"... y comencé a imaginarme su desnudez, aunque no llegué muy lejos. Ella era toda maravilla para mí..."
- Buenas
noches, mi señora, y que descanses plácidamente. La vi dirigirse a las
escaleras que conducían a la galería, subirlas y pasar brevemente bajo la
lámpara que había sobre la puerta de su dormitorio. La puerta se abrió y se
cerró, desapareció de mi vista. Me quedé allí un rato más, mirando hacia
arriba, como si al no moverme pudiera prolongar de algún modo la sensación de
su presencia. Me vinieron a la mente las palabras de una canción provenzal que
había cantado a veces: Para consolarme por su pérdida, pienso en el lugar donde ella está... No oí voces desde dentro y pensé que tal vez Alicia no había querido
despertar a la mujer que solía atenderla y que estaría ahora durmiendo. Se habría desnudado y prepararado para ir a la cama sin ayuda, y esto concordaba con lo que yo
sentía que era la bondad de su naturaleza.
Debo
confesar aquí, ya que estoy decidido a confesarlo todo, que durante un rato,
mientras estaba allí, puse en práctica esa facultad de especulación de la que
he hablado antes, estimulada en mí por Yusuf, pero creo que ya la poseía desde tiempo antes en gran medida, y comencé a imaginarme su desnudez, aunque no
llegué muy lejos. Ella era toda maravilla para mí, no carne. Era mi dama
reencontrada. Y yo era su esplén- dido Thurstan, no un espía ni un libertino.
Barry Unsworth
(Inglés fallecido en Italia, 1930-2012).
(Traducido del inglés por Jules Etienne).
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