(Fragmento)
Madeleine rondaba
los veinte años. Llevaba un vestido muy sencillo de tela gris, enmarcado por
una guarnición de cintas azules; un pequeño sombrero de paja coronaba su
admirable cabellera de un rojizo ardiente con reflejos dorados, que se escapaba
para formar un chongo detrás de su cabeza. Era una muchacha alta y bella, cuyos
miembros fuertes y flexibles proyectaban una rara energía. Su rostro era
característico. En su parte superior tenía una solidez casi masculina, no había
líneas suaves en la piel de su frente; las sienes, la nariz y las mejillas
acusaban las redondeces de su estructura ósea, dando a la figura una apariencia
con el frío y la firmeza del mármol. La parte inferior de la cara, por el
contrario, era de una delicadeza exquista, tenía una suavidad voluptuosa en sus
mejillas y en las esquinas de la boca se formaban un par de hoyuelos; la
barbilla, fina y nerviosa, desembocaba suavemente en el cuello; las facciones
ya no eran tensas ni rígidas, eran graciosas, móviles, y cubiertas por el
sedoso plumón de su piel, poseían una infinita variedad de expresiones y una
adorable encanto; en el centro, los labios un poco gruesos, de un rosa vivo,
parecían demasiado rojos para esa tez tan blanca, a la vez severa e infantil.
Émile Zola (Francia, 1840-1902)
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