Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

sábado, 12 de octubre de 2019

Tu boca: EL VELLOCINO DE ORO, de Robert Graves

"¡Bésame otra vez, Jasón, bésame! Sólo en tu boca puedo hallar el valor necesario..." 

(Fragmento)

-  Ahí está la cama en la que has de tumbarte. Las mantas te taparán. ¡No dejes que se te vea la espada! Podría ser que trajera consigo una lámpara.

Jasón respondió con una sonrisa:

- Melas me ha dicho que se tragó tu historia con la misma avidez con que Butes se tragó la miel venenosa.

Medea suspiró y se mordió la uña del pulgar.

- Debimos abandonar al colmenero a su suerte –dijo–. Su avidez nos ha llevado a cometer crimen tras crimen.

- Somos inocentes en cuanto a la sangre derramada –dijo Jasón apresuradamente–. No te muestres débil, hermosa mía, porque sólo unos corazones implacables conseguirán que el vellocino vuelva nuevamente a Grecia. ¿Acaso no deseas regresar con nosotros? Tu camino de regreso a Cólquide aún está abierto. Si decides volver, sea por piedad o por temor, yo no me pondré en tu camino, por muy amarga que me sea tu pérdida. Pero hay algo de lo que estoy convencido: tengo que retener a toda costa el vellocino.

- ¡El vellocino, siempre el vellocino! –exclamó Medea–. Podría odiarte como odio a las Furias si no te amara de este modo insufrible. No, no, te seguiré hasta el fin del mundo, y ni la sangre de mi padre ni la de mi hermano correrá entre los dos para impedir nuestro matrimonio. ¡Bésame otra vez, Jasón, bésame! Sólo en tu boca puedo hallar el valor necesario para la ineludible acción que tengo ante mí.

Él la besó una y otra vez, aspirando ansiosamente el aromático perfume de su cabello y de su cuerpo. Medea cerró los ojos y gimió de placer como un perrito.

Luego Jasón se separó de ella, y, tumbándose sobre la cama, se cubrió con las man- tas. Allí, solo, con la espada al alcance de la mano, aguardó la entrada de Apsirto.


Robert Graves (Inglés fallecido en España, 1895-1985).

La ilustración corresponde a Jasón jurando amor eterno a Medea, de Jean Francois Detroy.

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