"El otoño olía a ese amargo perfume de las hojas pardas y a otros infinitos aromas. Yuri Andriéevich respiraba con ansia el olor de las manzanas heladas..."
(Fragmento del capítulo 6)
Pasó el
veranillo de San Martín y vinieron los luminosos días del otoño dorado. En el
extremo occidental del Lisi Otok, junto a la torre de un fortín que se
conservaba intacto, Yuri Andriéevich había de encontrarse con el doctor Lajos,
su ayudante, para discutir las cuestiones que interesaban a entrambos. Llegó
puntualmente, a la hora establecida. Mientras esperaba, comenzó a pasear junto
a la trinchera derrumbada, subió luego a la garita del vigía y a través de las
troneras que habían sido utilizadas por las ametralladoras, se puso a mirar a
los espacios boscosos que se extendían al otro lado del río.
El otoño había
dibujado ya claramente en el bosque los confines entre el mundo de las
coníferas y el de las foliáceas. Erizábase el primero irguiéndose al fondo del
bosque como una muralla oscura, casi negra, mientras el segundo traslucía aquí
y allá con manchas rojodoradas, como una ciudad antigua con sus aislados
palacios de cúpulas doradas construida en el mismo corazón del bosque y con sus
mismos tron- cos.
La tierra, llena
de hoyos a los pies del doctor, y las rodadas de los caminos del bosque
endurecidas por la helada matutina, estaban como pavimentadas por las hojas del
sauce llorón, áridas, secas y acartonadas. El otoño olía a ese amargo perfume
de las hojas pardas y a otros infinitos aromas. Yuri Andriéevich respiraba con
ansia el olor de las manzanas heladas, olor de sequedad amarga y dulce humedad,
mezclado con el azul vapor de septiembre, que recordaba el de una hoguera
apagada con agua o el de un incendio recién extinguido.
Boris Pasternak (Rusia, 1890-1960).
Obtuvo el premio Nobel en 1958.

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