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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

martes, 7 de enero de 2014

En lugar de regalos, los reyes magos trajeron nieve

"En el invierno un cruel frío/ que hace llorar..."

Cuando éramos niños solían repetirnos la amenaza proverbial de que había que portarse bien porque de lo contrario los reyes magos no nos traerían ningún regalo. Con el tiempo, los reyes dejaron de cumplir mis deseos. Sin embargo, se me arraigó la costumbre -desprovista de cualquier matiz religioso-, de suponer que el mal comportamiento tarde o temprano acarrea sus propias consecuencias. O por decirlo a manera de eufemismo: dicha conducta se erige como el pretexto para que los reyes magos no cumplan deseos y pasen de largo sin entregar los obsequios esperados.
 
Este año que recién comienza, 2014, ha visto como se nos ha castigado con un frío polar inusual -curiosamente, en Vancouver la temperatura no ha descendido bajo cero, sólo hemos tenido una hermosa nevada antes de navidad y ayer hacía más frío en la ciudad de México-, los reyes repartieron nieve y clima gélido en nuestra porción septentrional del continente.
 
Nueva York amaneció hundido en la nieve. Con lo malhumorados que de por sí son sus habitantes, no envidio a quienes tienen que permanecer allí. Las notas de las agencias noticiosas son tan típicas, todo lo vuelven cifras: "Nueva York registra una temperatura de catorce grados centígrados bajo cero, la menor desde hace 118 años para un siete de enero", y así por el estilo. No ofrecen más que hipérboles y números.
 
Por eso los estadounidenses reinventaron el uso de la palabra billones. En todos los idiomas se emplea la palabra con esa misma raíz etimológica para denominar un millón de millones, incluso los ingleses -que son los padres de esa lengua-. Sin embargo, para ellos son mil millones y no los vamos a sacar del error. De esa manera suena más contundente, tiene un efecto mayúsculo. Y luego se ven forzados a expresarse con un barbarismo coloquial: zillions, porque rebasaron los límites verbales y ya han agotado el repertorio. El problema es que el uso del término es contagioso y aunado a la ignorancia provoca confusiones. Conversando en español un amigo me decía: "el mundo tiene diez billones de habitantes", yo le cuestionaba la imposibilidad, le decía que "diez millones de millones ni siquiera cabrían en el planeta", y en un principio no captaba la diferencia, suponía que hablábamos de la misma cantidad hasta que tuve que explicárselo, y por lo menos aceptó que en español el término billón se refiere a un millón de millones. En caso contrario debe decirse mil millones. Es así y punto. No es negociable.

Desde el momento en que leí la noticia sobre Nueva York empezó a rondarme, como si se tratara de una canción, una vieja rima: "Y millones de habitantes/ pequeños como guisantes/ vistos desde un rascacielos./ En el invierno un cruel frío/ que hace llorar..." Pero no estaba seguro de donde provenía. Escribí la primera frase en el buscador y apareció su autor: Enrique Jardiel Poncela.
 
Eso me ha conducido a otra rima, de Rubén Darío, cuando presenta a cada uno de los tres reyes magos:
 
- Yo soy Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a decir: La vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina Estrella!

- Yo soy Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en lodo.
¡Y en el placer hay la melancolía!

- Soy Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe Dios. Él es el grande y fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la Muerte.


Sólo faltaría, entonces, que los reyes en su versión 2014, además de anunciar cómo Gaspar portaba el incienso, Melchor la mirra y Baltasar el oro, advirtieran el hecho de que irían esparciendo nieve a su paso hasta que la prodigalidad de tanto afán alcanzara el calificativo de cruel. Aunque, por otra parte, también me parece que la humanidad ha hecho lo suficiente para merecerlo.

Jules Etienne

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