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Vancouver: Las nubes sobre English Bay.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Año nuevo: EL CARRETERO DE LA MUERTE, de Selma Lagerlöf

"Su madre se había instalado junto a su lecho. La pena le había partido el corazón..."
 
(Fragmento inicial del primer capítulo)

Una pobre muchachita del Ejército de Salvación agonizaba enferma de tuberculosis, de esas rápidas y brutales que no se resisten más de un año.
 
Mientras pudo, había continuado sus guardias y cumplido sus deberes; pero cuando le faltaron las fuerzas, fue enviada a un sanatorio. Allí había sido cuidada durante algunos meses, sin experimentar mejoría alguna; y comprendiendo que estaba perdida, volvió al lado de su madre, que vivía en una casita propia en una calle de las afueras. Allí, postrada en cama, en una alcoba mísera, en la que había pasado su infancia y su juventud, esperaba la muerte.
 
Su madre se había instalado junto a su lecho. La pena le había partido el corazón, pero estaba tan absorta en sus cuidados de enfermera, que apenas le quedaba tiempo para llorar. Una salutista que, como la enferma, pertenecía a la clase de las visitadoras se hallaba al pie del lecho y vertía silenciosas lágrimas. Sus miradas se detenían con la mayor devoción sobre el rostro de la moribunda, y, cuando las obscurecían las lágrimas, se secaba los ojos con un rápido gesto. Sobre una sillita baja muy incómoda, que la enferma había tenido siempre en gran estima y que la había llevado consigo en todas sus mudanzas, yacía sentada una mujer recia, con la S de las salutistas bordada en el cuello de su corpiño. Le habían ofrecido un lugar más cómodo, pero ella deseaba continuar en aquel sitio, poco confortable, como si quisiera con ello, en cierto modo, honrar a la moribunda.
 
Aquel día no se parecía a los demás. Era el de San Silvestre. Estaba el cielo pesado y plomizo. En las casas se notaba el frío y el mal tiempo; pero, afuera, el aire era asombrosamente tibio y dulce. El cielo permanecía negro, sin nieve. Algunos copos desperdigados caían lentamente, fundiéndose en cuanto tocaban la tierra. Era inminente una gran nevazón; pero aún no se producía. Se hubiera dicho que el viento y la nieve juzgaban inútil comenzar ya nada el último día del año, y se reservaban para el nuevo, tan próximo ya.
 
El mismo influjo parecía dominar a los hombres. No tomaban decisión alguna. Las calles no estaban animadas; no se trabajaba en las casas. Frente a la morada de la agonizante, se extendía un terreno en el que se había comenzado a echar los cimientos para una edificación. Algunos obreros se habían presentado por la mañana, habían alzado sus gruesos martillos, cantando, como de costumbre; después los habían dejado caer; pero no continuaron haciéndolo mucho tiempo, y pronto el solar quedó desierto con sus piedras.
 
Habían pasado algunas mujeres, cesta al brazo, dirigiéndose al mercado, pero esto sólo había durado unos instantes. Se había recogido a los chiquillos que jugaban en la calle, pues era preciso vestirlos para aquella tarde de fiesta, y luego no volvieron ya a salir. Los caballos arrastraban carros vacíos y se sumían en las lejanías del arrabal a disfrutar de un reposo de veinticuatro horas. La calma iba extendiéndose más y más, a medida que la hora del mediodía se acercaba.
 
- Es bueno para ella morir la víspera de una fiesta -dijo la madre-. Muy pronto no oirá ya nada del exterior que pueda turbar sus momentos finales.
 
 

Selma Lagerlöf (Suecia, 1858-1940). Obtuvo el premio Nobel en 1909.

 

La ilustración corresponde a un fotograma de la película silente El carretero de la muerte (Körkarlen), adaptación de la novela dirigida por Victor Sjöström en 1921.

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