Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

martes, 10 de diciembre de 2019

Tu boca: LOS AVISPONES, de Peter Handke


(Fragmento del capítulo Los avispones)

No tienes que mostrar que vas por un camino polvoriento. Los espectadores no tienen por qué enterarse de las características del camino. Basta con que Te vean andar. Tampoco es necesario mostrar que hace calor. Solamente debes tener cuidado al entrar para que aquellos que Te miran no piensen que Te has puesto en marcha justo ahora; cuando Te vean entrar, deben creer que ya llevas mucho tiempo andando. Tú entras no como si llegaras a este concreto y preciso lugar, sino a un lugar que es idéntico a todos los lugares por los que Tú ya has ido. El lugar al que Tú llegas y en el que Te presentas ante los espectadores no es distinto de los otros lugares. Tú no entras, no Te presentas en un escenario, más bien caminas por entre las miradas. No hay nadie. Los movimientos de Tus piernas son tales que suscitan en los que Te miran la idea de que ya van solas y de que Tú no pones nada de Tu parte para que avancen. Si miras a Tu alrededor, a los espectadores les tiene que parecer que miras siempre después de haber dado un número determinado de pasos. Al andar, Tu mirada no se ha apartado ni una sola vez de Tus pies. Miras a Tu alrededor como quien busca una sombra en una vasta extensión de terreno. Tu vestimenta es sencilla; no debe atraer la mirada de los espectadores. Llevas una camisa sin cuello, como un presidiario o un campesino. Hace poco que has llegado. Los espectadores ya habrán captado que estás en camino desde hace mucho. No necesitan saber más. Ahora tienes que este breve lapso de tiempo durante el cual los espectadores Te ven y que Tú puedes calcular midiendo Tus pasos con la abertura entre el pulgar y el índice, este tiempo que transcurre entre Tu primer movimiento visible a los espectadores y el momento en el que Te detienes y miras a Tu alrededor, a ellos, les parezca infinitamente largo. No basta con mostrar tu fatiga a los que desconocen lo que Te pasa, haciendo ver que Te pones de cuclillas y escupiendo sobre una piedra (por decir algo) que desentierras del camino para Ti, como recomienda el remedio casero para el dolor de costado. Solamente dispones de Tu cara y de Tus gestos. Tu voz, con la que podrías hablarles, ha enmudecido. Durante el minuto que has andado ha transcurrido medio día. Esto es lo que los otros tienen que entender. En medio día, la luz y el viento cambian. El camino cambia. Cambian las sombras de lo que se alza sobre la tierra. A los espectadores Tú sólo puedes mostrarles Tu propio cambio. Sin embargo, durante el minuto que Te han visto, no Te ha ocurrido otra cosa que lo que les has mostrado. No vale la pena que Te pongas la mano sobre los ojos y Te gires para ver los doce pasos que has dado ante ellos. No basta con que simules que no alcanzas a ver un final. Seguro que ellos entenderán lo que Tú representas y se dejarán convencer por Tus gestos de que tienen que multiplicar los pasos, sin embargo, no podrán entender cuánto tiempo ya ha transcurrido. No les llegará al corazón. Para mostrárselo, necesitarías magia o una gran elocuencia o una fórmula con la que pudieras encantar sus oídos. Pero se Te exige que permanezcas mudo. No basta con que cambies Tu modo de andar, no basta con modificar la expresión de la cara y que los ojos parpadeen, no basta con dejar que los brazos cuelguen lacios de los hombros. No dispones de una iluminación que podría mover Tu sombra. Tirarte al suelo de cansancio, no resultaría. Con ningún gesto, con ninguna expresión conseguirías resumir el tiempo transcurrido. Cualquier cosa que hicieras se convertiría en un espectáculo de títeres. Pero si Tú mismo representas esa comedia, se reirán de Ti, igual que si quisieras mostrar el paso del tiempo colocando delante de Ti la palma de la mano a modo de cronómetro y utilizaras como aguja el índice de la otra mano y los espectadores tuvieran ante sí los puntos invisibles que significan las horas, y Tu dedo que iría avanzando a cada paso que dieras. Tienes que mostrar doce pasos, doce horas. Ahora el dedo ha regresado al punto de partida. Simultáneamente, Tú te has detenido y Te propones descansar al lado del camino. Pero la magia que necesitas para que los espectadores capten el tiempo, la magia que los haga estremecer, está encerrada en Tu boca. Tu voz es muda. También en lo que sigue, Tu voz permanecerá muda. El ruido que en medio del movimiento que realizas para ponerte a descansar Te hace aguzar los oídos, Tú lo indicas levantando de lado la cabeza «como un ciego».
 
 
Peter Handke (Austria, 1942).
Hoy tuvo lugar en Suecia la ceremonia en que recibió
el premio Nobel de literatura correspondiente a 2019.
 
(Traducido al español por Anna Montané Forasté).

No hay comentarios.:

Publicar un comentario