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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

lunes, 16 de mayo de 2016

Carnaval: RELATO SOÑADO, de Arthur Schnitzler

"... una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette..."
 
(Fragmento)

- Pero si ya te lo he dicho… sin disfraz y sin máscara…

- Hay tiendas que los alquilan.

- ¡A la una de la madrugada!

Escúchame, Nachtigall. En la esquina de la Wickenburgstrasse hay un establecimiento de ésos. Todos los días paso unas cuantas veces por delante de su muestra -y apresuradamente, con creciente excitación-: Quédate aquí un cuarto de hora más, Nachtigall, y entretanto probaré allí mi suerte. El propietario del establecimiento vivirá probablemente en la misma casa. Si no… renunciaré. Que el destino decida. En esa misma casa hay un café, Café Vindobonna se llama, creo. Le dices al cochero… que has olvidado algo en él, entras, yo te espero cerca de la puerta, tú me dices rápido la contraseña y vuelves a subir al coche; yo, si he conseguido procurarme un disfraz, cogeré rápidamente otro coche y te seguiré… y el resto ya se verá. Tu riesgo, Nachtigall, te doy mi palabra, lo asumiré yo en cualquier caso.

Nachtigall había tratado de interrumpir a Fridolin varias veces, pero en vano. Fridolin arrojó el dinero de la cuenta sobre la mesa, con una propina demasiado generosa que le pareció apropiada al estilo de aquella noche, y salió. Fuera había un coche cerrado e, inmóvil en el pescante, un cochero, totalmente de negro, con chistera…; como un coche fúnebre, pensó Fridolin. Al cabo de unos minutos, con paso rápido, llegó a la casa de la esquina que buscaba, llamó y preguntó al portero si Gibisier, el del alquiler de disfraces, vivía allí, confiando en secreto en que no viviera. Pero Gibisier vivía efectivamente allí, en el piso situado debajo del establecimiento, y el portero no pareció siquiera muy sorprendido de aquella visita tardía, sino que, afable por la considerable propina que Fridolin le dio, observó que, durante los Carnavales, no era tan raro que viniera gente a aquellas horas de la noche para alquilar disfraces. Alumbró desde abajo con su vela hasta que Fridolin llamó en el primer piso. El señor Gibisier, como si hubiera estado aguardando a la puerta, le abrió en persona; era delgado, barbilampiño y calvo, y llevaba una bata de flores pasada de moda y un fez con borla, por lo que parecía un ridículo anciano de comedia. Fridolin le expuso sus deseos, mencionando que el precio no importaba, a lo que el señor Gibisier, casi desdeñoso, observó:
 
- Yo sólo cobro lo debido y nada más.
 
Hizo subir a Fridolin a la tienda por una escalera de caracol. Olía a seda, terciopelo, perfumes, polvo y flores secas; de la flotante oscuridad surgían destellos plateados y rojos; y de pronto brillaron una multitud de pequeñas lamparillas entre los abiertos armarios de un pasillo estrecho y largo que se perdía hacia el fondo en tinieblas. A derecha e izquierda colgaban disfraces de toda clase; a un lado caballeros, escuderos, aldeanos, cazadores, sabios, orientales, bufones; al otro damas de la corte, doncellas, aldeanas, camareras, reinas de la noche. Encima de los disfraces estaban los correspondientes sombreros, y Fridolin tuvo la impresión de avanzar por una avenida de ahorcados a punto de invitarse a bailar mutuamente. El señor Gibisier lo seguía.
 
- ¿Desea el señor algo especial? ¿Luis XIV? ¿Directorio? ¿Alemán antiguo?
 
- Necesito una cogulla oscura de monje y una máscara negra, nada más.
 
En ese momento se oyó al fondo del pasillo un tintineo de cristal. Fridolin, asustado, miró a la cara al del alquiler de máscaras, como si éste tuviera que darle una explicación inmediata. Gibisier, sin embargo, permaneció imperturbable, buscando a tientas un conmutador escondido en alguna parte… y una claridad cegadora se derramó enseguida hasta el fondo del pasillo, en donde pudo verse una mesita cubierta de platos, vasos y botellas. De dos sillas, a derecha e izquierda, se levantaron sendos jueces de la Santa Vehme con togas rojas, mientras al mismo instante desaparecía una criatura luminosa y delicada. Gibisier se precipitó hacia allí a grandes zancadas, metió la mano bajo la mesa y sacó una peluca blanca, mientras al mismo tiempo, después de salir reptando de debajo de la mesa, una muchacha graciosa y muy joven, casi una niña aún, vestida de Pierrette y con medias de seda blancas, venía corriendo por el pasillo hacia Fridolin, que no tuvo más remedio que recibirla en sus brazos. Gibisier había dejado caer la peluca blanca sobre la mesa y tenía sujetos a derecha y a izquierda, por los pliegues de sus togas, a los jueces de la Santa Vehme. Al mismo tiempo gritó a Fridolin:   
- Señor, sujete a esa chica.
 
La pequeña se apretaba contra Fridolin, como si él debiera protegerla. Tenía la estrecha carita empolvada de blanco y con lunares postizos, y de sus delicados pechos ascendía un perfume de rosas y polvos... sus ojos sonreían con picardía y sensualidad.

 - Señores -exclamó Gibisier-, se van a quedar aquí hasta que los entregue a la policía.

 - ¿Pero qué se imagina? -exclamaron los dos. Y, al unísono-: Hemos aceptado una invitación de la señorita.
 
Gibisier los soltó, y Fridolin oyó cómo les decía:
 
- Sobre eso tendrán que explicarse mejor. ¿O es que no se dieron cuenta de inmediato que se trataba de una loca? -Y, volviéndose a Fridolin-: Perdone este incidente, señor.
 
- Oh, no importa -dijo Fridolin.
 
Hubiera preferido quedarse allí o llevarse consigo a la pequeña, a donde fuera… y cualesquiera que fueran las consecuencias. Ella lo miraba seductora e infantilmente, como hechizada. Los jueces de la Santa Vehme, al fondo del pasillo, conversaban entre sí excitados; Gibisier se volvió seriamente a Fridolin y le preguntó:
 
- ¿Quería una cogulla, señor, un sombrero de peregrino, una máscara?
 
- No -dijo Pierrette con ojos brillantes-, tienes que darle a este señor un manto de armiño y un jubón de seda roja.
 
- Tú no te muevas de aquí -le dijo Gibisier, y señaló una cogulla oscura que colgaba entre un lansquenete y un senador veneciano-. Ésa es de su talla, y aquí está el sombrero a juego; cójalos, vamos.
 

Arthur Schnitzler (Austria, 1862-1931)

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