Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 27 de agosto de 2015

Venecia: BOMARZO, de Manuel Mujica Láinez

"Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente..."

(Fragmento del capítulo VI: El retrato de Lorenzo Lotto)

... quien no ha visto a Venecia en el siglo XVI no puede jactarse de haberla visto. Comparada con aquella vasta composición cuidada e impetuosa de Tintoretto o de Tiziano, la actual es como una tarjeta postal, o un cromo, o una de esas acuarelas que los pintarrajeadores venden en la plaza de San Marcos a los extranjeros inocentes. Supongo que otro tanto diría -incomodándome en ese caso a mí- quien la hubiera conocido en el siglo XV, en el XVIII y quizás en el XIX. Yo sólo hablo de lo que tuve la suerte de conocer. La Venecia que el lector habrá recorrido tal vez en estos años de posguerra, bazar de cristales reiterados en series, con lanchas estrepitosas, hoteles innúmeros, fotógrafos, turistas invasores, histéricas, lunas de miel, serenatas con tarifa, pillastres de la sensualidad, rezagados de Ruskin y ambiciosas porta-bikinis, no conserva vínculo alguno, fuera de ciertos rasgos de la decoración eterna, con aquella, admirable, que yo visité en el otoño de 1532. Se suele repetir que determinadas ciudades -Brujas, Toledo, Venecia- no cambian; que el tiempo las respeta y pasa de puntillas a su lado. No es verdad: cambian y mucho. Venecia ha cambiado tanto que cuando he llegado a ella, recientemente, me ha costado ajustar esa imagen sobre la que mi espíritu guardará intacta para siempre, de una ciudad maravillosa.
 
Apenas la entreví la mañana de nuestro arribo. Iba muy enfermo, en una embarcación que alquilamos cuando nos rendimos ante la evidencia de que no sería capaz de seguir a caballo, pero el primer contacto fue deslumbrador. Después de Bomarzo, hecho de piedras ásperas, de ceniza y de herrumbre, apretado, hosco, Venecia se delineó frente a mí, líquida, aérea, transparente, como si no fuera una realidad sino un pensamiento extraño y bello; como si la realidad fuera Bomarzo, aferrado a la tierra y a sus secretas entrañas, mientras que aquel increíble paisaje era una proyección cristalizada sobre las lagunas, algo así como una ilusión suspendida y trémula que en seguida, como el espejismo de los sueños, podía derrumbarse silenciosamente y desaparecer. No es que yo considerara a Bomarzo menos poético -líbreme de ello Dios-, pero en Bomarzo la poesía era algo que brotaba de adentro, que se gestaba en el corazón de la roca y se nutría del trabajo secular de las esencias escondidas, en tanto que en Venecia lo poético resultaba, exteriormente, luminosamente, del amor del agua y del aire, y, en consecuencia, poseía una calidad fantasmal que se burlaba de los sentidos y exigía, para captarla, una comunicación en la que se fundían el transporte estético y la vibración mágica. Ésa fue mi impresión primera ante la fascinadora. Luego comprendí que, sobre mí en todo caso, la fuerza misteriosa de Bomarzo, menos manifestada en la superficie, más recónditamente vital, obraba con un poderío mucho más hondo que aquel cortesano seducir, hecho de juegos exquisitos y de matices excitantes, pero, como tantos, como todos, sucumbí al llegar ante el encanto de la ciudad incomparable, traicioné en el recuerdo a mi auténtica verdad -cada uno tiene su propio Bomarzo- pensé que no había, que no podía haber en el mundo nada tan hermoso como Venecia, ni tan rico, ni tan exaltador, ni tan obviamente creado para procurar esa difícil felicidad que buscamos con ansia, agotando seres y lugares ,los desesperadamente sensibles.
 
 
Manuel Mujica Láinez (Argentina, 1910-1984)

miércoles, 26 de agosto de 2015

Venecia: EL ÁNGEL SOMBRÍO, de Mika Waltari

"Venecia, reina de los mares..."

(Fragmento)
 
23 de mayo de 1453

Hoy se ha esfumado nuestra última esperanza. El emperador tenía razón. Preparado como se halla por el ayuno, la vigilia y la oración, su sensibilidad es más aguda que la de todos nosotros a la hora de advertir el postrer latido de su reino.
 
La nave que fue despachada en busca de la flota veneciana regresó al alba sin poder cumplir con su misión. Por una mezcla de buena suerte, pericia y valentía, la embarcación se deslizó sin contratiempo alguno a través de los Dardanelos, burlando las naves turcas de vigilancia.
 
Han regresado los mismos doce hombres que partieron. Seis son venecianos y los otros seis griegos. Durante los veinte días que navegaron por el mar Egeo o atisbaron ninguna nave cristiana.
 
Cuando vieron por fin que su búsqueda era inútil y que corrían el peligro de ser descubiertos por un barco turco, conferenciaron sobre qué debían hacer. Algunos opinaron:
 
"Hemos cumplido con nuestro deber. ¿Por qué hemos de volver a la ciudad si su caída es tan segura?".
 
A lo que otros respondieron: "El emperador nos envió y debemos regresar para darle el informe. Sometámoslo a votación".
 
Se miraron unos a otros, rompieron a reír, y por unanimidad acordaron poner rumbo a Constantinopla.
 
Topé con dos de estos hombres en el palacio de Blaquernae.
 
Reían todavía de buena gana al relatar lo infructuoso de su expedición, mientras los venecianos les servían vino y les daban amistosas palmadas den la espalda. Pero sus ojos, heridos por el peligro y el mar, no sonreían.
 
- ¿Cómo habéis tenido valor para regresar sabiendo que os espera una muerte cierta? -les pregunté.
 
Volvieron hacia mí sus rostros curtidos por la intemperie y respondieron casi al unísono:
 
- Somos marinos venecianos.
 
Esto era bastante, quizá. Venecia, reina de los mares, por muy codiciosa, cruel y calculadora que pudiera ser, ha criado a sus hijos en la máxima de vivir y morir en defensa del honor de su patria.
 
Pero no hay que olvidar que seis de los doce expedicionarios eran griegos. Y éstos han demostrado que un griego puede ser fiel a una causa perdida; hasta la muerte.

Mika Waltari (Finlandia, 1908-1979)

martes, 18 de agosto de 2015

Venecia: CONCIERTO BARROCO, de Alejo Carpentier


(Fragmento sobre el envejecimiento de Venecia)

Se volvió Filomeno hacia las luces, y parecióle, de pronto, que la ciudad había envejecido enormemente. Salíanle arrugas en las caras de sus paredes cansadas, fisuradas, resquebrajadas, manchadas por las herpes y los hongos anteriores al hombre, que empezaron a roer las cosas no bien éstas fueron creadas. Los campaniles, caballos griegos, pilastras siriacas, mosaicos, cúpulas y emblemas, harto mostrados en carteles que andaban por el mundo para atraer a las gentes de “travellers checks”, habían perdido, en esa multiplicación de imágenes, el prestigio de aquellos Santos Lugares que exigen, a quien pueda contemplarlos, la prueba de viajes erizados de obstáculos y de peligros. Parecía que el nivel de las aguas hubiese subido. Acrecía el paso de las lanchas de motor la agresividad de olas mínimas, pero empeñosas y constantes, que se rompían sobre los pilotajes, patas de palo y muletas, que todavía alzaban sus mansiones, efímeramente alegradas, aquí, allá, por maquillajes de albañilería y operaciones plásticas de arquitectos modernos. Venecia parecía hundirse, de hora en hora, en sus aguas turbias y revueltas. Una gran tristeza se cernía, aquella noche, sobre la ciudad enferma y socavada. Pero Filomeno no estaba triste. Nunca estaba triste. Esta noche, dentro de media hora, sería el Concierto -el tan esperado concierto de quien hacía vibrar la trompeta como el Dios de Zacarías, el Señor de Isaías, o como lo reclamaba el coro del más jubiloso salmo de las Escrituras.


Alejo Carpentier (Cubano nacido en Suiza y fallecido en Francia; 1904-1980)

La ilustración corresponde a una fotografía de Punta della Dogana, de Massimiliano Salvato:
http://ilgiornaledellarte.com/articoli/articoli/2013/2/115522.HTML 

domingo, 16 de agosto de 2015

Venecia: LA TEMPESTAD, de Juan Manuel de Prada

"... Venecia se mantenía fiel a su designio, que no era otro que el de hundirse grandiosamente en la laguna..."

(Fragmento)
 
Contemplé el perfil de su rostro, erosionado como el de Venecia por las sucesivas invasiones de hombres que la habían venerado o mutilado moralmente, pero inasequible a su dominación. Los extranjeros se habían agolpado sobre Venecia y la habían arañado con sus zarpas, o se habían obstinado en redimirla de su decadencia, pero Venecia se mantenía fiel a su designio, que no era otro que el de hundirse grandiosamente en la laguna, para convertirse en un cementerio submarino con palacios como mausoleos y grandes plazas para que paseen los muertos.
 
 
Juan Manuel de Prada (España, 1970) 

lunes, 10 de agosto de 2015

Venecia: FARAH Y EL MERCADER DE VENECIA, de Isak Dinesen

El mercader de Venecia: acto IV, escena primera.

Una vez un amigo me escribió desde mi país y me describía una nueva escenificación de El mercader de Venecia. Por la tarde leí la carta una y otra vez, la obra fue adquiriendo vida para mí y me parecía que llenaba la casa, así que llamé a Farah para hablar con él y explicarle el argumento de la comedia.
 
A Farah, como a todas las personas de sangre africana, le gustaba escuchar un cuento, pero sólo cuando estaba seguro de que él y yo estábamos solos en la casa consentía en escucharlo. Yo narraba y él escuchaba, cuando los sirvientes habían vuelto a sus cabañas y cualquiera que anduviera por la granja, mirando por las ventanas, hubiera creído que estábamos discutiendo asuntos domésticos, Farah inmóvil de pie, al otro lado de la mesa, con sus graves ojos en mi rostro.
 
Farah siguió atentamente los asuntos de Antonio, Bassanio y Shylock. Era un asunto grande y complicado, de algún modo al margen de la ley, algo muy real para un somalí. Me hizo una o dos preguntas sobre la cláusula de la libra de carne; estaba claro que le parecía un trato excéntrico, pero no imposible; los hombres podían dedicarse a ese tipo de cosas. Y aquí la historia comenzaba a oler a sangre, su interés creció. Cuando Portia apareció en escena aguzó los oídos; me imagino que la veía como a una mujer de su propia tribu, Fátima, con todas las velas desplegadas, hábil e insinuante, más lista que cualquier hombre. Las gentes de color no toman partido en un cuento, el interés para ellos reside en lo ingenioso de la trama; y los somalíes, que en la vida real tienen un sólido sentido de los valores y un don de indignación moral, se olvidan de eso en las ficciones. Las simpatías de Farah estaban con Shylock, que prestaba el dinero; le repugnaba su derrota.
 
- ¿Cómo? -dijo-. ¿Por qué renunció el judío a su exigencia? No debía haberlo hecho. Le debían la carne, era muy poca para tanto dinero.
 
- ¿Pero qué otra cosa podía hacer -le pregunté- cuando no podía derramar ni una sola gota de sangre?
 
- Memsahib -dijo Farah-, podía haber usado un cuchillo al rojo vivo. Así no sale sangre.
 
- Pero -le dije- no le permitían tomar más que una libra, ni más ni menos.
 
- Y qué -dijo Farah-, ¿se asustaría por eso precisamente un judío? Podía haber ido cogiendo pedacitos cada vez, con una balanza pequeña en la mano para ir pesando, hasta que tuviera justamente una libra. ¿Es que el judío no tenía amigos que le aconsejaran?
 
Todos los somalíes tienen en su talante algo extraordinariamente dramático. Farah, con un ligero cambio en el aire y en la actitud, había tornado un aspecto peligroso, como si de verdad estuviera en el Tribunal de Venecia, dando ánimos a su amigo o socio Shylock frente a la muchedumbre de amigos de Antonio y al mismísimo Dux de Venecia. Sus ojos inquietos miraban de arriba abajo al Mercader que estaba delante de él, con su pecho desnudo ofreciéndose al cuchillo.
 
- Mira, Memsahib -dijo-, podía haber cogido pedazos pequeños, muy pequeños. Podía haberle hecho sufrir mucho bastante antes de coger la libra de su carne.
 
Dije:
 
- Sí, pero en el cuento el judío renuncia.
 
- Sí, pero fue una gran lástima -dijo Farah.
 
 
   
Isak Dinesen: Karen Blixen (Dinamarca, 1885-1962)
 
La ilustración corresponde a la Escena del juicio, óleo de Richard Smirke.

sábado, 25 de julio de 2015

Venecia: EL ANATOMISTA, de Federico Andahazi

"Diez años de educación y cuidados habían dado su fruto: era la mujer más bella de Venecia."

(Fragmento del capítulo El hacedor)
 
II 

Mássimo Troglio —en su virtud, o quizás a su pesar— hizo de Mona Sofía su obra más sublime. Diez años de educación y cuidados habían dado su fruto: era la mujer más bella de Venecia. El Hacedor supo ser paciente; cuando su pupila cumplió los trece años le anunció que había llegado la hora de la iniciación. Mona fue presentada en sociedad en la festa di graduazione que, todos los años, Mássimo Troglio daba en su palacio. Se trataba de una emotiva ceremonia en la cual cada graduada recibía el nombramiento de funcionaría pública de manos de algún notable del Estado de la República. Cuando Mona Sofía fue anunciada, sobrevino un silencio hecho de veneración y estupor. La Venus de Médici era una rústica campesina comparada con aquella mujer que acababa de trasponer la puerta del salón.
 
Desde todos los puntos de Europa llegaban nobles señores hasta la Scuola y pagaban verdaderas fortunas. En menos de seis meses, Mássimo Troglio había recuperado hasta el último ducado invertido en su pupila. En el curso del primer año, el Hacedor quintuplicó el total de su inversión. El cuerpo de Mona Sofía había incrementado el patrimonio de Mássimo Troglio en... ¡dos mil ducados!
 
 
Federico Andahazi (Argentina, 1963) 

domingo, 19 de julio de 2015

Venecia: LA GÓNDOLA DE LAS QUIMERAS, de Maurice Dekobra

"... todo se iluminará a la hora de los cohetes y bajo los soles de un fuego artificial."

(Fragmento sobre la fiesta del redentor, el tercer domingo de julio)

La noche del redentor. Son las once. Toda Venecia se esparce sobre la laguna. Estos racimos humanos apretados en las góndolas desde las que pavonean sus farolas, se deslizan sobre el agua congestionando el camino, estorbando los canales, asediando las estacadas. Las proas se dirigen hacia la Giudecca, rumbo al domo austero de la iglesia del Redentor, polo magnético de la fiesta; todo se iluminará a la hora de los cohetes y bajo los soles de un fuego artificial. Las barcas circulan por el Gran Canal debajo del puente construido especialmente para esta gala anual.

 
Maurice Dekobra (Francia, 1885-1973)

(Traducido del francés por Jules Etienne)

lunes, 29 de junio de 2015

Circe: ODAS, de Horacio

"... evitarás el ardiente fuego de la Canícula, y con la lira de Teos ensalzarás a Penélope y la artificiosa Circe."
 
Libro primero
 
Oda XVII. A Tindaris
 
El veloz Fauno suele trocar el Liceo por mi amena Lucretila, y defiende del ardor estival y las lluvias huracanadas a mis cabras, que, desviándose de sus mal olientes maridos, recorren impunemente el apacible bosque tras el dulce madroño y el tomillo.
 
Los cabritos no temen a las verdes culebras ni a los rapaces lobos, cuando el dios, ¡oh Tíndaris!, hace resonar su dulcísima avena por los valles y rocas sembradas en la pendiente del Ústica.
 
Los dioses me protegen, mi piedad y mis cantos son adeptos a los dioses. Aquí la abundancia, enriquecida con los frutos del campo, derramará en profusión para ti los dones de su cuerno fecundo.
 
Aquí, en el sombrío valle, evitarás el ardiente fuego de la Canícula, y con la lira del cantor de Teos ensalzarás a Penélope y la artificiosa Circe, enamoradas las dos del gran Ulises.
 
Aquí, a la sombra, colmarás los vasos del inocente vino de Lesbos, sin temor de que el hijo de Sémele, unido con Marte, nos impulse a peligrosas reyertas, ni recelar que el protervo Ciro, abusando de tu debilidad, ponga en ti sus manos insolentes y te quite la guirnalda de los cabellos y rompa el vestido que cela tus encantos.


Quinto Horacio Flaco: Quintus Horatius Flaccus (Poeta latino, 65 a. de C.-8 a. de C.)
 
La ilustración corresponde a las ruinas de Tindaris en Sicilia, Italia.

domingo, 28 de junio de 2015

Circe: DIVINA COMEDIA, de Dante Alighieri

 
(Fragmento del canto vigésimo sexto)
 
Círculo octavo del infierno: Fraude
 
El alto cuerno de la hoguera antigua,
como la llama que fustiga el viento,
al par que estaba inmóvil la contigua,
 
se agitó con activo movimiento,
como lo hace al hablar la lengua humana,
y echó hacia afuera su escondido acento:
 
«Cuando libre de Circe la inhumana,
que más de un año en Gaeta me retuvo,
donde antes de Eneas era soberana,
 
«ni el cariño por mi hijo me contuvo,
ni de mi viejo padre la ternura,
ni el amor de Penélope me abstuvo,
 
«de correr por doquier a la ventura,
por conocer el mundo como experto,
y al hombre con sus vicios y cultura.

«Lánceme sin temor en mar abierto,
con sólo un leño, y tuve por compaña,
pocos hombres, mas todos de concierto.
 
 
Dante Alighieri (Italia, 1265-1321).
 
(Versión rimada al español de Bartolomé Mitre). 

sábado, 27 de junio de 2015

Circe: LA ENÉIDA, de Virgilio


(Párrafos iniciales del Libro Séptimo)

Tú también ¡Oh Cayeta! nodriza de Eneas, diste con tu muerte eterna fama a nuestras playas; aun hoy tu memoria protege estos sitios, y tu nombre declara, si algo vale esta gloria, en qué lugar de la grande Hesperia descansan tus huesos.
 
Celebradas las exequias conforme al rito, y erigido un túmulo de tierra, el piadoso Eneas, luego que se sosegó el hondo mar, dio la vela y abandonó el puerto. Era de noche; soplaban las auras blandamente; la blanca luna los alumbraba en su rumbo y con su trémula luz rielaban las aguas del mar. Pasan las naves rozando la orilla del país circeo, donde la opulenta hija del sol hace resonar sus repuestos bosques con perpetuo canto, y en sus soberbios palacios quema oloroso cedro a la luz de la luna, mientras teje con sutil lanzadera delicadas telas. Allí se oyen, a deshora de la noche, rugido de leones luchando por romper sus cadenas; cerdosos jabalíes y osos, que se embravecen en sus jaulas, y aullidos de espantables lobos, a quienes la cruel Circe, a favor de poderosas yerbas, trocó la figura humana en semblante y cuerpo de fieras. Para que impelidos al puerto no experimentasen semejantes transformaciones los piadosos Troyanos ni tuvieran que pisar horribles playas, Neptuno hinchó sus velas con favorables vientos, y los impulsó en rápida fuga para sacarlos de aquel hirviente estrecho.


Publio Virgilio Marón: Publuis Vergilius Maro (Imperio romano, 70 a. de C.-19 a. de C.) 

viernes, 26 de junio de 2015

Circe: LOS MITOS GRIEGOS, de Robert Graves


(Fragmento)

Dirigió la única nave que le quedaba hacia el este y tras un largo viaje llegó a Eea, la isla de la Aurora, gobernada por la diosa Circe, hija de Helio y Perse, y por tanto hermana de Ectes, el terrible rey de Cólquíde. Circe era hábil en toda clase de encantamientos, pero quería poco a la especie humana. Cuando echaron suertes para decidir quién se quedaría vigilando el navio y quién saldría para explorar la isla, le tocó al querido compañero de Odiseo, Euríloco, desembarcar con otros veintidós tripulantes. Descubrió que Eea abundaba en robles y otras clases de árboles, y por fin llegó al palacio de Circe, construido en un gran claro hacia el centro de la isla. Lobos y leones rondaban por los alrededores, pero en vez de atacar a Euríloco y sus compañeros se enderezaban sobre las patas traseras y les acariciaban. Se habría podido tomar a aquellos animales por seres humanos, y en realidad lo eran, aunque los habían transformado así los hechizos de Circe.
 
Circe se hallaba en el vestíbulo, cantando mientras tejía, y cuando el grupo de Euríloco la llamó a gritos salió sonriendo y los invitó a comer en su mesa. Todos entraron alegremente, excepto Euríloco, quien, sospechando un engaño, se quedó afuera y atisbo ansiosamente por las ventanas. La diosa sirvió una comida de queso, cebada, miel y vino, para los marineros hambrientos; pero estaba drogada, y tan pronto como comenzaron a comer les tocó en el hombro con su varita y los transformó en puercos. Luego, abrió inexorablemente la portezuela de una pocilga, los encerró en ella, les echó unos puñados de bellotas y frutos del cornejo en el suelo fangoso y los dejó allí revolcándose.
 
Euríloco volvió llorando e informó a Odiseo de la desgracia ocurrida, quien tomó su espada y salió decidido a salvarlos, pero sin un plan fijo en la cabeza. Con gran sorpresa se encontró con el dios Hermes, quien le saludó cortésmente y le ofreció un remedio contra la magia de Circe: una flor blanca perfumada con la raíz negra, llamada moly, que sólo los dioses pueden reconocer y elegir. Odiseo aceptó el don agradecido y siguió su camino hasta el palacio de Circe, quien también le agasajó a él. Cuando hubo tomado la comida mezclada con drogas, Circe levantó la vara y le tocó con ella en el hombro, mientras le ordenaba: «Ahora ve a la pocilga y échate con tus compañeros.» Pero Odiseo había olido a escondidas la flor de moly, por lo que no quedó encantado, y se levantó de un salto espada en mano. Circe cayó llorando a sus pies y le suplicó: «¡Perdóname y compartirás mi lecho y reinarás en Eea conmigo!» Como sabía que las hechiceras poseen el poder de enervar y destruir a sus amantes, extrayéndoles secretamente la sangre en pequeñas ampollas, Odiseo hizo jurar solemnemente a Circe que no tramaría ninguna nueva travesura contra él. Ella juró por los dioses benditos y, después de proporcionarle un delicioso baño caliente, vino en copas de oro y una sabrosa cena servida por una venerable ama de llaves, se dispuso a pasar la noche con él en un lecho con colcha de púrpura. Pero Odiseo no quiso responder a sus requerimientos amorosos hasta que accedió a liberar no sólo a sus compañeros, sino también a todos los otros marineros encantados por ella. Una vez hecho eso se quedó de buena gana en Eea hasta que ella le hubo dado tres hijos: Agrio, Latino y Telégono.
 
Odiseo anhelaba continuar su viaje y Circe le dejó ir. Pero primeramente debía hacer una visita al Tártaro y buscar allí al adivino Tiresias, quien le profetizaría la suerte que le esperaba en Ítaca, si llegada alguna vez a ella, y después. «El soplo del Viento Norte conducirá tu nave -le dijo Circe- hasta que hayas atravesado el océano y llegues al bosque de Perséfone, notable por sus álamos negros y sus añosos sauces. En el punto donde los ríos Flegetonte y Cocito desembocan en el Aqueronte cava una zanja y sacrifica un carnero joven y una oveja negra, que yo misma proporcionaré, a Hades y Perséfone. Deja que la sangre entre en la zanja y mientras esperas a que llegue Tiresias ahuyenta a todas las otras ánimas con tu espada. Deja que Tiresias beba todo lo que quiera y luego escucha atentamente su consejo.»
 
Odiseo obligó a sus hombres a embarcarse, aunque se mostraban renuentes a dejar la agradable Eea por el país de Hades. Circe les proporcionó un viento favorable que los llevó rápidamente al Océano y a las lejanas fronteras del mundo donde a los Cimerios, rodeados de niebla, ciudadanos de la Oscuridad Perpetua, se les niega la vista del Sol. Cuando avistaron el Bosque de Perséfone desembarcó Odiseo e hizo exactamente lo que le había aconsejado Circe. La primera ánima que apareció en la zanja fue la de Elpenor, uno de sus propios marineros que pocos días antes, borracho, se había dormido en el techo del palacio de Circe y, al despertar aturdido, cayó a tierra y se mató. Odiseo había abandonado Eea tan apresuradamente que no advirtió la ausencia de Elpenor hasta que era ya demasiado tarde, y ahora le prometió un entierro decente.
   
Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985). 

martes, 23 de junio de 2015

Circe: EL OSCURO HECHIZO DE LA NOCHE DE SAN JUAN (DE MIRCEA ELIADE), de Lorena Rivera León

"... y por ello cita a ésta en el Jardín Botánico de Lisboa..."

Pasión, eternidad del instante. El oscuro hechizo de la noche de San Juan engullido en el abismo del vértigo.
 
(Fragmento)
 
En la noche de San Juan de 1936, Stefan Viziru, presa de un impulso irresistible, se adentra en la envolvente oscuridad de un bosque que fue escenario de su infancia, referencia de la memoria doliente por parte del amigo y lugar privilegiado de singulares encuentros pretéritos con lagartos y erizos. En la penumbra del momento anual más proclive a los hechizos, el joven detecta la inesperada presencia de una muchacha de la que se prenda al apenas entreverla. Le deslumbra, de inmediato, el color negro azulado de sus ojos y sus rizos, mas la masculinidad de algunos de sus gestos y el carácter varonil de su modo de caminar constituyen los rasgos específicos de Ileana que más cautivan a Stefan, presentes con mayor frecuencia que ningún otro cuando la evoca apesadumbrado. ¿No goza de cierta verosimilitud imaginar, entre las tinieblas encantadas de la noche de San Juan en el bosque de Baneasa, la aparición del maravilloso lagarto andrógino de embrujadora y deslumbrante belleza con el que ya se encontraran Eliade y Stefan en la beatitud paradisíaca de la infancia?
 
En su viaje laberíntico iniciático, el héroe se enfrenta no sólo a los hechizos de la maga Circe, sino también a la belleza embaucadora de Calipso. En un principio, Stefan cree posible que la ninfa se encarne en la señorita Zissu y por ello cita a ésta en el Jardín Botánico de Lisboa y le habla de su isla de cuatro fuentes e innumerables especies de árboles. Sin embargo, enseguida percibe que es Circe quien toma cuerpo en la salvaje, carnal e impetuosa Stella Zissu, poseedora de una pasión voraz, metafóricamente comparable a la avidez de una vampiresa por la sangre. Si Circe se ha encarnado en Stella, Calipso sólo puede haber cobrado forma humana en Ileana. En su versión rumana, la ninfa no es dueña de una maravillosa isla de cuatro fuentes, con bellos jardines y bosques, repleta de flores y de grutas fascinantes donde retener a Ulises; pero halla sus dominios en la fosca frondosidad de los bosques espesos en cuyo lugar hubo charcas en un tiempo mítico. El agua es el elemento predilecto de Calipso, lo cual explique tal vez que, en Portugal, Ileana aguarde a Stefan junto a la fuente de Inés de Castro.
 
 
Lorena Rivera León (España, 19??)
 
La ilustración corresponde a una fotografía del Jardín Botánico de Lisboa.

martes, 9 de junio de 2015

Noches de junio


"Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta el amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de Prudencio Aguilar." El párrafo anterior, de la célebre novela Cien años de soledad, es el que precede al relato de la travesía por la sierra de José Arcadio Buendía que finalmente los llevaría a fundar Macondo. Y es que Úrsula no dejaba de alucinar las apariciones del difunto Prudencio Aguilar:

"Los muertos no salen", dijo. "Lo que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia." Dos noches después, Úrsula volvió a ver a Prudencio Aguilar en el baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cristalizada del cuello.

Después de eso, fastidiado por lo que su mujer le contaba, José Arcadio sale al patio con una lanza y lo amenaza: "Cuantas veces regreses volveré a matarte"; pero ni él se atrevió a arrojar la lanza ni pudo volver a dormir bien. Por eso fue que prefirieron emigrar: "Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo."

Y para continuar con ese tipo de atmósfera, Arthur Machen, un autor galés del siglo XIX y principios del XX, se especializó en cuentos fantásticos como El gran Pan y Pueblo blanco -a los que se ha referido el cineasta Guillermo del Toro: "Me gustaría que El laberinto del fauno transmitiera la misma sensación que los relatos de Arthur Machen"-, así como las novelas Los tres impostores y La casa de las almas. Al fallecer su primera esposa, en 1899, dejó temporalmente de escribir y se unió a la Orden del Amanecer Dorado, una sociedad secreta dedicada al esoterismo. Vale la pena mencionar que en su juventud tuvo la oportunidad de trabajar con el editor y librero George Redway, quien le encomendó catalogar su colección de libros de ocultismo, lo que le serviría en un futuro para orientar el carácter de su obra. Su traducción de las Memorias de Casanova fue una de las más completas y eróticas, por lo que se dificultó su edición correspondiente durante la época de la estricta moral victoriana. En 1914, al inicio de la primera guerra mundial, escribió un relato ficiticio titulado Los ángeles de Mons, sobre unos arqueros celestiales que supuestamente habían intervenido en favor del ejército británico en la batalla de ese nombre, lo que provocó que muchos lectores lo consideraran un hecho real e incluso hubo quien llegó a aprovechar dicho material para tratar de comprobar la existencia de los ángeles. Su cuento El misterio glorioso le permitió el acceso a otro mercado de lectores, al ser publicado en una revista estadounidense. Se advierte su influencia en la obra de autores como H. P. Lovecraft, quien lo reconocía como uno de los maestros del horror sobrenatural.

A Machen se le conoce en México a través de un relato suyo: El misterio de Islington, que sirvió como argumento para el guión de la película de humor negro El esqueleto de la señora Morales, con Arturo de Córdova y Amparo Rivelles. El siguiente es un párrafo de su cuento El libro verde:

Luego, otro día, vieron que llevaba alrededor del cuello el collar más hermoso que jamás se había visto por aquellos contornos, mucho más brillante que el collar más elegante de la propia reina, compuesto de centenares de diamantes relucientes, que resplandecían como las estrellas en una noche de junio.

Ahora un fragmento de Los niños de la charca, que forma parte del volumen Pueblo blanco:

Y Arnold se puso en camino, de vuelta a Londres, mientras muchas cosas le daban vueltas en la cabeza. La mayoría de ellas parecían muy confusas, pero él se preguntaba si el huésped de la señora Wilson estaría loco de remate; más loco que el señor Hampole o el granjero de Somerset, o Charles Dickens, cuando vio aparecerse a su padre junto al lecho. Arnold hizo el recuento de sus perplejidades e indagaciones en la siguiente reunión con los tres amigos en el tranquilo patio delantero de la posada. El escenario se había transformado: era una noche de junio en la que los árboles del jardín se agitaban a expensas de la brisa fresca, misma que transportaba al corazón de Londres un vago aroma de los lejanos campos de heno. El licor de la jarra marrón olía a viñas y huertas gasconas, y le pusieron hielo, aunque no por mucho tiempo. Lo único que dijo Harliss durante todo el relato de Arnold fue:

- Conozco cada rincón de ese vecindario y le aseguro que no existe semejante lugar.

También Edgar Allan Poe escribió sobre la medianoche en el mes de junio, en su poema La durmiente, al que en español a veces se le conoce -de manera imprecisa-, como En una noche de junio. Pero de eso ya me ocuparé mañana.


Jules Etienne

La ilustración corresponde a Un sueño de Escocia (A dream of Scotland), de Elena Orlova.

lunes, 25 de mayo de 2015

Madeleine: PARADISO o «le revenant», de Leopoldo María Panero

"... pero había días en que Havre–Caumartin era la cárcel, o el pozo en que se está tres jugadas..."

(Párrafo inicial)
 
I
 
Amaba al metro más que a una mujer: sus laberintos, sus encrucijadas, sus dobleces, sus sorpresas, el jeroglífico de sus flechas, el misterio de sus hombres, la infinita aventura de vivir siempre la otra vida: amaba al Metro más que a toda mujer. Era algo así como el “juego de la oca”, Le noble jeu de l´oie, en aquella antigua edición que me regalara mi madre, tan improbable, tan lejana, ya, tan insultada y tan violada por el tiempo: pero había días en que Havre–Caumartin era la cárcel, o el pozo en que se está tres jugadas, otras en que Étoile–Nation era un puente para ir lejos, más lejos. Eso era el decorado inefable: luego estaban los personajes: aquella mujer húngara que hablaba siempre sola en su idioma extraño, el clochard demasiado gigantesco que llenaba con su voz todo el vagón, el hombre que tenía en su frente la media luna. Al salir afuera, llovía siempre, era la noche eterna, y los hombres vagaban como extraviados, libres de aquellos hilos que en el Metro les unían como para un baile o un rito antiguo; así: las trenzas de esa chica que no puede sino sobrellevar el nombre de Madeleine, me llevan directamente, como una flecha, al cabello enrarecido de la Vieja, porque ambos emblemas significaban lo mismo, en aquella sobrenatural lotería: a la primera, y a todas las que como ellas debían por fuerza llamarse Madeleine, yo le había puesto el nombre de “la blanca”, dispensadora de suerte; a la segunda, el de “la gracia”, como la Parca antigua de los griegos, que por la muerte la donaba.
 
 
Leopoldo María Panero (España, 1948-2014)

domingo, 24 de mayo de 2015

Madeleine: MADELEINE EN LA LAMPARILLA DE NOCHE, de René Char

"Mas ellos olvidaron al partir cubrir la lamparilla de noche..."
 
Yo querría hoy que la hierba fuese blanca para pisar la evidencia de verte sufrir: yo no miraría bajo tu mano joven la forma dura, sin enlucido, de la muerte. Un día discrecional, otros, sin embargo, menos ávidos que yo, quitaron vuestra camisa de tela, ocuparon vuestra alcoba. Mas ellos olvidaron al partir cubrir la lamparilla de noche y un poco de aceite se derrama por el puñal de la flama sobre la imposible solución.

 
René Char (Francia, 1907-1988)
 
(Traducido del francés por Wilfredo Carrizales) 

sábado, 23 de mayo de 2015

Madeleine: SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky

"En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos perdían su resonancia trágica."
 
(Fragmento del capítulo 24)
 
Jean-Marie sólo veía a sus anfitriones a la hora de las comidas. El resto del día lo dejaban en manos de la anciana. Al atardecer, dos chicas jóvenes se sentaban junto a él. A una la llamaban «la Cécile» y a la otra «la Madeleine». Al principio, Jean-Marie creyó que eran hermanas. Pero no. La Cécile era la hija de la granjera y la Madeleine, una huérfana. A las dos daba gusto verlas, porque eran, si no atractivas, lozanas; Cécile tenía una cara redonda, ojos negros y vivos, y Madeleine, rubia y más fina, unas mejillas resplandecientes, sedosas y sonrosadas como la flor del manzano. Las chicas lo pusieron al corriente de los acontecimientos de la semana. En su boca, en sus palabras un tanto vacilantes, todos aquellos sucesos, extraordinariamente graves, perdían su resonancia trágica. «Es muy triste», decían, o: «Todo esto no es nada agradable», o: «¡Ay, señor, estamos muy preocupadas!» Jean-Marie se preguntaba si era una forma de hablar habitual entre la gente de la región o algo más profundo, que tenía que ver con el alma misma de aquellas chicas, con su juventud, un instinto que les decía que las guerras pasan y el invasor se marcha, que la vida, incluso deformada y mutilada, continúa.

 Irène Némirovsky
(Escritora en lengua francesa nacida en Rusia y muerta en Auschwitz, 1903-1942).
 
(Traducido al español por José Antonio Soriano Marco)

viernes, 22 de mayo de 2015

Madeleine: LA NÁUSEA, de Jean Paul Sartre

"Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez."

(Fragmento del capítulo Las cinco y media)

Sentí una viva decepción en el sexo, un largo cosquilleo desagradable. Al mismo tiempo, sentía que la camisa me rozaba la punta de los pechos, y la impresión de que un lento torbellino encendido me rodeaba, me llevaba, un torbellino de bruma, de luces, en el humo, en los espejos, en las banquetas que brillaban en el fondo, y no veía por qué estaba allí, ni por qué pasaba eso. Me había detenido en la puerta, no sabía si entrar, y entonces se produjo un remolino, pasó una sombra por el techo y me sentí empujado hacia adelante. Flotaba, me aturdían las brumas luminosas que me penetraban por todas partes a la vez. Madeleine vino flotando a quitarme el sobretodo, y observé que se había estirado el pelo y llevaba pendientes: no la reconocí. Yo miraba sus grandes mejillas, que corrían interminables hacia las orejas. En el hueco de las mejillas, bajo los pómulos, había dos manchas color de rosa, bien aisladas, que parecían aburrirse en esa carne pobre. Las mejillas corrían, corrían hacia las orejas, y Madeleine sonreía:
 
- ¿Qué toma usted, señor Antoine?
 
Entonces me dio la Náusea: me dejé caer en el asiento, ni siquiera sabía dónde estaba; veía girar lentamente los colores a mi alrededor; tenía ganas de vomitar. Y desde entonces la Náusea no me ha abandonado, me posee.
 
 
Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980). Obtuvo el premio Nobel de literatura en 1964.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Madeleine: DE ENTRE LOS MUERTOS, de Boileau-Narcejac

"... detestaba el ejército, la guerra y aquel teatro demasiado lujoso..."
 
(Fragmento inicial del capítulo II)

«Debo parecer un estúpido» pensaba Flavieres. Fingía que jugaba distraídamente con sus gemelos de nácar y trataba de parecer importante y hastiado, pero no se podía decidir a llevarse los gemelos a los ojos para mirar a Madeleine. Había muchos uniformes a su alrededor. Las mujeres que acompañaban a los oficiales tenían gesto de satisfacción orgullosa y Flavieres las odiaba; detestaba el ejército, la guerra y aquel teatro demasiado lujoso lleno de rumores marciales y frívolos. Cuando volvía la cabeza, veía a Gevigne con las manos cruzadas sobre la barandilla del palco. Madeleine estaba un poco más atrás, con la cabeza graciosamente inclinada; parecía morena, esbelta, pero Flavieres sólo distinguía confusamente sus facciones. Tenía la impresión de que era bonita, con un algo ligeramente travieso, tal vez a causa de su cabellera demasiado abundante. ¿Cómo había podido el grueso de Gevigne hacerse amar por una mujer tan elegante? El telón se había alzado para un espectáculo que no interesaba a Flavieres. Había cerrado los ojos; pensaba en la época en que Gevigne y él compartían la misma habitación, por economía. Los dos eran igualmente tímidos y las estudiantes se burlaban de ellos, y a propósito, se hacían provocativas. Por el contrario, había jóvenes que conquistaban todas las mujeres que querían. Sobre todo uno, a quien llamaban Marco. No era muy inteligente ni muy guapo. Un día, Flavieres le interrogó. Marco le contestó sonriendo:
 
- Háblales como si ya te hubieras acostado con ellas. ¡Es el único medio!
 
Flavieres no se había atrevido nunca a hacerlo. No sabía ser insolente. Ni siquiera sabía tutear. Sus colegas, cuando era un joven inspector, se burlaban de él, lo consideraban como un tipo extraño. Se le temía un poco. ¿En qué momento se había atrevido Gevigne? ¿Con qué mujer? Tal vez con Madeleine. Flavieres la llamaba Madeleine, como si se tratara de una aliada, como si Gevigne fuera su enemigo común. Trataba de imaginar el comedor del Continental. Se veía cenando con Madeleine por primera vez, haciendo una señal al maître, escogiendo los vinos. ¡No, imposible! El maître le habría mirado con desdén. Y luego habría que atravesar el inmenso comedor... y, más tarde, la habitación... Madeleine desvistiéndose... ¡Al fin y al cabo, era su mujer!... Flavieres volvió a abrir los ojos, se removió, sintió deseos de abandonar la partida. Pero estaba aprisionado en el centro de una fila y hacía falta mucho aplomo para molestar a tantos espectadores. A su alrededor resonaron risas, unos cuantos aplausos que se contagiaron rápidamente, invadieron la sala, se mantuvieron durante un minuto y se extinguieron. Los actores hablaban del amor, evidentemente. ¡Ser actor! Flavieres se estremeció de asco, con vergüenza, por el rabillo del ojo, buscó a Madeleine. En la penumbra dorada destacaba como un retrato. Las joyas relucían en su cuello, en sus orejas. También sus ojos parecían luminosos. Escuchaba, con el rostro inclinado, como esas desconocidas que se admiran en los museos, La Gioconda, La Belle Ferronière...


Pierre Boileau (Francia, 1906-1989)
Thomas Narcejac: Pierre Ayraud (Francia, 1908-1998)

martes, 19 de mayo de 2015

Madeleine: MADELEINE FÉRAT, de Émile Zola


(Fragmento)

Madeleine rondaba los veinte años. Llevaba un vestido muy sencillo de tela gris, enmarcado por una guarnición de cintas azules; un pequeño sombrero de paja coronaba su admirable cabellera de un rojizo ardiente con reflejos dorados, que se escapaba para formar un chongo detrás de su cabeza. Era una muchacha alta y bella, cuyos miembros fuertes y flexibles proyectaban una rara energía. Su rostro era característico. En su parte superior tenía una solidez casi masculina, no había líneas suaves en la piel de su frente; las sienes, la nariz y las mejillas acusaban las redondeces de su estructura ósea, dando a la figura una apariencia con el frío y la firmeza del mármol. La parte inferior de la cara, por el contrario, era de una delicadeza exquista, tenía una suavidad voluptuosa en sus mejillas y en las esquinas de la boca se formaban un par de hoyuelos; la barbilla, fina y nerviosa, desembocaba suavemente en el cuello; las facciones ya no eran tensas ni rígidas, eran graciosas, móviles, y cubiertas por el sedoso plumón de su piel, poseían una infinita variedad de expresiones y una adorable encanto; en el centro, los labios un poco gruesos, de un rosa vivo, parecían demasiado rojos para esa tez tan blanca, a la vez severa e infantil.


Émile Zola (Francia, 1840-1902)

lunes, 18 de mayo de 2015

Madeleine: AMAURY, de Alexandre Dumas

"Antoinette dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de inteligencia, repuso..."
 
(Fragmento inicial del capítulo II)

El joven dijo a su amada en voz baja:
 
- ¡Es un horrible tormento, Madeleine, el no poder vernos con libertad y a solas muy de tarde en tarde! ¿Crees que es casualidad o que tu padre lo ha dispuesto de este modo?
 
- No sé qué pensar, Amaury -respondió Madeleine-. Sólo puedo decirte que lo siento como tú. Cuando podíamos vernos a todas horas no sabíamos apreciar en su justo valor nuestra dicha. No en vano dicen que la sombra es lo que hace que el sol sea deseable.
 
- ¿Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoinette que nos prestaría un señalado servicio alejando de aquí por un rato a la señora Braun? Me parece que se queda aquí más por costumbre que por prudencia, y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.
 
- Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no sé a qué atribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro la boca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en mi garganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.
 
- También yo lo sé, Madeleine; pero necesito que me lo digas tú misma en alta voz. Para mí no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, y así y todo preferiría privarme de ella a tener que contemplarte ante personas extrañas, frías e indiferentes que obligan al disimulo. No acierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejante tiranía.
 
Madeleine se levantó y dijo sonriente:
 
- Amaury, ¿quieres ayudarme a buscar en el jardín algunas flores? Estoy pintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.
 
Antoinette dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de inteligencia, repuso:
 
- Madeleine, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con el tiempo frío y nebuloso que está haciendo. Ya iré yo. ¡Verás qué ramo tan precioso voy a traerte! Señora Braun, hágame el favor de traerme al jardín el ramo que verá usted en un jarro del Japón sobre una mesita del cuarto de Madeleine, porque hay que hacerlo enteramente igual a ése.
Diciendo esto bajó al jardín por la escalinata, mientras que el aya, que no tenía que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Madeleine y que conocía los vínculos de afecto que les unían desde la niñez, iba en busca del ramo.
 
Amaury la siguió con los ojos, y así que la perdió de vista tomó con dulzura la mano de Madeleine, exclamando con acento apasionado:
 
- ¡Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante! Aprovechémoslo, Madeleine: mírame, dime que me amas, pues a ser sincero, desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo. De mí, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.
 
Alexandre Dumas (Francia, 1802-1870)