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El otoño en Vancouver.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Nieve: PAÍS DE NIEVE, Yasunari Kawabata

"Se hilaba en la nieve, se tejía en la nieve, se lavaba en la nieve y se blanqueaba en la nieve."
 
(Fragmento de la segunda parte)

A la mañana siguiente lo despertaron voces que recitaban una pieza teatral. Permaneció en la cama escuchando hasta que Komako dejó de arreglarse frente al espejo y le sonrió.
 
- Buenos días. Son los huéspedes del Cuarto de los Ciruelos. Estuve con ellos después de la primera fiesta, anoche. ¿Recuerdas?
 
- ¿Es un grupo de teatro Nô?
 
- Así es.
 
- ¿Ha nevado?
 
- Así es -dijo ella, y se puso de pie y abrió de par en par la ventana-. Se acabaron las hojas de arce.Los copos de nieve flotaban como peonías contra el cielo gris. No parecían caer sino mecerse perezosamente en el aire como si colgaran de hilos invisibles. Shimamura contempló la escena con el ensimismamiento de los insomnes y recordó aquella mañana invernal en que había contemplado el reflejo de la nieve enmarcando el rostro de Komako en ese mismo espejo. Los copos ahora eran mayores; sin embargo, flotaban con más levedad en el aire. Las montañas, que parecían más lejanas cada día, a medida que las hojas de los árboles se marchitaban, habían recuperado la vida con la nieve.
 
Los recitadores usaban ahora un tambor.
 
Komako se había abierto el cuello del kimono y se pasaba una toalla húmeda por la garganta y la nuca. Su piel era tan límpida como la seda flamante. No parecía en absoluto la clase de mujer que se ofendiera de tal manera por un comentario tan inofensivo. Que lo fuera le daba un aura de congoja irresistible.
 
Se hilaba en la nieve, se tejía en la nieve, se lavaba en la nieve y se blanqueaba en la nieve. Desde el inicio del proceso hasta sus toques finales, todo se hacia en la nieve. “Existe la seda Chijimi porque existe la nieve”, escribió alguien hace mucho tiempo. “La nieve es la madre del Chijimi”.
 
La seda vegetal Chijimi procedía de aquella región y era fruto del trabajo artesanal de las tejedoras de montaña durante los prolongados e inclementes inviernos. Shimamura solía buscar esa tela legendaria en negocios de ropa antigua para mandarse hacer kimonos de verano. A través de conocidos del mundo de la danza, había encontrado un sastre espe- cializado en vestuario de teatro Nô, con quien había hecho un arreglo para que le reservara toda pieza de Chijimi que cayera en sus manos. En los viejos tiempos, se realizaba en la región una feria artesanal a comienzos de la primavera, en cuanto comenzaba a derretirse la nieve y se retiraban las protecciones de las ventanas. La gente venía de todas partes a comprar seda Chijimi, a pesar de lo accidentado del acceso. Incluso llegaban mayoristas de Osaka, Edo y Nagoya, que tenían sus lugares reservados de por vida en las posadas de la región. Las jóvenes solteras de las diferentes aldeas de montaña aprovechaban la ocasión para exhibirse junto con el trabajo del invierno y el mercado adquiría el aspecto de un festival. Se premiaban las mejores piezas y también se competía por marido. Las muchachas aprendían a hilar desde muy niñas, y realizaban su mejor trabajo entre los catorce y los veinte años. A partir de esa edad perdían el toque que daba justa fama a la exquisita textura del Chijimi. En su afán por destacarse, las muchachas dedicaban todos sus desvelos a tal actividad a lo largo de los tediosos y recluidos meses desde que caían las primeras nieves de octubre hasta que la reaparición del sol permitía concluir la tarea de blanqueado, a fines de febrero.
 
A veces, cuando recorría su guardarropa, Shimamura se decía que alguno de sus kimonos de verano estaba confeccionado con una seda de casi un siglo de antigüedad. Cada año, enviaba todos sus kimonos a blanquear en la región, con el mismo procedimiento. Era toda una tarea el traslado de aquellas prendas hasta las montañas donde habían sido hilados originariamente, pero a Shimamura le gustaba la idea de que sus kimonos estuvieran en manos tan confiables, extendidos en la nieve al sol hasta eliminar el menor rastro de impureza acumulado durante cada verano. Al ponérselos de nuevo, se sentía él mismo blanqueado de toda impureza. Y, de todas maneras, un negocio de Tokio se encargaba de retirarlos, enviarlos a la montaña y traerlos de regreso, impecables y a todas luces sometidos al proceso a la manera tradicional.
 
Desde tiempos inmemoriales había casas dedicadas exclusivamente al blanqueado. Muchas tejedoras preferían no hacerlo. El Chijimi blanco se tendía directamente sobre la nieve luego de ser hilado; el Chijimi de color era blanqueado en los mismos marcos en que se lo hilaba. La temporada de blanqueado comenzaba a fines de enero y se extendía hasta fines de febrero, mientras hubiera nieve en los prados de la región.
 
La tela era sumergida durante la noche en agua con lejía y un puñado de ceniza. Por la mañana se la enjuagaba una y otra vez, se la escurría y se la ponía a secar al sol. El proceso se repetía sin variaciones ni desmayos hasta el momento indescriptible en que los rayos del sol comenzaban a tornar el blanco de la seda en rojo sangre. Ese momento señalaba el fin de las tareas invernales y el comienzo de la primavera, según había leído emocionado Shimamura en un libro antiguo. Un fenómeno tan desconocido como impactante para los que venían de regiones más cálidas.


Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972). Obtuvo el premio Nobel en 1968.

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