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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 6 de junio de 2011

MIRANDO ATRÁS: vaticinios para este siglo



La semana pasada inicié la lectura de la novela de anticipación de Edward Bellamy cuyo título puede traducirse de manera literal Mirando Atrás (Looking Backward), aunque en español también se le conoce como El año 2000. Ahora que la he concluido, podré dar por terminado el tema.

El autor es clasificado como utopista porque, en efecto, propone una sociedad que en el futuro -el año 2000-, sería perfecta. Como también lo era el Mundo Feliz, de Aldous Huxley. Sin embargo, Bellamy se inspiraba en el ideal del socialismo utópico, igualitario, en tanto que Huxley proponía una sociedad estratizada en castas: Alfa, Beta, Gama, Delta y Epsilon. Tal vez -me pregunto-, esa habrá sido una de las razones por las que a mediados del siglo XX su obra se haya ignorado tanto, a pesar de que se le había aceptado con tal entusiasmo cuando fue publicada, que hasta se organizaron grupos que llevaban por nombre Bellamy Clubs, al tiempo que inspiraba los ideales de agrupaciones políticas que nacieron a finales del siglo XIX y comunidades utópicas. Pero durante el período de la guerra fría se desató una cacería de brujas implacable contra todo aquello que despidiera el tufo del marxismo y, supongo, una novela con estas características pudo ser condenada a desvanecerse sin remedio. Erich Fromm lo consideraba uno de los títulos más notables en la historia de la literatura estadounidense y en un prólogo para la edición de 1960, afirmó que: "Se trata de uno de los pocos libros cuya publicación generó un movimiento de masas de carácter político casi inmediato a partir de su publicación".

Valdría la pena subrayar que Bellamy la concibió en 1887 para editarse al año siguiente, en tanto que el tomo II de El Capital se publicó en 1885 -en alemán- y el tomo III, hasta 1894. Es decir, no se puede simplificar la propuesta de utopía socialista que se presenta en El año 2000 como una mera interpretación ficcionalizada de la teoría marxista por parte de su autor, puesto que al momento de escribirla, Engels todavía se encontraba trabajando en la corrección de los manuscritos que Marx había iniciado en 1863 y que no le fue posible publicar en vida, ya que murió en 1883.

De manera que, entonces, la propuesta más novedosa en su momento, era de carácter social. En tanto que en el plano futurista, sus aportaciones más notorias serían: la desaparición de la moneda de uso corriente, que se vería reemplazada por una tarjeta para efectuar todos los pagos, con el respaldo de una línea de crédito otorgada a cada individuo por el Estado (a Bellamy se le atribuye la invención del término "tarjeta de crédito"); en la sociedad del futuro todas las personas trabajan, tanto hombres como mujeres, hasta los 45 años, edad en la que alcanzan un retiro garantizado para poder dedicarse a cultivar su espíritu, de acuerdo con sus intereses y aficiones personales; las compras se pueden efectuar en grandes centros comerciales -bajo el nombre de Great City Bazaar- que ofrecen en un mismo espacio los diferentes productos que un ciudadano pueda necesitar; la luz eléctrica es de uso común y, sobre todo, el teléfono, a través del cual sería posible desarrollar una gran variedad de actividades, como para comunicarse a larga distancia, escuchar música y hasta participar en ceremonias religiosas. En este punto, también vale la pena recordar que la novela futurista París en el siglo XX, de Jules Verne, cuyos vaticinios eran sin duda más espectaculares, no fue publicada sino hasta 1994, como ya lo hemos visto antes en este mismo blog.

Ahora que he mencionado el aspecto religioso, no deja de llamar la atención que tratándose de un autor con posturas reformistas, en su novela se exalten al matrimonio, la familia y la religión, como las instituciones que prevalecen. Acorde con el estereotipo anglosajón, la sociedad podrá transformarse desde su propia estructura, pero la vida resultaría inconcebible sin el concepto del hogar, dulce hogar y el sermón dominical.

Al final, la historia da un giro innecesario hacia el romance. El personaje se enamora, en el futuro, de una joven muy parecida a la que había sido su prometida en el pasado, y quien además lleva el mismo nombre de ella. Después se enterará, con sorpresa, que "Edith no era otra que la bisnieta de mi perdido amor, Edith Bartlett". Y debido a que "Entre las reliquias de la familia se contaban un retrato de Edith Bartlett y algunos papeles suyos, entre ellos un paquete con mis cartas", fue que provocó en la joven una obsesión romántica que idealizaba al enamorado de su bisabuela y les decía a sus padres que "no se casaría hasta encontrar un novio como Julian West, y que en el siglo XX no había ningún hombre que se le pareciera".

Finalmente, en el capítulo 28, cuando la novela está a punto de terminar, West es despertado por Sawyer, su criado, con la queja de que conseguirlo le había costado más trabajo del habitual y aquél llega a su propia conclusión: "sería que este sueño cruel hubiera sido la realidad y esta agradable realidad aquel sueño".


La ilustración corresponde a una fotografía del edificio Bradbury, en la ciudad de Los Ángeles. Fue construido en 1893 con diseño del arquitecto George Wyman, quien aseguraba haberse inspirado en un pasaje de la novela de Edward Bellamy. Para quienes hayan visto la película Blade Runner, seguramente les resultará familiar.

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