"La mujer del tenor carece de voz, pero es muy bonita. En el último carnaval llamó la atención en Bolonia..."
(Fragmento de la segunda parte)
(Fragmento de la segunda parte)
Vio
y conoció entonces a otros cautivos como él, italianos de nacimiento, y la
triste suerte común los hizo a todos casi amigos. Supo por su propia voz sus
aventuras, que eran bien singulares. Se trataba de una compañía de cantantes,
que en un viaje a la isla de Sicilia, donde debían actuar, habían sido atacados
por el pirata Lambro en la travesía de Liorno y vendidos
después por su empresario a bajo precio. El bufo de la compañía fue el que relató
a Juan la curiosa historia. A pesar de saber que estaba destinado a ser tenido
por simple mercancía humana en el mercado turco, conservaba este hombre la
alegría de su ingenio, o, al menos, la de su papel. Aunque muy pequeño de
estatura, tenía el aire resuelto y arrogante, y soportaba con bastante gracia
su mala fortuna, en lo que se mostraba muy diferente de la prima-donna o el
tenor. He aquí su relato, en pocas palabras:
Nuestro
maquiavélico empresario, al ver el bergantín del pirata, en vez de huir, se
acercó a él, y trató por las buenas con su capitán. La venta fue acordada y
fuimos transportados a su barco, en desorden, sin señalar siquiera nuestro
salario, lo que es manifiestamente una mala costumbre. No nos importa
demasiado, ya que, si el sultán tiene gusto por la música, muy pronto
restablecerá nuestra fortuna.
La
prima-donna no deja de tener talento, aunque esté algo vieja, agotada por una
vida de disipación intensa, y se halle siempre muy propicia a constiparse las
noches que el teatro tiene poca entrada. La mujer del tenor carece de voz, pero
es muy bonita. En el último carnaval llamó la atención en Bolonia, privando a
más de una novia y de una señora de la dulce compañía de su novio y esposo.
Tenemos también nuestras amables bailarinas: Niní, que ejerciendo más de una
profesión, nada pierde en ninguna; la Zumbona y la Pelegrini, que también
fueron felices en dicho carnaval, reuniendo, por lo menos, 500 buenos cequíes,
pero ambas gastan tanto, que ya no les queda ni una moneda. Tenemos también la
Grotesca, ¡qué bailarina!, que tendrá que responder un día del cuerpo y el alma
de muchos hombres. En cuanto a las figurantas, son como todas las de su calaña.
Hay entre ellas alguna que otra que es bonita y que puede seducir, pero las
demás, apenas son dignas de un teatro de feria.
Lord Byron: George Gordon Byron (Inglaterra, 1788-1824).
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