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Vancouver: atardecer en abril. English Bay (fotografía de Jules Etienne).

sábado, 2 de mayo de 2020

Epidemias: LA PESTE EN BÉRGAMO, de Jens Peter Jacobsen


(Fragmento inicial)

La vieja ciudad de Bérgamo se extiende en la cima de una baja montaña, cubierta por muros y portones, y la Nueva Bérgamo yace al pie de la montaña, expuesta a todos los vientos.

Un día la plaga estalló en la ciudad nueva y se propagó con una rapidez increíble; multitud de personas murieron y los demás huyeron a través de las llanuras por los cuatro rincones del mundo. Entonces, los ciudadanos del Viejo Bérgamo decidieron prender fuego a la ciudad desierta para purificar el aire, aunque no resultó nada bueno. La gente comenzó a morir allí también, al principio era uno al día, luego cinco, después diez, veinte, y cuando la plaga había alcanzado su apogeo, muchos más.

Y ya no podían huir, como lo habían hecho aquellos que antaño vivían en la nueva ciudad.

Hubo algunos que lo intentaron, pero llevaron la vida de un animal cazado, escondidos en zanjas y alcantarillas, bajo los setos o a campo abierto; los campesi- nos, a cuyos hogares habían traído la plaga los primeros fugitivos, apedreaban a cuanto extraño llegaba, los expulsaron de sus tierras o los apalearon como a un perro rabioso sin compasión ni piedad, en lo que asumían era una forma justificable de defenderse.

La gente del Viejo Bérgamo tuvo que permanecer donde estaba, y día con día se hizo más difícil; día con día la horrible enfermedad se volvió más ávida y más voraz. El terror se convirtió en locura. Lo que antes había sido orden y buen gobierno era como si la tierra se lo hubiera tragado, y lo peor de la naturaleza humana ocupaba su lugar.

Al principio, cuando estalló la peste, la gente trabajaba en armonía y concordia. Se ocuparon de que los cuerpos estuvieran debidamente enterrados en forma apropiada, y todos los días se ocupaban de que grandes hogueras se encendieran en las plazas y los lugares abiertos para que el humo saludable pudiera expandirse por las calles. El enebro y el vinagre se distribuyeron entre los pobres y, sobre todo, la gente buscó las iglesias temprano y tarde, sola o en procesiones. Todos los días iban con sus oraciones ante Dios y, cuando el sol se ponía detrás de las montañas, las campanas de la iglesia imploraban al cielo con el llanto de cientos de gargantas estremecidas. Se ordenaban ayunos y diariamente se repartían reliquias sagradas en los altares.

Por fin un día, cuando ya no sabían qué más hacer, desde el balcón del ayunta- miento, en medio de sonoros cornos y trompetas, proclamaron a la Virgen Santa, patrona y alcalde del pueblo, ahora y para siempre.

Pero tampoco eso sirvió; no había nada que ayudara.


Jens Peter Jacobson (Dinamarca, 1847-1885).

La ilustración corresponde a lo que el autor llama el Viejo Bérgamo,
y a la que sus propios habitantes se refieren como città alta (la ciudad alta).

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