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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 24 de enero de 2014

Le Clézio: los veranos de enero en Isla Rodrigues


Para concluir esta breve exploración dedicada a los autores que se refieren al verano desde la perspectiva del hemisferio sur, El buscador de oro, de Le Clézio, es una novela que conjuga demasiados méritos como para no mencionarla. De entre todas las obras, tanto de narrativa como poesía, que hemos revisado durante la semana, esta es la única cuya acción no tiene lugar en Sudamérica, sino en Rodrigues, una de las islas Mascareñas en el Océano Índico.

"El sol está alto ya en el cielo cuando llegamos a la fuente del Boucan, muy cerca de las altas montañas. El calor de enero es pesado, me cuesta respirar bajo los árboles. Atigrados mosuitos salen de sus refugios y danzan ante mis ojos, los veo danzar también en torno a la lanuda cabellera de Denis. En las riberas del torrente, Denis se quita la camisa y empieza a recoger hojas. Me acerco para mirar las hojas de un verde oscuro, cubiertas de una pelusa gris, que recoge en su camisa transformada en bolsa. "Planta sueño", dice Denis. Vierte un poco de agua en la cavidad de una hoja y me la tiende. En la fina pelusilla, la gota permanece aprisionada, como un diamante líquido." (página 36)

"Laure y yo pasamos este último verano, todo el largo mes de enero, leyendo tumbados por el suelo en el desván. Nos detenemos cada vez que se habla de una máquina eléctrica, de una dinamo o incluso, sencillamente, de una lámpara de filamento.

Las noches son pesadas ahora, en la humedad de las sábanas, bajo la mosquitera, hay una suerte de espera. Va a ocurrir algo. En la oscuridad espío del ruido del mar, contemplo, a través de los porticones, la luna llena que se levanta." (página 41)

"Recuerdo mi primer viaje por mar. Fue en enero, creo, porque entonces el calor es tórrido mucho antes del alba y no hay un solo soplo en la Hondonada del Boucan. En cuanto apunta el alba, sin hacer ruido, me deslizo fuera de la habitación. No hay todavía ruidos en el exterior y en la casa todo el mundo duerme. Sólo una luz brilla en la choza del capitán Cook, pero a esta hora no se fija en nada. Mira al cielo gris esperando que se levante el día." (Página 45)

Lo opuesto a lo que sucede durante el mes de julio, en pleno invierno: "Las noches más hermosas son las de julio, cuando el cielo es frío y brillante y se ven por encima de las montañas del Río Negro las más hermosas luces del cielo..." (página 43)

El verano da principio en esas latitudes a finales de diciembre, con el solsticio. "Diciembre: pese a las lluvias que caen cada tarde sobre Forest Side, ese verano es el más hermoso y más libre que he conocido desde hace tiempo." (página 241)

"Le hablé como si nada tuviera que acabar, nunca, y los años perdidos fueran a renacer, en la frondosidad del jardín durante el mes de diciembre, cuando Laure y yo escuchábamos su voz cantarina que nos leía la historia sagrada." (página 278)

Tal vez, cuando Marguerite Duras y Alain Robbe-Grillet encabezaron el movimiento literario llamado antinovela, allá por la década de los años sesenta, pretendían llegar a la pureza descriptiva por sí misma que ha logrado Le Clézio. Con una cualidad que los supera: la delicadeza de su lirismo no resulta estática, sino que envuelve a la acción en sí misma. No se estanca en el mero malabarismo verbal -como sucede, por ejemplo, entre los intentos en nuestra lengua, con La presencia lejana, de Juan García Ponce-. Parecería que Le Clézio alcanza el ideal del sueño proustiano con su prosa impecable y refinada.

Gracias a que la academia sueca le otorgó el premio Nobel de literatura en 2008, los lectores en diferentes lenguas tenemos ahora el privilegio de poder aproximarnos a la obra de Le Clézio.

 
Jules Etienne
 
La ilustración corresponde a una fotografía de Isla Rodrigues durante el verano.

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