Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne).

jueves, 14 de mayo de 2020

Epidemias: EL HORLA, por Guy de Maupassant

"Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño (…) Me pareció tan hermoso, blanco y alegre."

(Fragmento)
19 de agosto.

¡Ya sé. . . ya sé todo! Acabo de leer lo que sigue en la Revista del Mundo Científico: «Nos llega una noticia muy curiosa de Río de Janeiro. Una epidemia de locura, comparable a las demencias contagiosas que asolaron a los pueblos europeos en la Edad Media, se ha producido en el Estado de San Pablo. Los habitantes despavoridos abandonan sus casas y huyen de los pueblos, dejan sus cultivos, creyéndose poseídos y dominados, como un rebaño humano, por seres invisibles aunque tangibles, por especies de vampiros que se alimentan de sus vidas mientras los habitantes duermen, y que además beben agua y leche sin apetecerles aparente- mente ningún otro alimento.

«El profesor don Pedro Henríquez, en compañía de varios médicos eminentes, ha partido para el Estado de San Pablo, a fin de estudiar sobre el terreno el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura, y poder aconsejar al Emperador las medidas que juzgue convenientes para apaciguar a los delirantes pobladores.»

¡Ah! ¡Ahora recuerdo el hermoso bergantín brasileño que pasó frente a mis ventanas remontando el Sena, el 8 de mayo último! Me pareció tan hermoso, blanco y alegre. Allí estaba él que venía de lejos, ¡del lugar de donde es originaria su raza! ¡Y me vio! Vio también mi blanca vivienda, y saltó del navío a la costa. ¡Oh, Dios mío!


Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893).

miércoles, 13 de mayo de 2020

Epidemias: MOBY DICK, de Herman Melville

"... poco antes habían visto un barco con seis casos de peste por llevar una ballena roñosa al costado."

(Fragmento del capítulo XIV)

Pronto estuvo en cubierta, donde descubrió un extraño espectáculo. Los marineros, con gorros de punto encarnado, aprestaban los grandes aparejos de cuadernales para las ballenas, pero trabajaban despacio y hablaban de prisa, y todos con las narices hacia arriba. De vez en vez alguno dejaba el trabajo y se iba hacia el palo mayor para respirar un aire algo más puro.

Sorprendió a Stubb una serie de maldiciones y gritos que procedían de popa, y al mirar vio una cara furibunda que asomaba a la puerta del camarote del capitán. Stubb, astutamente, se fue a charlar con el primer oficial, quien le dijo que detestaba a su capitán, porque era un ignorante vanidoso que les había metido en aquel asunto repugnante. Haciéndole algunas preguntas capciosas, comprendió que aquel tipo no sabía nada del ámbar gris. Se calló, por tanto, pero en todo lo demás se mostró amable y confiado. Luego le preguntó si quería que su capitán abandonase tan repugnante faena. El otro asintió y Stubb le dijo algunas palabras en voz baja. En ese momento salió el capitán del camarote y el primer oficial le presentó a Stubb, adoptando el papel de intérprete.

- ¿Qué le digo primero? -preguntó el primer oficial.

- Dile que es una especie de tonto, un niño tonto y grande -lo que el primer oficial tradujo como que el americano le contaba que poco antes habían visto un barco con seis casos de peste por llevar una ballena roñosa al costado.

El capitán pidió más detalles.

- Dile -agregó Stubb-, que me parece un mico y que no tiene ni idea de lo que hay que hacer en un buque.

- Afirma, monsieur, que la otra ballena, la seca, es aún más peligrosa que la roñosa, y que si valoramos en algo nuestras vidas, debemos soltarlas inmediatamente o pereceremos de peste.

El capitán salió corriendo y ordenando que desenganchasen los cadáveres de las ballenas.

La conversación continuó en términos parecidos. A las barbaridades de Stubb, el piloto de Guernesy agregaba algunos detalles que convencieran al capitán de que debía cuanto antes librarse de sus huéspedes. Ambos rieron mucho al ver la cara del capitán cuando éste volvió a su camarote. Stubb le dijo al primer oficial que enviarían un cable desde el Pequod para remolcar la ballena y separarla del buque francés.


Herman Melville (Estados Unidos, 1819-1891).

martes, 12 de mayo de 2020

Epidemias: ANGÉLIQUE, de Gérard de Nerval

"Pues en Villefranche, por miedo a la peste, no quisieron dejarnos tomar víveres."

(Fragmento de la séptima carta)

Angélique permaneció tres días en cama, luego volvieron a tomar la barca del Ródano, y pudieron llegar a Aviñón, donde Angélique hizo curar su herida, y habiendo tomado una nueva barca cuando se sintió mejor, llegaron por fin a Toulon el día de Pascua.

Una tempestad los acogió al salir del puerto para ir a Génova; se detuvieron en una ensenada, en el castillo llamado de Saint-Soupir, cuya dama, viéndolos salvados, mandó cantar el Salve regina. Luego les dio la colación a la moda del país, con aceitunas y alcaparras, y ordenó que dieran a su lacayo alcachofas.

«Veis aquí -dice Angélique- lo que es amor: aun cuando estábamos en un lugar que no era habitado de nadie, hubo que ayunar los tres días que esperamos el buen viento. No obstante las horas me parecían minutos, aun cuando estaba muy hambrienta. Pues en Villefranche, por miedo a la peste, no quisieron dejarnos tomar víveres. Así todos muy hambrientos, nos hicimos a la vela; pero antes, por temor de naufragar, me quise confesar a un buen padre franciscano que estaba en nuestra compañía, y el cual también venía a Génova.


Gérard de Nerval (Francia, 1808-1855). 

lunes, 11 de mayo de 2020

Epidemias: EL REY PESTE, de Edgar Allan Poe

"... taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «Alegre Marinero»."

(Fragmentos)

Al toque de las doce de cierta noche del mes de octubre, durante el caballeresco reinado de Eduardo III, dos marineros de la tripulación del Free and Easy, goleta que traficaba entre Sluis y el Támesis y que anclaba por el momento en este río, se asombraron muchísimo al hallarse instalados en el salón de una taberna de la parroquia de St. Andrews, en Londres, taberna que enarbolaba por muestra la figura de un «Alegre Marinero».

()

En los tiempos de este memorable relato, así como muchos años antes y muchos después, en toda Inglaterra, y especialmente en Londres, resonaba periódicamente el espantoso clamor de: « ¡La peste!» La ciudad había quedado muy despoblada, y en las horribles regiones vecinas al Támesis, donde entre tenebrosas, angostas e inmundas callejuelas y pasajes parecía haber nacido el Demonio de la Enfermedad, erraban tan sólo el Temor, el Horror y la Superstición. Por orden del rey aquellos distritos habían sido condenados, y se prohibía, bajo pena de muerte, penetrar en sus espantosas soledades. Empero, el mandato del monarca, las barreras erigidas a la entrada de las calles y, sobre todo, el peligro de una muerte atroz que con casi absoluta seguridad se adueñaba del infeliz que osara la aventura, no podían impedir que las casas, vacías y desamuebladas, fueran saqueadas noche a noche por quienes buscaban el hierro, el bronce o el plomo, que podía luego venderse ventajo- samente.

Lo que es más, cada vez que al llegar el invierno se abrían las barreras, se comprobaba que los cerrojos, las cadenas y los sótanos secretos habían servido de poco para proteger los ricos depósitos de vinos y licores que, teniendo en cuenta el riesgo y la dificultad de todo traslado, fueran dejados bajo tan insuficiente custodia por los comerciantes de alcoholes de aquellas barriadas. Pocos, sin embargo, entre aquellos empavorecidos ciudadanos atribuían los pillajes a la mano del hombre. Los demonios populares del mal eran los espíritus de la peste, los dueños de la plaga y los diablos de la fiebre; se contaban historias tan escalofriantes, que aquella masa de edificios prohibidos terminó envuelta en el terror como en una mortaja, y hasta los saqueadores solían retroceder aterrados por la atmósfera que sus propias depredaciones habían creado; así, el circuito estaba entregado por completo a la más lúgubre melancolía, al silencio, a la pestilencia y a la muerte.

En una de aquellas aterradoras barreras que señalaban el comienzo de la región condenada se vieron súbitamente detenidos Patas y el digno Hugh Tarpaulin en el curso de su carrera callejuelas abajo. Imposible era retroceder y tampoco perder un segundo, pues sus perseguidores les pisaban los talones. Pero, para lobos de mar como ellos, trepar por aquellas toscas planchas de madera era cosa de juego; excitados por la doble razón del ejercicio y del licor, escalaron en un santiamén la valla y, animándose en su carrera de borrachos con gritos y juramentos, no tardaron en perderse en el fétido e intrincado laberinto.

De no haber estado borrachos perdidos, sus tambaleantes pasos se hubieran visto muy pronto paralizados por el horror de su situación. El aire era helado y brumoso. Las piedras del pavimento, arrancadas de sus alvéolos, aparecían en montones entre los pastos crecidos, que llegaban más arriba de los tobillos. Casas demolidas ocupaban las calles. Los hedores más fétidos y ponzoñosos lo invadían todo; y con ayuda de esa luz espectral que, aun a medianoche, no deja nunca de emanar de toda atmósfera pestilencial, era posible columbrar en los atajos y callejones, o pudriéndose en las habitaciones sin ventanas, los cadáveres de muchos ladrones nocturnos a quienes la mano de la peste había detenido en el momento mismo en que cometían sus fechorías.

Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849).

domingo, 10 de mayo de 2020

Epidemias: MARSELLA, de Joseph Méry

"... cuando vino la peste, veinte veces desde el Oriente, golpeando esta desnuda ciudad que desfallece..."

a Alexandre Dumas

(Fragmento de la tercera estrofa)

Hoy, navegas al archipiélago vecino,
La brisa obedece a tu alegre llamado,
No sé por qué los tristes sueños
De mi visión florida son dueños.
Pienso en los días en que el luto ha pasado
Un colorido tinte de sangre en torrente
Cuando vino la peste, veinte veces desde el Oriente,
Golpeando esta desnuda ciudad que desfallece;
Donde los templos sagrados de la orilla cercana,
Mueren bajo el fierro sarraceno o la espada romana,
Siento como el gris vapor se desvanece
Y mi boca un suspiro en la brisa abandona.


Joseph Méry (Francia, 1797-1866).

sábado, 9 de mayo de 2020

Epidemias: EL BUQUE FANTASMA, de Frederick Marryat

"Una mariposa colocada en un frasco de aceita, iluminaba débilmente la estancia."

(Fragmento del capítulo XIII)

Una mariposa colocada en un frasco de aceite, iluminaba débilmente la estancia; las cortinas del lecho estaban corridas y junto a él se encontraba el padre Leysen. Felipe retrocedió; la sangre se le helaba en las venas; no podía hablar. Falto de aliento, se apoyó contra la pared y, al fin, exhaló un profundo suspiro, que hizo volver la cabeza al sacerdote, quien, al conocerlo, le extendió la mano sin pronunciar una palabra.

- ¿Ha muerto? -preguntó Felipe.

- No, hijo mío; aún queda esperanza. En este momento sufre una crisis terrible; antes del atardecer se decidirá su suerte, y sabremos si se puede esperar que se restablezca, o seguirá la suerte de los muchos centenares de víctimas que la epidemia ha llevado al sepulcro.

El padre Leysen se acercó al lecho y descorrió las cortinas. Amina permanecía insensible, respiraba con dificultad y tenía los ojos cerrados. Felipe besó apasionadamente su ardorosa mano, y prorrumpió en amargo llanto; pero el párroco le convenció de que debía tranquilizarse, y ambos tomaron asiento junto a la enferma.

- Penosamente, has llegado a tiempo de presenciar una terrible escena, Felipe; escena muy dolorosa para ti, que eres tan vehemente e impetuoso; pero es preciso conformarse con la voluntad de Dios. Todavía queda alguna esperanza, según ha dicho el médico que la asiste, y a quien estamos esperando. Tu esposa padece fiebre tifoidea, enfermedad que ha arrebatado la vida a centenares de familias en estos dos últimos meses, hasta tal punto que puede considerarse afortunada la casa en que no ha habido más que una defunción. Siento que hayas regresado en esta ocasión, porque la enfermedad es contagiosa. Muchas personas han huido del país, y, para colmo de desdichas, casi carecemos de médicos porque la muerte no ha respetado a nadie.

Frederick Marryat (Inglaterra, 1792-1848).

viernes, 8 de mayo de 2020

Epidemias: NARCISO Y GOLDMUN- DO, de Hermann Hesse

"En una ciudad, Goldmundo vio arder (…) todo el barrio judío, casa por casa..."

(Fragmento del capítulo XIV)

Y, sin embargo, lo que le esperaba era aún peor de lo que se había figurado. La cosa empezó ya en las primeras caserías y aldeas, y persistió y se fue haciendo más grave cuanto más avanzaba. Toda la comarca, el país entero estaban bajo una nube de muerte, bajo un velo de congoja, horror y taciturnidad y lo peor no eran las casas deshabitadas ni los perros muertos de hambre que se pudrían atados a la cadena, ni los cadáveres insepultos, ni los niños mendicantes, ni las grandes fosas comunes junto a las ciudades. Lo peor eran los vivos, que, bajo el peso de terrores y angustias mortales, parecían haber perdido los ojos y el alma. Cosas extrañas y terribles oyó y vio por dondequiera el vagabundo. Hubo padres que abandonaron a sus hijos y maridos que abandonaron a sus mujeres cuando se enfermaron. Los sayones de la peste y los esbirros que del hospital mandaban como verdugos saqueaban las casas sin moradores y, cuando les parecía, dejaban sin enterrar los cadáveres, o bien sacaban de sus lechos a los moribundos antes de que hubiesen expirado y los echaban a las carretas mortuorias. Aterrados fugitivos vagaban solitarios de un lado para otro, alocados, rehuyendo todo contacto con los hombres, aguijados por el miedo a la muerte. Otros se juntaban en un frenético y espantado afán de vivir y celebraban francachelas y fiestas danzantes y amatorias en que la muerte tocaba el violín. Desamparados, plañiendo o blasfemando, permanecían algunos acurrucados junto a los cementerios o ante sus casas desiertas. Y, lo que era peor aún que todo eso, cada cual buscaba una cabeza de turco para aquella sufrida calamidad, cada cual afirmaba conocer a los malvados, culpables y causantes de la peste. Decíase que había ciertos hombres diabólicos que, recreándose en el mal ajeno, procuraban la difusión de la mortandad recogiendo en los cadáveres el morbo de la epidemia y untando luego con él paredes y picaportes y emponzoñando los aljibes y el ganado. Aquel sobre quien recayera la sospecha de tal atrocidad estaba perdido si no era advertido a tiempo y podía darse a la fuga; la justicia o el populacho lo liquidaban. Además, los ricos culpaban a los pobres y viceversa, o bien los acusados eran los judíos o los extranjeros o los médicos. En una ciudad, Goldrnundo vio arder, reventando de indignación, todo el barrio judío, casa por casa; el pueblo contemplaba el espectáculo con gran algazara, y a los que huían dando gritos se les obligaba a retornar al fuego. En el desvarío del miedo y de la exasperación fueron muertos, quemados y atormentados muchos inocentes, en todas partes. Con ira y asco observaba Goldmundo aquel panorama, el mundo parecía desquiciado  emponzoñado, parecía que no hubiese ya alegría, inocencia, amor alguno sobre la tierra.

Hermann Hesse (Alemán nacionalizado suizo, 1877-1962).
Obtuvo el premio Nobel en 1946.

(Traducido al español por Luis Tobío).

jueves, 7 de mayo de 2020

Epidemias: EL HÚSAR EN EL TEJADO, de Jean Giono

"Es el más formidable desembarco de cólera asiático que se haya visto jamás (…) Era un bonito pueblo."

(Fragmento inicial del capítulo 2)

- Así pues, también hay cadáveres aquí -dijo sin inmutarse el joven, y mientras lo decía se apeó de su montura con grandes dificultades a pesar de que se trataba de un pacífico y gordo caballo de tiro-. Los ha tocado -agregó mirando fijamente a Angelo-. Tiene frío en las piernas, ¿hace tiempo que está aquí? Tiene usted muy mala cara.

Hablaba mientras desataba una especie de alforjilla fijada con cuerdas a la correa que sostenía el simple cobertor plegado en cuatro que le servía de silla.

- Llegué hace un rato -dijo Angelo-. Puede que tenga mala cara, pero me muero de ganas de contemplar la suya cuando haya visto lo que acabo de ver.

- Bueno -dijo el joven-, lo más seguro es que vomite igual que usted. Lo importante es que no haya tocado los cadáveres

- He matado a golpes de azadón a un perro y varias ratas que se los comían -dijo Angelo-. Esas casas están llenas de muertos.

- Ya me temía que hubiera estado haciendo el valiente, parece usted esa clase de hombre, ¿no tiene frío en las piernas?

- No creo -dijo Angelo, cada vez más desconcertado. No tenía frío en las piernas pero las sentía de nuevo blandas, como de algodón.

- Uno no cree -dijo el joven-, hasta que está seguro. Beba un trago de esto, beba sin miedo.

Le tendió un frasco que había sacado de la alforja. Era un aguardiente rudo aromatizado con hierbas, fortísimo. Así que bebió el primer trago que por cierto sorbió con verdadera avidez. A Angelo se le nubló la cabeza y muy bien hubiera podido emprenderla a golpes con el joven de no ser porque el aguardiente le había dejado sin aliento. Se contentó con mirarlo furioso con los ojos llenos de lágrimas, sin embargo, luego de haber estornudado violentamente varias veces, se sintió reconfortado y notó que las piernas volvían a obedecerle.

- Pero, veamos -dijo, en cuanto pudo hablar-. ¿Quiere explicarme qué pasa?

- ¡Cómo! -dijo el joven-, ¿no lo sabe? ¿Pero de dónde viene? Es el cólera morbo, amigo. Es el más formidable desembarco de cólera asiático que se haya visto jamás. Eche otro trago -dijo, tendiéndole el frasco. Créame, soy médico -esperó a que Angelo hubiera estornudado y lagrimeado-. Yo también tomaré un poco, vea -bebió, pero era evidente que soportaba muy bien aquella pócima.-. Estoy habituado -dijo-, hace tres días que si no fuera por esto no me tendría en pie. El espectáculo de las aldeas que hay más abajo tampoco es agradable.

Angelo se dio cuenta entonces de que el joven no podía más y se tenía en pie haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad. La ironía de aquellos ojos era pura fachada. A Angelo le pareció muy simpática esa actitud. Había olvidado ya el soplo helado de los cadáveres. Así es como hay que comportarse -se dijo.

- Dice usted que esas casas están llenas de muertos -preguntó el joven.

Angelo le explicó que había entrado en tres o cuatro y lo que había visto en cada una. Agregó que:

- En cuanto a las otras, estaban llenas de pájaros y no había esperanzas de hallar a nadie vivo en ellas.

- Entonces, todo ha terminado en Les Omergues -dijo el joven-. Era un bonito pueblo.


Jean Giono (Francia, 1895-1970).

Las ilustraciones corresponden a una población en la región francesa de la Provenza, donde transcurre la acción de la novela, y a un fotograma de la adaptación cinemtográfica dirigida por Jean-Paul Rappeneau en 1995.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Epidemias: EL PERFUME, de Patrick Süskind

"La población permanecía de noche en sus casas, encerraba a sus hijas, vivía tras una barricada, desconfiaba de todos y ya no podía dormir..."

(Fragmento del capítulo 47)

La noticia del asesinato de Laure Richis se propagó con tanta rapidez por la región de Grasse como si hubiera estallado el grito de "El rey ha muerto!" o "Hay guerra!" o "Los piratas han desembarcado en la costa!" y se desencadenó un pánico similar o todavía peor. De improviso reapareció el miedo cuidadosamente olvidado, virulento como en otoño, con todas sus manifestaciones secundarias: el pánico, la indignación, la cólera, las sospechas histéricas, la desesperación. La población permanecía de noche en sus casas, encerraba a sus hijas, vivía tras una barricada, desconfiaba de todos y ya no podía dormir. Todos pensaban que ocurriría lo mismo que entonces, que cada semana habría un asesinato. El tiempo parecía haber retrocedido medio año.

El miedo era aún más paralizante que hacía medio año, porque el súbito regreso del peligro que se creía conjurado hacía tiempo hizo cundir entre la gente un sentimiento de impotencia. ¡Si incluso fracasaba el anatema del obispo! Si ni siquiera Antoine Richis, el hombre más rico de la ciudad, el Segundo Cónsul, un hombre poderoso y respetado que tenía a su alcance todos los medios de defensa, había podido proteger a su propia hija! Si la mano del asesino no se detenía ni ante la sagrada belleza de Laure... porque, de hecho, todos quienes la conocían la consideraban una santa y sobre todo ahora, que estaba muerta, ¿qué esperanza podía haber de burlar al asesino? Era más espantoso que la peste, porque de la peste se podía huir, y en cambio no se podía escapar de este asesino, como demostraba el caso de Richis. Por lo visto poseía facultades sobrenaturales. No cabía la menor duda de que estaba aliado con el demonio, si es que no era él mismo el demonio. Y por esto muchos, sobre todo las almas más sencillas, no encontraron otro consuelo que ir a rezar a la iglesia, cada uno ante el patrón de su oficio, los cerrajeros a san Luis, los tejedores a san Crispino, los jardineros a san Antonio, los perfumistas a san José. Y llevaban consigo a sus mujeres e hijas, rezaban juntos, comían y dormían en la iglesia, no las dejaban ni de día, convencidos de que el amparo de la desesperada comunidad y presencia de la Virgen eran la única seguridad posible ante aquel monstruo, si es que existía aún alguna clase de seguridad.

Patrick Süskind (Alemania, 1949).

martes, 5 de mayo de 2020

Epidemias: EL SÓTANO DE LA PESTE, de Robert Louis Stevenson

"... me dijo que intentara entrar en el sótano de la peste."

(Fragmento)

Era una época de superchería y Martext estaba interesado en saber lo que el otro había oído.

- ¿Qué dijo, qué dijo, Ravenswood? -preguntó con un susurro áspero.

- Es extraño. Mandé al pobre Donald con la carta para contarle lo que me dijo, pero ahora que está usted aquí no me atrevo a hablar. Me controlaré. Escuche: usted sabe bien que mi familia fue una de las primeras en ser atacada por la plaga de 1661. Mi hermana, Janet, se metió en el armario secreto de la escalera. Cómo encontró el resorte, sólo el cielo lo sabe, porque cuando la encontramos yaciente, fuera, sobre las escaleras, vencida por la peste, sólo pudo decirnos que había entrado en el sótano. Aquella misma noche murió. Mi padre decidió desvelar el misterio. Rompió el panel con la mano y entró; dos horas más tarde, un antiguo criado lo descubrió tumbado en el suelo con la marca de la plaga, en un estrecho rellano en lo alto de la escalera. Ambos murieron esa noche. Todos, tanto los que únicamente pasaron por delante como los que entraron por esa puerta fatal, murieron por igual. Alarmada, mi madre mandó llamar a unos trabajadores para que entablaran la entrada. Los carpinteros corrieron la misma suerte que los anteriores.

- He oído todo esto antes, amigo mío -dijo el maestro Ephraim, observando que el narrador hacía una pausa-; aunque todo esto no es comparable, el Señor ha permitido, en su sabiduría, que hubiera algunos de estos peligrosos receptáculos de la muerte. En otras partes de esta ciudad hay más de uno, donde los vecinos viven en un temor constructivo. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto, señor Ravenswood, con las palabras del fantasma de Nielson?

- Además de pronunciar palabras que no puedo mencionar, me dijo que intentara entrar en el sótano de la peste.

- ¡Dios no lo permita!

- He recibido aún otro augurio -contestó Ravenswood en tono sepulcral; sus ojos mostraban un brillo aún más fiero-; además, es por una causa gloriosa. Me dijo, señor, tan llanamente como podría haber hablado un hombre vivo, que quien entrara en el sótano de la peste sacaría a nuestra iglesia del presente estado desventurado en el que se encuentra.

Cualquier espectador imparcial podría haber notado que las palabras de Ravenswood eran producto de la fiebre. El terrible fuego de sus ojos, el temblor de sus manos débiles, lo voluble y salvaje de sus palabras… Todo tendía a probar el mismo hecho. Pero, por motivos de superstición, los hombres abandonaron el privilegio del sentido común en el año 1667. Además, ¡quién es más sordo que el que no quiere oír! El señor Martext deseaba creer en la renovación de su iglesia oprimida y la imposibilidad física del asunto no le perturbó demasiado.


Robert Louis Stevenson (Escocés fallecido en la isla de Samoa, 1850-1894).

lunes, 4 de mayo de 2020

Epidemias: EL ENANO, de Pär Lagerkvist

"Sobre la plaza del mercado se habían levantado grandes hogueras en la que se quemaban pilas de cadáveres..."

(Fragmento)

Fue contra toda mi voluntad que me dirigí a la ciudad, donde no había estado desde que empezaron los estragos de la peste. No porque tuviese temor alguno de la enfermedad, sino porque ciertos espectáculos me son tan desagradables que casi me asusta verlos. Mi repugnancia está justificada porque lo que yo estuve obligado a ver es verdaderamente horrible, pero a la vez me llena de una exaltación sombría y del sentimiento de la vanidad de todas las cosas, y de su caída. Enfermos y moribundos bordeaban mi camino, y los muertos eran recogidos por los Hermanos enterradores cuyos capuchones negros tienen unos agujeros impresionantes en el lugar de los ojos. Sus siluetas surgían por todas partes y daban a todo un aspecto fantasmal. Tenía la impresión de estar recorriendo el reino de la muerte.

Hasta los sanos estaban marcados por la muerte. Se deslizaban por las calles, descarnados, los ojos hundidos, como fantasmas de un tiempo en que la vida existía aún sobre la tierra. Era sobrecogedor comprobar la seguridad de sonámbulos con que evitaban caminar sobre los paquetes de andrajos que había por todas partes, y de los que frecuentemente no podía saberse cuáles estaban vivos y cuáles no. Es difícil poder imaginar nada más lamentable que esas víctimas de la peste; tanto, que a menudo me veía obligado a dar vuelta la cara para no descomponerme. Algunas veces sus cuerpos estaban cubiertos con míseros guiñapos a través de los cuales podía entreverse los más repugnantes abscesos o una piel azulada anunciando que el fin estaba próximo. Otros daban gritos salvajes para señalar que aún pertenecían a la vida, y los había que permanecían inconscientes, con continuos movimientos convulsivos en los miembros, de los que no eran ya dueños. Jamás había visto semejante degradación humana. En algunos brillaba la mirada sin fondo de la locura y, a pesar de su agotamiento, se lanzaban sobre los que habían ido a sacar agua de las fuentes, para los enfermos, y les arrancaban tan violentamente las escudillas de las manos que casi todo el líquido caía a tierra. Otros se arrastraban por las calles como animales, para llegar hasta las fuentes que buscaban, lo cual parecía ser la intención de todos esos desdichados. Los había también que por aferrarse a una existencia sin valor, dejaban de conducirse como seres humanos y habían perdido todo sentimiento de dignidad. De su pestilencia, cuyo sólo recuerdo me provoca náuseas, prefiero no hablar.

Sobre la plaza del mercado se habían levantado grandes hogueras en las que se quemaban pilas de cadáveres, y el olor acre que de ellos se desprendía se sentía por todas partes. En el blanco humo dormido sobre la ciudad, sonaban a muerte las campanas de las iglesias.

Pär Lagerkvist (Suecia, 1891-1974).
Obtuvo el premio Nobel en 1951.

(Traducido al español por Fausto de Tezanos Pinto).

domingo, 3 de mayo de 2020

Epidemias: NUESTRA SEÑORA DE PARÍS, de Víctor Hugo


(Fragmento del Libro Cuarto, capítulo II: Claude Frollo)

Fue por aquel entonces cuando los excesivos calores del verano de 1466 provocaron aquella gran peste que se llevó a más de cuarenta mil criaturas en el vizcondado de París, entre los que hay que contar, dice Jean de Troyes, a «maese Arnoul», astrólogo del rey, que era un hombre de bien, conocedor y muy agradable». Había corrido el rumor por la Universidad de que la calle Tirechappe había sido particularmente devastada por la enfermedad, y era allí precisamente en donde residían, en su feudo, los padres de Claude. Acudió alarmado el joven estudiante a la casa paterna y se encontró con que los dos habían muerto la víspera. Un hermanito que tenía, todavía de pañales, vivía aún y estaba llorando abandonado en su cuna. Era la única familia que le quedaba, así que cogió al niño en brazos y salió cabizbajo y pensativo pues hasta entonces sólo había vivido inmerso en la ciencia y en adelante tendría que ocuparse de la vida.

Esta catástrofe provocó una profunda crisis en la existencia de Claude; huérfano, hermano mayor, cabeza de familia a los diecinueve años, se sintió muy bruscamente arrancado de sus fantasías de estudiante a la realidad de la vida. Entonces, lleno de piedad, se consagró apasionadamente a su hermano; circunstancia extraña y dulce esta de los afectos humanitarios en alguien que, como él, sólo se había hasta entonces preocupado por los libros.

Aquel afecto se desarrolló de una manera singular y, por tratarse de un alma nueva, fue casi como un primer amor. Separado desde la infancia de sus padres, a quienes apenas si había conocido, enclaustrado, emparedado casi entre sus libros, ávido sobre todo de estudiar y de aprender, pendiente hasta entonces de su inteligencia, que se dilataba con los conocimientos y atento a su imaginación que crecía con las lecturas, el pobre estudiante no había tenido tiempo de sentir su corazón y así, ese hermanito sin padre ni madre, ese niño caído bruscamente del cielo en sus brazos, hizo de él un hombre nuevo. Se dio cuenta de que existía en el mundo algo más que las especulaciones de la Sorbona y los poemas de Homero; de que el hombre necesita afectos, de que la vida sin ternura y sin amor es un engranaje seco y chirriante y llegó a figurarse, sólo a figurarse, pues estaba aún en esa edad en la que las ilusiones sólo son reemplazadas por otras ilusiones, que los vínculos de la sangre y de la familia eran los únicos indispensables y que un hermanito bastaba para colmar toda una vida.

Víctor Hugo (Francia, 1802-1885).

sábado, 2 de mayo de 2020

Epidemias: FESTÍN DURANTE LA PESTE, de Aleksandr Pushkin

"Encerrarse lo mismo que en invierno en contra de la peste, honrándola con luces y licores..."

(Fragmento)

El joven:
Cálmate, Luisa;
esta calle es refugio silencioso
contra la muerte, sin que nada pueda
ni nadie interrumpir nuestros festines.
Pero tú sabes que ese coche negro
puede pasar así por todas partes.
Balsingham, oye, para reanimarnos
y para interrumpir las discusiones
y los nuevos desmayos femeninos,
canta para nosotros unos versos
llenos de libertad, llenos de vida,
que no se inspiren en la triste Escocia.
Una canción a Baco, apasionada,
nacida al lado de una copa llena.

El presidente:
No sé ninguna, pero voy a deciros
un himno en alabanza de la Peste,
escrito anoche. Al retirarme a casa,
sentí un extraño gusto por la rima
y compuse estos versos que yo creo
buenos para decirlos con voz ronca.

Todos:
¡Un himno en alabanza de la Peste!
¡Vamos a oírle! Bravo, bravo, bravo.

El presidente:
¡Qué alegre es el calor de los festines y el crepitar del fuego,
cuando el invierno poderoso guía
con belicosos fines
en contra de nosotros, como en juego,
sus tempestades y su nieve fría!
Otro invierno, la peste, reina airada,}
avanza valerosa
de su rica cosecha envanecida
y con golpes de azada
da en la ventana como en una fosa.
¿Qué hacer, qué hacer para salvar la vida?
Encerrarse lo mismo que en invierno
en contra de la peste,
honrándola con luces y licores
y con olvido eterno,
entre baile y festín se manifieste
de su reino los vivos resplandores.
Produce embriaguez la dura guerra,
el borrascoso viento,
la tormenta en un mar embravecido,
el abismo que aterra
y de la peste el infeccioso aliento,
todo cuanto los hombres han temido.
Todo cuanto amenaza con la muerte
oculta una delicia,
prenda tal vez de la supervivencia.
Se nota uno más fuerte
al sentir del peligro la caricia;
no hay ventura mayor que esa conciencia.
Sin terror a las sombras sepulcrales,
sin horror al destino,
Gloria a ti, peste, te glorificamos.
Alcemos los cristales,
en tu honor escanciemos nuestro vino
y mejor si en la copa te encontramos.

(Entra un viejo sacerdote)

Sacerdote:
Sacrílego festín, locos, impíos,
que turbáis con canciones bochornosas
la negra paz impuesta por la muerte.
Entre los tristes llantos funerarios,
entre las caras pálidas yo rezo,
junto a las sombras, en el cementerio,
pero vuestras odiosas alegrías
impiden que haya paz en los sepulcros
y hacéis temblar la tierra con sus muertos,
como si tantas tantas oraciones
de ancianos y mujeres no sirvieran
para santificar el camposanto.
Ya podríais pensar que los demonios
atormentan el alma del ateo
y entre burlas la bajan encendida
a las negras moradas infernales.


Aleksandr Pushkin (Rusia, 1799-1837).

(Traducido al español por O. Savich y Manuel Altolaguirre).
La ilustración corresponde a Festín durante la peste (inspirado en la obra de Pushkin), de Arthur Nikitin.

viernes, 1 de mayo de 2020

Epidemias: UN DEBUT EN LA VIDA, de Honoré de Balzac

"Acabo de levantarme de la cama tras una enfermedad (…) cuyo germen era, según los médicos, una peste..."

(Fragmento)

- En Levante... -dijo Georges queriendo dar comienzo a una historia.

- En el viento...-interrumpió el maestro dirigiéndose a Mistigris.

- Digo que en Levante, de donde vengo -prosiguió Georges-, el polvo huele muy bien; pero aquí no huele a nada, sino cuando hay un depósito de mantillo como ése de ahí.

- ¿El señor viene de Levante? -dijo Mistigris con aire socarrón.

- Ya estás viendo que el señor está tan cansado que se ha puesto a poniente -le respondió su amo.

- Pues no le ha pegado mucho el sol -dijo Mistigris.

- ¡Oh! Acabo de levantarme de la cama tras una enfermedad de tres meses, cuyo germen era, según los médicos, una peste reconcentrada y pasada.

- ¡Has tenido la peste! -exclamó el conde con cara de asustado-. ¡Para, Pierrotin!

- Continúa, Pierrotin -repitió Mistigris-. Está diciendo que se trata de una peste pasada -dijo, interpelando al señor de Sérisy-. Es una peste que pasa en la conversación.

- Una peste de esas de las que se dice «¡Peste!» -exclamó el maestro.

- ¡Oh! ¡La peste se lleva a los burgueses! -replicó Mistigris.

- ¡Mistigris! -le reprendió el maestro-. Lo dejo en medio del camino si arma camorra. Así pues -dijo volviéndose hacia Georges-, ¿el señor ha ido a Oriente?

- Sí, señor, primero a Egipto y luego a Grecia, donde serví a Ali, bajá de Janina, con quien tuve una terrible disputa. Son climas que no se resisten. Por eso las emociones de toda la vida que da la vida oriental me han estropeado el hígado.


Honoré de Balzac (Francia, 1799-1850).