclado como un barco florido en la corriente, demorada aquí y allá por las ramas que de las márgenes se inclinan, luego velocísima, después deteniéndose en las aguas dilatadas de un lago profundo, bahía luminosa de Nápoles, secretos y sonoros canales de Venecia, luz refulgente y nueva del Tajo, allá va el rey, se recogió la reina en su cámara, la infanta se inclina sobre el bastidor, de pequeñita aprende, y la música es un rosario profano de sonidos, madre nuestra que estás en la tierra. Señor Scarlatti, dice el cura cuando termina la improvisación y todos los ecos quedan corregidos, señor Scarlatti, no es tanta mi vanidad que crea saber de ese arte, pero estoy seguro de que hasta un indio de mi país, que de ella sabe aún menos que yo, se sentiría arrebatado por esas armonías celestes...

Por su parte Nedim Gürsel -escritor turco ahora nacionalizado francés-, refiere en su novela Los turbantes de Venecia a otro compositor italiano, Antonio Vivaldi, por coincidencia, contemporáneo del citado Scarlatti:

Allí, columnas de mármol tallado que se elevaban hacia lo alto separaban la parte cubierta del patio interior. pasó entre las columnas y se detuvo bajo la loggia. aquello era como un refugio rodeado de altos muros. El agua caía golpeteando los patios, uno dentro de otro, desde ambos lados de los soportales. Se arrebujó en el abrigo y se sacudió con la mano las gotas de agua que chorreaban por la tela. También tenía los zapatos completamente calados. Era como si un agua helada subiera desde el enlosado mojado hasta sus rodillas. Sintió un escalofrío de miedo. Le daba la impresión de que el agua iba ascendiendo por su cuerpo hasta casi ahogarle.

Justo en ese momento un sonido que surgía por una de las ventanas inundó el patio. Acompañado por violines subía y bajaba produciendo ecos en los viejos muros, en las escaleras que se entrecruzaban, en las columnas y los arcos. Kâmil reconoció la música de Vivaldi. El cantante era un falsetto, con su voz doliente y experta decía: "Sabat Mater Dolorosa. Iusta crucem lacrimosa".

 
Jules Etienne

martes, 24 de noviembre de 2015

Venecia: CUENTO AZUL, de Marguerite Yourcenar

"El mercader italiano desembarcó en Venecia..."

(Fragmento)

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.

Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.
 
 
Marguerite Yourcenar* (Escritora en lengua francesa nacida en Bélgica, educada en Francia y afincada en Estados Unidos, donde falleció. Tenía doble nacionalidad, francesa y estadounidense; 1903-1987)

* El apellido Yourcenar era un seudónimo literario, anagrama del verdadero apellido: Crayencour. Su nombre completo fue Marguerite Antoinette Jeanne Marie Ghislain Cleenewerck de Crayencour, al que podrían añadirse al final de Cartier de Marchienne, sus apellidos maternos.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Venecia: ANOTACIONES, de Silvina Ocampo


(Fragmento)
 
El día en que me muera caerán de mis ojos lágrimas y de mi boca palabras. Nunca se contradicen. ¿No volveré a Italia? ¿No llegaré en góndola a Venecia? ¿No oiré las campanadas de las siete y los acordes de la tarde? Las campanadas dicen: tal vez las oigas y tal vez llegues a Venecia pronto y tal vez se ilumine el cielo y tal vez el mundo se transforme abruptamente. ¿En qué? En Venecia. Iré corriendo por la plaza San Marco, por todas las edades, y no me reconoceré en ningún espejo, por mucho que me busque, y que me busquen. No seré una niña de siete años, ni una joven de quince, ni una columna de la iglesia, ni un caballo de mármol, ni una rosa de estuco, ni una muñeca de 1880, ni un cuadro de Guirlandaio ni de Rafael, y llegaré al Palazzo Ducale y lloraré; nadie sabe por qué, ni yo misma. Lloraré oyendo las voces de los gondoleros, tristes en la noche. No veré los cisnes de mi infancia nadando en un lago de San Isidro o en la costa del Río de la Plata, rodeado de sauces, ni el precioso bosque de madreselvas asesinas, que se comen los árboles.
 
¡La torre del reloj sin fin! No veo la hora. ¿Serán las ocho? Serán las dos menos veinte? ¿Qué hora será? Toda hora me da miedo, como me da miedo la hora en que quedó clavada, con sus agujas, la muerte de Murena. Las ocho en un reloj que no andaba y no andaría nunca.


Silvina Ocampo (Argentina, 1903-1993)

domingo, 22 de noviembre de 2015

Venecia: VENECIA ES UN PEZ, de Tiziano Scarpa

 
Venecia es un pez. Compruébalo en un mapa. Parece un lenguado colosal tendido en el fondo. ¿Cómo es posible que este animal prodigioso haya remontado el Adriático para venir a guarecerse justo aquí?
 
Tiziano Scarpa (Italia, 1963)

jueves, 19 de noviembre de 2015

Venecia: MÁSCARAS DEL ALBA, de Octavio Paz (en el día mundial del ajedrez)


Sobre el tablero de la plaza
se demoran las últimas estrellas.
Torres de luz y alfiles afilados
cercan las monarquías espectrales.
¡Vano ajedrez, ayer combate de ángeles!
 
Fulgor de agua estancada donde flotan
pequeñas alegrías ya verdosas,
la manzana podrida de un deseo,
un rostro recomido por la luna,
el minuto arrugado de una espera,
todo lo que la vida no consume,
los restos del festín de la impaciencia.
 
Abre los ojos el agonizante.
Esa brizna de luz que tras cortinas
espía al que la expía entre estertores
es la mirada que no mira y mira,
el ojo en que espejean las imágenes
antes de despeñarse, el precipicio
cristalino, la tumba de diamante:
es el espejo que devora espejos.
 
Olivia, la ojizarca que pulsaba,
las blancas manos entre cuerdas verdes,
el arpa de cristal de la cascada,
nada contra corriente hasta la orilla
del despertar: la cama, el haz de ropas,
las manchas hidrográficas del muro,
ese cuerpo sin nombre que a su lado
mastica profecías y rezongos
y la abominación del cielo raso.
Bosteza lo real sus naderías,
se repite en horrores desventrados.
 
El prisionero de sus pensamientos
teje y desteje su tejido a ciegas,
escarba sus heridas, deletrea
las letras de su nombre, las dispersa,
y ellas insisten en el mismo estrago:
se engastan en su nombre desgastado.
 
Va de sí mismo hacia sí mismo, vuelve,
en el centro de sí se para y grita
¿quién va? y el surtidor de su pregunta
abre su flor absorta, centellea,
silba en el tallo, dobla la cabeza,
y al fin, vertiginoso, se desploma
roto como la espada contra el muro.


La joven domadora de relámpagos
y la que se desliza sobre el filo
resplandeciente de la guillotina;
el señor que desciende de la luna
con un fragante ramo de epitafios;
la frígida que lima en el insomnio
el pedernal gastado de su sexo;
el hombre puro en cuya sien anida
el águila real, la cejijunta
voracidad de un pensamiento fijo;
el árbol de ocho brazos anudados
que el rayo del amor derriba, incendia
y carboniza en lechos transitorios;
el enterrado en vida con su pena;
la joven muerta que se prostituye
y regresa a su tumba al primer gallo;
la víctima que busca a su asesino;
el que perdió su cuerpo, el que su sombra,
el que huye de sí y el que se busca
y se persigue y no se encuentra, todos,
vivos muertos al borde del instante
se detienen suspensos. Duda el tiempo,

el día titubea.
 

Soñolienta
en su lecho de fango, abre los ojos
Venecia y se recuerda: ¡pabellones
y un alto vuelo que se petrifica!
Oh esplendor anegado...
Los caballos de bronce de San Marcos
cruzan arquitecturas que vacilan,
descienden verdinegros hasta el agua
y se arrojan al mar, hacia Bizancio.
Oscilan masas de estupor y piedra,
mientras los pocos vivos de esta hora...
Pero la luz avanza a grandes pasos,
aplastando bostezos y agonías.
¡Júbilos, resplandores que desgarran!
El alba lanza su primer cuchillo.
 
 
Venecia, 1948
 
 
Octavio Paz (México, 1914-1998). Obtuvo el premio Nobel en 1990.