Vancouver: luz de agosto en la bahía. (Fotografía de Jules Etienne)

lunes, 2 de diciembre de 2019

Tu boca: PERO... ¿HUBO ALGUNA VEZ ONCE MIL VÍRGENES?, de Enrique Jardiel Poncela


(Fragmento del capítulo 18: Cupido envenena sus flechas a la usanza maorí)


Pero se alegró enseguida, cuando oyó decir a Vivola que le miraba por entre los sutiles cañamazos de sus pestañas:

- ¡Ah, Pedro! ¡Qué pena que no me intereses ni me gustes!

- ¡Sí, Vivola, es una pena! Y aún es mayor pena que yo no sea capaz de enamorarme, pues si lo fuera, ahora te abrazaría así... -y abarcó con su mano el seno derecho de ella, oprimiéndolo deleitosamente.

- ¿Es posible?

- Sí, Vivola. Y así también... -y abriendo más su mano, abarcó de igual modo el seno izquierdo.

- Oh, Pedro! Qué pena, qué pena que ni nos gustemos ni tengamos ya fuerzas para creer en el amor!...

- Quizá sea mejor, Vivola -replicó Valdivia estrujándole hábilmente los dos senos a un tiempo y haciéndolos rodar bajo sus manos-. Quizá sea mejor... Tú sabes tan bien como yo que del Amor y la ilusión, dos seres hermosos, nace siempre un hijo horrible: el Hastío. (Y la oprimió el vértice del seno izquierdo.) Imagina que ya nos hemos amado, que ya hemos caído uno en brazos del otro. (Y la oprimió el vértice del seno derecho.) Qué días febriles, verdad? Qué horas divinas! (Y le deslizó la mano por la espalda.) Después que los espíritus, se unen los cuerpos... Época delirante! (Y subió la mano hasta la nuca, lentísimamente.) Cada jornada nos parecería demasiado corta para repetir frases ardientes y conceptos arrulladores. (Y bajó la mano a lo largo de la espalda y la paseó por el talle.) Los besos correrían a lo largo de los cuerpos desnudos; ya formarían collares en mi garganta; ya en tu boca no cabrían más... (Y la pasó los labios por el cuello) Explosiones de amor, diarias explosiones de amor, seguidas de una languidez romántica y escoltadas de nuevas explosiones... Esto una semana, y otra, y otra... Pero y después? (Y la besó en la garganta y en los hombros.) Después... fatalmente, inexorablemente, el termómetro bajaría. Un día llegaríamos tarde a la cita. Otro día faltaríamos en absoluto. (Y volvió a insistir en los senos.) Luego buscaríamos amistades, declarándonos mutuamente: "Es que estamos tan solos..." La carne, que tiranizaba, nos daría treguas progresivamente largas. El atado de los espíritus comenzaría a ceder también. Lo poetizado se prosificaría; lo idealizado en oro, se haría realidad de doublé. (Y le besó en la nuca.) Vendrían galopando y piafando los corceles de los reproches, y sus cascos de acero irían dejando escritas en el polvo de la fatiga frases feroces: "Tú antes no eras así..." "Tú en otro tiempo no hacías tal cosa". "Al principio me decías aquello". "Te encuentro variado". "Pareces otra..." (Y la besó en el oído paladeando sus sienes.) Luego... Luego vendría el fin... Una separación de esas en las que todo se amustia, se envilece, se mancha y sucumbe... (Y le acarició los muslos.) Por último, para demostrarnos que no nos importábamos, tú buscarías otro hombre y yo buscaría otra mujer. Y ya entre los dos habría para siempre un negro y pestilente lago: el odio. (Y la... Y la... Y la.. )

Enrique Jardiel Poncela (España, 1901-1952).

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