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Vancouver, atardecer en English Bay.

jueves, 24 de septiembre de 2015

Venecia: EL FETICHE, de Alberto Moravia

"Sí, y precisamente en Venecia, en el cuarto del hotel, la primera noche.".

(Fragmento)

La alcoba estaba al fondo del corredor; la puerta se veía entornada; Livio la empujó y entró. Esta habitación tampoco contenía muebles, exceptuados la cama y dos sillas. Vio sobre la cama una valija, abierta. La mujer, de pie frente al placard, quitaba un vestido de la percha.

Livio se quedó unos instantes estupefacto, sin saber qué decir. Luego pensó que su mujer se disponía a marcharse y a dejarlo, al cabo de tan sólo dos meses de matrimonio; sintió frío a lo largo de la espina dorsal. Dijo:

- Pero Alina.. . ¿puedo saber qué estás haciendo?

Al oír su voz, la mujer dejó inmediatamente la percha y se sentó en el borde de la cama. También se sentó Livio, la ciñó por la cintura con un brazo y murmuró:

- Pero Alina... ¿por qué? ¿Qué te pasa?

Esperaba una respuesta conciliadora, pero mirándola comprendió que se equivocaba. La cara de la mujer, redonda, maciza, de una palidez lívida en que se destacaban los ojos celestes, denotaba un tenaz enojo.

- Me pasa que tú de todo te burlas, y yo ya no puedo soportar tus bromas.

- Pero es mi carácter, me gusta bromear. ¿Qué hay de malo?

- No habrá nada de malo, pero yo ya no aguanto.

- ¿Pero por qué, amor mío?

- No me llames amor mío. Tú nunca hablas en serio, siempre te estás haciendo el gracioso acerca de todo, siempre necesitas demostrar que eres superior a todo.

- ¡Oh, Alina!.. Veamos... ¿No te parece que exageras?

- No exagero para nada. Cada vez que bromeas, se me estruja el corazón. Se diría...

- ¿Qué se diría?

- Se diría que, no pudiendo ponerte al nivel de ciertas cosas, tratas, por medio del sarcasmo, de rebajarías hasta el tuyo. Pero no se trata solamente de esto...

- ¿Y de qué más?

- Bromeas aun en momentos en que ningún hombre bromearía. Durante nuestro viaje de bodas, dijiste una cosa que en mi vida olvidaré.

- ¿Qué? ¿Qué dije?

- Jamás te lo diré.

Siguió un silencio. Livio, sentado a su lado, la ceñía contra su cuerpo. Entonces, mientras la miraba, se dio cuenta, con la impresión de descubrir algo importante, que era la primera vez, desde que se conocían, que le hablaba en serio, en mudo sincero y afectuoso, sin ocultarse tras la máscara de la broma. Pensó que había necesitado nada menos que una amenaza de abandono para inducirle a adoptar otro tono, y de pronto sintió remordimiento.

- Veamos, Alina, veamos qué es lo que realmente ha ocurrido. Tú compraste aquel fetiche que a mí no me gustaba y lo trajiste a casa. ¿Por qué empecé a bromear con el fetiche? Por cierto, no porque sea feo, o ridículo, o tosco, hay muchos otros objetos feos, toscos y ridículos en esta casa. No. Sino porque tú te infatuaste con él al punto.

La mujer le escuchaba con una atención que parecía emanar de todo su cuerpo recogido y pesado, para concentrarse en la pequeña oreja carnosa que aparecía bajo su pelo negro. De pronto golpeó las manos y se volvió hacia Livio:

- Lo has dicho. Al fin lo has dicho.

- ¿Qué?

- Que no aguantas eso que llamas mis infatuaciones.

- Bien. ¿Y con eso?

- ¿No comprendes que lo que tú llamas mis infatuaciones son mis sentimientos, mis afectos, en resumen, soy yo misma?

- ¿Tú tienes un sentimiento, un afecto, para aquel fantoche de piedra?

- Podría tenerlo. ¿Qué sabes tú? Tengo o, mejor dicho, tenía un sentimiento por ti, seguramente. Y tú lo has tratado como a una infatuación, le has arrojado encima el agua helada de tus bromas.

- ¿Pero cuándo?

- Ya te lo he dicho, durante nuestro viaje de bodas.

- ¿Yo he bromeado con tu sentimiento para conmigo durante nuestro viaje de bodas?

- Sí, y precisamente en Venecia, en el cuarto del hotel, la primera noche. Y no te burlaste solamente de mi sentimiento, sino también de mi persona física, justo en el momento en que ningún hombre... mira, te lo digo con la mayor solemnidad.. . se hubiera atrevido a hacerlo.

- ¿Yo me he burlado de tu físico?

- Sí. De un detalle de mi físico.

Livio se ruborizó de pronto hasta las orejas, a pesar de que no recordaba haber bromeado en aquella ocasión. Al fin dijo:

- Será verdad, pero no me acuerdo. Habría que ver de qué broma se trataba. Quizá era una cosa inocente como la que esta noche dije acerca de tu fetiche.

- Claro que era una cosa inocente, pues que no te dabas cuenta de lo que decías. Pero a mi me produjo una sensación como si me hubieras metido un pedazo de hielo en el escote. Era nuestra primera noche después de la boda, y tú no te diste cuenta de que yo te odiaba.

- ¿Me odiabas?

- Sí, con toda el alma.

- ¿Y ahora me odias?

- Ahora, no sé.

Livio volvió a callar, mirándola con atención. Entonces, de pronto, tuvo la sensación de que se encontraba frente a una persona totalmente extraña, acerca de la cual nada sabía, que ignoraba su pasado, su presente, sus sentimientos, sus pensamientos. Esta sensación de extrañeza se originaba en la frase de ella: "no te diste cuenta de que yo te odiaba". En efecto, no se había dado cuenta que estrechaba entre sus brazos a una mujer que lo odiaba. De aquella noche todo lo recordaba, inclusive el viento que de cuando en cuando inflaba ligeramente la cortina de la ventana abierta hacia la Laguna, pero no el odio de ella. Y entonces, si no se había percatado de un sentimiento tan importante, quién sabe cuántas otras cosas le habrían pasado desapercibidas, quién sabe cuantas parte de ella ignoraba. Pero ya estaba claro que su mujer no se marcharía; que la valija, abierta sobre la cama, formaba parte de una especie de rito del litigio; que él ahora tenía que buscar la reconciliación, por más que su mujer le resultara extraña y desconocida.

 
Alberto Moravia (Italia, 1907-1990)

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