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sábado, 17 de agosto de 2013

Páginas ajenas: EL CEMENTERIO DE PRAGA, de Umberto Eco

"... donde los esperaban trescientos fantasmas envueltos en sudarios y armados con espadas de dos filos..."

(Fragmento del capítulo 4. Los tiempos del abuelo)
 
Sobre Alexandre Dumas y las logias masónicas.
 
Quizá para evocar a mi padre, me paso largas horas en la buhardilla con las novelas que ha dejado, y consigo interceptar el José Bálsamo de Dumas, que llega por correo cuando él ya no lo podrá leer.
 
Este libro prodigioso cuenta, como todo el mundo sabe, las aventuras de Cagliostro y cómo urdió la trama del collar de la reina, logrando en una sola tanda arruinar moral y financieramente al cardenal de Rohan, comprometer a la soberana y exponer al ridículo a toda la corte, hasta el punto que muchos consideraban que el fraude de Cagliostro contribuyó a minar el prestigio de la institución monárquica de tal manera que preparó ese clima de descrédito que llevaría a la Revolución del 89.
 
Pero Dumas hace mucho más, y ve en Cagliostro, esto es, en José Bálsamo, a un hombre capaz de organizar de forma consciente no sólo una estafa sino un complot patriótico a la sombra de la masonería universal.
 
Me fascinaba la ouverture. Escena: el mont Tonerre, el monte del Trueno. En la orilla izquierda del Rhin, a pocas leguas de Worms, empiezan a elevarse las primeras cordilleras de una serie de lúgubres montañas, la silla del Rey, la roca de los Halcones, la cresta de la Serpiente, y la más elevada de todas, el monte del Trueno. El día 6 de mayo de 1770 (casi veinte años antes del estallido de la fatídica Revolución), en el momento en que se ocultaba el sol tras la aguja de la catedral de Estrasburgo, dividiéndolo casi en dos hemisferios de fuego, un Desconocido que venía de Maguncia, al subir las laderas de esa montaña, en cierto momento abandonaba a su caballo y le capturaban unos seres enmascarados que, tras haberlo vendado, lo llevaban más allá del bosque a un claro donde los esperaban trescientos fantasmas envueltos en sudarios y armados con espadas de dos filos, los cuales inmediatamente lo sometían a un prolongado interrogatorio.
 
¿Qué deseas? Ver la luz. ¿Estás dispuesto a jurar? Y lo sometían a una serie de pruebas, como beber la sangre de un traidor que acababan de matar, dispararse a la sien con una pistola para experimentar el propio sentido de la obediencia, y paparruchas semejantes, que evocaban rituales masónicos de ínfimo rango, bien conocidos también por los lectores populares de Dumas, hasta que el viajero decidía cortar por lo sano y dirigirse altanero a la congregación, aclarando que conocía todos sus ritos y trucos y que, por lo tanto, dejaran de hacer teatro, porque él era algo más que todos ellos, era el jefe por derecho divino de aquella congregación masónica universal.
 

Umberto Eco (Italia, 1932)

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