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Vancouver, primavera en el puente Burrard, el más antiguo de la ciudad.

martes, 3 de noviembre de 2015

Venecia: AMOR EN VENECIA, MUERTE EN BENARÉS, de Geoff Dyer

"...una tumba plana con su nombre en caracteres romanos: EZRA POVND. Muy pocas flores."

(Fragmento)

- ¿Qué hay aquí?
 
- San Michele -dijo ella-. Un cementerio.
 
Jeff lo vio entonces: como en La isla de los muertos, de Böcklin, pero simétrico y bien cuidado, y nada ominoso.
 
Después de llevar tanto rato en un barco, la tierra se mecía como el mar. Laura abrió su sombrilla amarilla. Con el sol tan brillante que hacía, la sombrilla resplandecía como si alumbrara. Sin duda, todas las mujeres deseaban tener una sombrilla, y todos los hombres debían de desear estar con la mujer que tenía una. Cruzaron las puertas y penetraron en los muros curvados de la isla. Al otro lado, fueron a dar a los jardines más grandes del cementerio. Estaba lleno de tumbas y repleto de flores.
 
- Diaghilev está enterrado aquí. Y Stravinsky -dijo Laura.
 
El primer letrero que vieron, sin embargo, era de Ezra Pound. Dentro de la flecha blanca que señalaba el camino a su tumba, alguien había escrito con rotulador negro: «J Brodsky». En el sentido estricto de la palabra, era una pintada, pero también era producto de una mentalidad muy cívica. Oficialmente te indicaba cómo llegar a la tumba de Pound, pero alguien se había atrevido a actualizar lo establecido mediante una acción de guerrilla. Ahora Pound llevaba, inexorablemente, a Brodsky. Jeff nunca había leído a Brodsky, pero sabía que era importante, que cada vez había más gente para la que constituía una atracción mayor que Pound. Llegaron a otro indicador que señalaba la tumba de Pound. Una vez más, la misma persona había escrito  «J Brodsky» con rotulador en la flecha.
 
Primero vieron la sepultura de Pound, una tumba plana con su nombre en caracteres romanos: EZRA POVND. Muy pocas flores. Siempre es bueno ver la tumba de un famoso, aunque sea alguien que no te interesa especialmente; pero costaba imaginar que en la actualidad alguien se entusiasme por Pound aparte de los académicos. O a lo mejor se equivocaba y todavía había chicos en sus cuartos enardecidos con la promesa del modernismo, decididos a hacerlo renacer, fuera lo que fuese.
 
 
Geoff Dyer (Inglaterra, 1957)

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