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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 16 de septiembre de 2011

Decir Adiós es morir un poco (página 48)



Ésta es una actividad restringida a las mujeres atractivas. Prohibida para adefesios. A una mujer hermosa no sólo se le perdona, sino que se le agradece el descaro de la golfería, su afán exhibicionista para saberse deseada, su apetito por subastarse para comprobar hasta cuánto estaría dispuesto a pagar un hombre por disfrutar unos momentos de su intimidad. En materia de sexo las leyes de la física son falibles: El camino más corto entre dos cuerpos no es la línea recta, sino el cachondeo de los egos.

Reconoces lo fácil que sería para cualquiera deshacerse de Dianita en una situación como ésta, encerrada con un desconocido. En eso, el tipo vuelve a la mesa con sus amigos. Ella viste -¿será mejor decir desviste?- un corpiño azul con un liguero sujetando unas medias negras. Puede reconocerte a la distancia y te saluda con su mano, un gesto al que ya empiezas a acostumbrarte. Alegre, se acerca. Se ha peinado con un par de coletas que sugieren una expresión adolescente. Una soberbia Lolita con lencería.

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